Categoría: Filosofía

Por: CARLOS ENRIQUE ARCILA VILLANUEVA / Fecha: febrero 18, 2026

imagen tomada de: ultralaborans.org

Hannah Arendt lo advirtió: cuando el trabajo se vuelve identidad, dejamos de ser personas y nos convertimos en mercancía. Seguimos sin escucharla.

¿Cuántas veces has respondido un mensaje de trabajo antes de levantarte de la cama? ¿Cuántas veces has sentido culpa por no “aprovechar” un fin de semana libre? Si la respuesta te resulta incómoda, bienvenido al mundo del homo laborans: ese ser humano que ya no trabaja para vivir, sino que vive para demostrar que trabaja.

No es un fenómeno nuevo, pero sí ha alcanzado una escala sin precedentes. Y lo más curioso —y perturbador— es que hoy nadie nos obliga. Nos autoexplotamos con entusiasmo, convencidos de que nuestra productividad es nuestra identidad.

Del fabricante al consumidor de sí mismo

La filósofa Hannah Arendt distinguía, en su obra La condición humana (1958), entre dos formas fundamentales de actividad: el trabajo del homo faber —aquel que fabrica objetos duraderos, que construye un mundo— y la labor del animal laborans —aquel que simplemente satisface necesidades biológicas en un ciclo repetitivo sin fin ni producto permanente—. El animal laborans no construye nada que perdure; solo consume y vuelve a necesitar.

La paradoja del siglo XXI es que hemos fundido ambas figuras en una sola, y la hemos dotado de un barniz aspiracional. El homo laborans contemporáneo no solo trabaja: se produce a sí mismo como mercancía. Cuida su “marca personal”, optimiza su tiempo, rastrea sus métricas de productividad y publica sus logros en redes sociales. El producto final no es una silla, un poema o un edificio. El producto es él mismo.

La productividad como valor moral

Durante siglos, las sociedades organizaron su sentido en torno a la religión, la pertenencia comunitaria o el honor familiar. El trabajo era uno de los medios para sostenerse, no el eje de la identidad. Con la modernidad industrial —y su culminación en el neoliberalismo— algo cambió de manera profunda: el trabajo dejó de ser un instrumento y se convirtió en un fin en sí mismo.

Hoy, la pregunta que define a una persona ante los demás ya no es “¿quién eres?” sino “¿a qué te dedicas?”. Y no es una pregunta inocente. Detrás de ella opera toda una arquitectura moral: el que trabaja mucho es disciplinado, ambicioso, valioso. El que descansa es sospechoso. El que no “rinde” merece lo que le pasa.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han llama a esto la sociedad del rendimiento. A diferencia de la sociedad disciplinaria que describía Foucault —donde el poder se ejercía desde afuera, mediante prohibiciones y castigos—, en la sociedad del rendimiento el sujeto se autoimpone la presión. Nadie necesita vigilarnos: nos vigilamos solos. El jefe más exigente que tenemos hoy vive en nuestra cabeza.

La autoexplotación tiene buena prensa

Lo particularmente sofisticado del fenómeno es su disfraz. La autoexplotación moderna no se presenta como sacrificio sino como pasión. No decimos “tengo que trabajar los domingos”, decimos “me encanta lo que hago”. No hablamos de agotamiento sino de “modo bestia”. El burnout se romantiza como señal de compromiso; el descanso se justifica como estrategia de productividad —”necesito recargar energías para rendir más”—, nunca como un derecho en sí mismo.

Las plataformas digitales y la cultura del hustle han perfeccionado este mecanismo. Instagram y LinkedIn funcionan como escaparates donde exhibimos no solo lo que hacemos, sino cuánto hacemos y con cuánta energía lo hacemos. El emprendedor que duerme cuatro horas se convierte en referente. El influencer que muestra su rutina de las 5 a.m. acumula seguidores. Estar ocupado se ha vuelto un estatus.

Miguel Ángel Martínez Martínez, inspirado en  Arendt, señala que la racionalidad instrumental —esa lógica de medios y fines que orienta la producción— termina por colonizar todas las esferas de la vida humana. Las relaciones personales, el ocio, incluso el amor, quedan atrapados en una lógica de utilidad y rendimiento. ¿Para qué sirves? ¿Qué aportas? ¿Cuánto produces?

El cuerpo paga la factura

Las consecuencias no son solo filosóficas. Son físicas y mentales. Los índices de burnout se han disparado en la última década en todos los sectores laborales. La Organización Mundial de la Salud reconoció el síndrome de agotamiento profesional como fenómeno ocupacional en 2019. La ansiedad y la depresión asociadas al trabajo afectan ya a cientos de millones de personas.

Y sin embargo, la respuesta predominante del sistema no es reducir la carga sino optimizar al trabajador: meditación para rendir mejor, terapia para volver antes, apps de bienestar financiadas por la empresa para que el empleado llegue “entero” a las reuniones del lunes.

El descanso, en ese esquema, no es un bien humano. Es mantenimiento de maquinaria.

Recuperar la acción y la pluralidad

Arendt proponía frente a esta lógica algo radical: la acción, entendida como la capacidad de iniciar algo nuevo en el espacio público, junto a otros, a través del discurso libre. No producir objetos. No satisfacer necesidades. Sino aparecer ante los demás como seres únicos e irreductibles, y actuar en conjunto desde esa pluralidad.

La pregunta que emerge es perturbadora en su sencillez: ¿quiénes seríamos si nuestra identidad no dependiera de lo que producimos?

No se trata de glorificar la inactividad ni de negar el valor que el trabajo puede tener en la vida humana. Se trata de recuperar una distinción elemental: el trabajo como parte de la vida, no como su totalidad. Se trata de volver a habitar el tiempo libre sin convertirlo en tiempo productivo disfrazado. De relacionarnos con otros sin calcular el beneficio. De medir nuestra valía con criterios que no vengan del mercado.

Una pregunta para cerrar —y para quedarse

La próxima vez que alguien te pregunte “¿cómo estás?” y tu primer impulso sea responder con lo ocupado que andas, detente un momento. Esa respuesta revela algo: que hemos aprendido a presentarnos al mundo a través de nuestra carga de trabajo, como si eso fuera la medida de nuestra importancia.

El homo laborans no es un destino inevitable. Es una construcción histórica, cultural y económica. Y lo que se construye, puede también —con esfuerzo colectivo y pensamiento crítico— reconstruirse de otra manera.

Referencias bibliográficas

  • Arendt, H. (1998). La condición humana. Paidós.
  • Arendt, H. (1999). Los orígenes del totalitarismo. Alianza.
  • Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
  • Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
  • Marcuse, H. (1981). Eros y civilización: una investigación filosófica sobre Freud. Ariel.
  • Martínez Martínez, M. Á. (2007). Del homo faber al animal laborans: la violencia de la racionalidad instrumental. EN-CLAVES del pensamiento, I(1), 39–62.
  • Organización Mundial de la Salud. (2019). Burn-out an “occupational phenomenon”: International Classification of Diseases. https://www.who.int/news/item/28-05-2019-burn-out-an-occupational-phenomenon-international-classification-of-diseases