Categoría: Filosofía

Por: CARLOS ENRIQUE ARCILA VILLANUEVA / Fecha: febrero 18, 2026

¿Quién mueve realmente las piezas del tablero político mexicano? Un enano escondido, tres filósofos y la pregunta que todos evitamos: ¿nos sirven las recetas europeas?

Hay una imagen que Walter Benjamin usó en sus tesis sobre filosofía de la historia que resulta perturbadora y reveladora a la vez: la de un autómata ajedrecista que siempre gana sus partidas gracias a un enano jorobado escondido dentro, que es quien realmente mueve las piezas. Benjamin sugería que el materialismo histórico —esa vieja manera de entender las luchas sociales— era como ese enano: pequeño, feo, invisible, pero absolutamente necesario para que el juego funcione.

Esta metáfora nos sirve para pensar México en 2026. ¿Quién mueve realmente las piezas de nuestro tablero político? ¿Qué filosofías están detrás de nuestras luchas sociales? Y más importante aún: ¿nos sirven las viejas recetas europeas para entender nuestros problemas latinoamericanos?

Tres voces, tres caminos

Imaginemos una conversación —tensa, apasionada— entre tres pensadores que han dedicado su vida a pensar la liberación: Slavoj Žižek, el esloveno provocador; Enrique Dussel, el argentino-mexicano que revolucionó la filosofía latinoamericana; y Leonardo Boff, el brasileño que puso a dialogar la teología con la ecología. Los tres vienen de las periferias del pensamiento occidental (Europa del Este, América Latina), y los tres se formaron en el centro (París, Múnich), pero llegaron a conclusiones radicalmente distintas sobre cómo transformar el mundo.

Žižek, con su estilo punzante, nos diría que necesitamos un partido disciplinado al estilo leninista, que no tema la confrontación directa y que destruya las estructuras del capitalismo sin miramientos. Para él, movimientos como el Foro Social Mundial son apenas “los buenos hombres de Porto Davos” —una crítica mordaz que sugiere que se han vuelto cómplices del sistema que dicen combatir. Su mensaje: nada de reformas tibias, nada de políticas de identidad que fragmentan la lucha de clases. Lo que se necesita es revolución con mayúsculas.

Dussel, desde su experiencia en México y su diálogo con los movimientos sociales latinoamericanos, respondería con una distinción crucial: hay que diferenciar entre el “poder fetichizado” de los gobernantes corruptos y el “poder obediencial” que realmente sirve al pueblo. Recuperando el Evangelio de Marcos —”el que quiera ser grande, que sea servidor de todos”— y la experiencia de Bartolomé de las Casas defendiendo a los pueblos originarios, Dussel propone entender el poder no como dominación sino como delegación: la comunidad (potentia) delega responsabilidades en sus representantes (potestas), pero estos deben rendir cuentas permanentemente. Cuando un gobierno se corrompe y traiciona al pueblo, emerge el “estado de rebelión” —legítimo, necesario— que depone a los traidores.

Boff, por su parte, ampliaría el horizonte: no se trata solo de liberar a los pobres, sino también a la Tierra. La crisis ecológica y la crisis social son dos caras de la misma moneda: un sistema capitalista extractivista que explota tanto a las personas como a la naturaleza. Su propuesta de un “nuevo pacto social” incluye a todos los seres vivos, superando el antropocentrismo que nos ha llevado al borde del colapso climático.

¿Qué significa esto para México?

Pensemos en las luchas concretas que atraviesan nuestro país. El movimiento zapatista en Chiapas, que Dussel menciona explícitamente, no se parece en nada al modelo leninista que defiende Žižek. Los zapatistas construyeron autonomía, crearon juntas de buen gobierno donde se practica el “mandar obedeciendo”, y lo hicieron sin tomar el poder del Estado. ¿Fueron ingenuos? ¿O quizás encontraron una forma distinta —más pertinente para nuestro contexto— de hacer política?

O pensemos en el Movimiento de Regeneración Nacional y la Cuarta Transformación. Más allá de posiciones partidistas, lo que vemos es un intento por recuperar esa noción de “poder obediencial” que plantea Dussel: un gobierno que dice servir al pueblo, no a las élites. Pero también vemos los riesgos del poder fetichizado cuando los liderazgos personales se vuelven más importantes que las instituciones, cuando “servir al pueblo” se convierte en slogan sin mecanismos reales de rendición de cuentas.

