Categoría: Historia

Por: CARLOS ALBERTO DIAZ SOLANO / Fecha: febrero 18, 2026

Bajo el asfalto y el tráfico de la CDMX yacen ríos que fueron vida. Pasamos de una armonía lacustre a una guerra urbana que sepultó nuestra identidad.

Carlos Alberto Díaz Solano

Universidad Autónoma de Chihuahua

Facultad de Filosofía y Letras

Licenciatura en Historia

Matricula: 366086

Bajo el rugido de los motores en el viaducto y el asfalto inerte de la avenida Río Churubusco, late un pasado que la modernidad decidió sepultar. Lo que hoy son arterias viales congestionadas y focos de contaminación, fueron alguna vez caudales cristalinos que definieron la identidad de una de las regiones más fértiles del mundo, la historia de los ríos de la capital es la crónica de una transición, de la convivencia armoniosa a la guerra abierta contra el agua.

El esplendor del “Anáhuac”

Hace siglos, el Valle de México era un ecosistema privilegiado, gracias a su geografía montañosa, la lluvia se concentraba en una vasta cuenca que alimentaba un sistema de lagos y ríos vivos, los mexicas, con una ingeniería envidiable, no combatían el entorno, se integraban a él mediante chinampas, diques y calzadas.

A la llegada de los españoles, la belleza de estos cuerpos de agua provocó comparaciones con las ciudades más refinadas de Europa, sin embargo, el choque cultural trajo consigo un cambio de paradigma, la corona española no buscaba adaptarse al ciclo del agua, sino dominarlo.

El conflicto comenzó formalmente en 1555. Tras un desbordamiento del río Santiago, el pánico se apoderó de las autoridades virreinales, quienes iniciaron una política de desecación y desvío que marcaría el destino del valle.

1607: Se construye el Tajo de Nochistongo para desviar el río Azcapotzalco.

1629: Ocurre el catastrófico diluvio de San Mateo. Tras 40 horas de lluvia ininterrumpida, la ciudad quedó bajo dos metros de agua, obligando a los sobrevivientes a usar canoas y provocando un éxodo masivo.

Este evento fue el punto de no retorno, la ingeniería fallida de la época sentó las bases para ver al agua ya no como un recurso, sino como una amenaza que debía ser expulsada.

El fin de los ríos visibles

A medida que el siglo XX avanzaba, la explosión demográfica convirtió a los ríos en un estorbo. Ríos como el Consulado y el Churubusco dejaron de ser fuentes de vida para transformarse en drenajes a cielo abierto y focos de infección.

La solución del gobierno de 1942 fue radical: el entubamiento.

1950: Se inaugura el Viaducto Miguel Alemán sobre el cadáver del Río de la Piedad.

1952: El Río Churubusco es desviado y condenado al subsuelo para modernizar la urbe.

Décadas posteriores: El Magdalena, el Mixcoac y el de los Remedios corrieron la misma suerte, siendo enterrados bajo el Anillo Periférico y otras mega obras.

Un legado bajo el asfalto

El golpe final ocurrió el 9 de junio de 1975 con la inauguración del Drenaje Profundo, una obra monumental diseñada para expulsar las aguas pluviales y negras hacia el estado de Hidalgo. Con esto, la ciudad terminó de dar la espalda a su origen lacustre.

Hoy, la memoria de estos caudales sobrevive apenas en la nomenclatura urbana. Los nombres de estaciones del Metro y avenidas principales son los epitafios de los ríos que alguna vez reflejaron el cielo del valle. La pregunta que queda para las futuras generaciones es si es posible reconciliarse con ese pasado o si la Ciudad de México seguirá ignorando que, bajo su piel de concreto, el agua todavía reclama su cauce.