Y no podemos olvidar las luchas ambientales: desde las comunidades que defienden sus territorios contra megaproyectos mineros, hasta los colectivos que buscan justicia por la contaminación del agua en lugares como Sonora. Aquí la propuesta de Boff cobra toda su relevancia: necesitamos una política que entienda que defender la tierra no es un lujo ecologista, sino una cuestión de supervivencia colectiva.

El peligro de importar recetas

Žižek tiene razón en algo: el capitalismo global es un sistema brutal que requiere oposición radical. Pero su insistencia en el modelo leninista ignora que ese modelo fracasó rotundamente en el siglo XX —y no solo por “traiciones” al estilo Stalin, sino por problemas estructurales en su concepción misma del poder. Cuando Žižek dice que los movimientos sociales son “fugaces y fáciles de manipular”, está repitiendo el viejo desprecio de la vanguardia ilustrada por las masas “ignorantes”.

Dussel y Boff, en cambio, parten de la experiencia concreta de los movimientos latinoamericanos. No idealizan a los pueblos —conocen sus contradicciones y límites—, pero confían en su capacidad de auto-organización. Las Comunidades Eclesiales de Base que menciona Boff no fueron impuestas desde arriba: surgieron de las mismas comunidades que se juntaban a leer la Biblia y terminaban discutiendo cómo organizarse contra la injusticia.

Esto marca una diferencia filosófica profunda. Para Žižek, la conciencia revolucionaria viene de afuera, del Partido que educa a las masas. Para Dussel y Boff, la conciencia crítica emerge de la propia experiencia de opresión, cuando las víctimas del sistema se organizan y descubren que “otro mundo es posible”.

Lecciones para el presente

México en 2026 enfrenta desafíos monumentales: violencia estructural ligada al narcotráfico, feminicidios sistemáticos, migración forzada, destrucción ambiental, y sí, también pobreza y desigualdad económica. ¿Qué nos enseñan estos tres pensadores?

De Žižek podemos rescatar su negativa a conformarnos con reformas cosméticas. Tiene razón: no basta con “humanizar” el capitalismo o hacer que sea “más verde”. El sistema requiere transformación radical.

De Dussel aprendemos a distinguir entre poder liberador y poder opresor. En tiempos donde tantos líderes prometen salvarnos, necesitamos recuperar la idea de que el poder reside en el pueblo, y que cualquier gobierno —del color que sea— debe estar sujeto al escrutinio y, si es necesario, a la destitución popular cuando traiciona su mandato.

De Boff necesitamos urgentemente su visión holística. No hay liberación humana sin liberación de la Tierra. Los pueblos indígenas de México lo saben desde hace siglos: el territorio no es solo un recurso económico, es el sustento material y espiritual de la vida comunitaria.

El enano sigue ahí

Volvamos a la imagen del enano en el autómata. El materialismo histórico —esa forma de entender que las luchas sociales tienen bases económicas concretas, que la historia la hacen los pueblos en conflicto, no los grandes hombres— sigue siendo ese enano necesario. Pero no podemos usarlo como lo usaba Lenin en 1917. Necesitamos actualizarlo, contextualizarlo, mezclarlo con nuestras propias experiencias de lucha.

México no necesita un partido de vanguardia que le diga al pueblo qué hacer. Necesita fortalecer sus movimientos sociales, sus comunidades organizadas, sus espacios de autonomía. Necesita gobiernos que realmente obedezcan, no que finjan hacerlo. Y necesita entender que la justicia social y la justicia ambiental son inseparables.

El enano sigue moviendo las piezas. La pregunta es: ¿lo dejamos trabajar solo, o finalmente reconocemos que está ahí y aprendemos a jugar con él?

Bibliografía

Dussel, E. (2006). 20 Tesis de Política. México: Siglo XXI.

Boff, L. (2006). Ecología: Grito de la tierra, grito de los pobres. Madrid: Trotta.

Žižek, S. (2007). En defensa de la intolerancia. Madrid: Sequitur.