Categoría: Filosofía

Por: CARLOS ENRIQUE ARCILA VILLANUEVA / Fecha: junio 1, 2026

No elegimos a quien amamos: lo elige en nosotros algo más antiguo que la razón. Schopenhauer lo llamó voluntad de vivir. Tú lo llamas destino.

Hay una escena que casi todos hemos vivido, aunque cada quien la recuerde con distintos nombres y distintas ciudades. Un tren, un café, una sala de espera. Alguien entra y de pronto el mundo pierde coherencia. Los papeles que teníamos entre las manos dejan de importar, la conversación que sosteníamos se vuelve ruido de fondo, y la mente comienza a fabricar futuras memorias con un desconocido. Nos imaginamos viviendo con esa persona, compartiendo desayunos, explicándole a otros cómo nos conocimos. Todo en cuestión de segundos, sin que medie ninguna razón.

La pregunta obvia es: ¿Qué nos pasa?

La respuesta más honesta, y paradójicamente la más consoladora, la ofrece un filósofo alemán del siglo XIX que nunca fue particularmente feliz en el amor, que ofreció uvas a una joven en una fiesta y las vio resbalar discretamente al agua, y que terminó sus días en compañía de caniches a los que llamaba “señor”. Arthur Schopenhauer, nacido en 1788 en Dánzig, desarrolló a lo largo de su vida una teoría del amor romántico tan descarnada como liberadora: lo que sentimos cuando nos enamoramos no tiene que ver principalmente con nosotros. Es la naturaleza sirviéndose de nuestra conciencia para sus propios fines.

La idea central de Schopenhauer es lo que llamó la voluntad de vivir (Wille zum Leben), una fuerza ciega e inconsciente que habita en cada ser vivo y cuya única obsesión es la supervivencia y la reproducción. Esta voluntad no consulta con nuestra razón. No le interesan nuestros planes, nuestros proyectos profesionales ni nuestra comodidad emocional. Lo que le interesa es la siguiente generación, y para garantizarla está dispuesta a usar todos los recursos disponibles, incluyendo hacernos creer que hemos encontrado el amor de nuestra vida en un vagón de tren entre Edimburgo y Londres.

Lo que hace revolucionaria esta perspectiva no es el pesimismo de fondo, sino la lucidez que ofrece. Schopenhauer fue de los primeros pensadores en tomarse en serio el amor romántico como objeto filosófico. Mientras sus contemporáneos lo consideraban una materia menor, más propia de poetas que de filósofos, él insistía en que ningún fenómeno humano ejerce un poder más profundo y perturbador sobre la conducta. El amor interrumpe a los estadistas, desordena a los sabios, arruina fortunas y reputaciones. ¿Cómo podía la filosofía mirarlo con desprecio?

Según su análisis, la atracción romántica no es aleatoria. La voluntad de vivir nos dirige hacia personas que complementan nuestras imperfecciones físicas y psicológicas, porque de esa combinación puede nacer una descendencia más equilibrada. El hombre excesivamente introvertido se sentirá atraído por la mujer de temperamento expansivo. La persona de estatura muy baja buscará inconscientemente a alguien alto. No elegimos a quién amamos con la razón; la razón llega después, construyendo una narrativa plausible sobre “conexión” y “compatibilidad” que justifique lo que ya decidió otra instancia más antigua y menos elocuente dentro de nosotros.

Esta idea tiene una consecuencia que el propio Schopenhauer describía como desoladora: la persona ideal para procrear hijos sanos rara vez es la persona ideal para compartir una vida. La voluntad de vivir no se preocupa por nuestra felicidad; se preocupa por la siguiente generación. Una vez que sus fines se han cumplido, o han fracasado definitivamente, la intensidad del amor suele esfumarse con desconcertante rapidez. De ahí ese extraño malestar que describe con precisión cruel: illico post coitum cachinnus auditur Diaboli, justo después de la copulación puede oírse reír al diablo.

Esto no está escrito para hundirnos, sino para explicar algo que de otro modo parece un defecto personal. Cuando alguien nos rechaza, la primera reacción es buscar en nosotros mismos la causa del fracaso: algo en nuestro carácter, en nuestra apariencia, en nuestra manera de hablar resultó insuficiente o repelente. Schopenhauer ofrece una lectura distinta. El rechazo no es un juicio sobre nosotros; es un veredicto inconsciente de la voluntad de vivir de la otra persona. Su razón pudo habernos encontrado interesantes, inteligentes, incluso admirables. Pero su biología habló en sentido contrario y esa voz no tiene apelación. No hay argumento que la convenza, no hay méritos que la corrijan.

La consolación que esto ofrece es real, aunque extraña. Significa que no hay nada fundamentalmente roto en quien es rechazado. Significa que el dolor que sigue a esos días de esperanza es completamente proporcional a la magnitud de la fuerza que lo causó: una fuerza suficientemente poderosa como para sostener la perpetuación de la especie no podría fracasar sin dejar un rastro devastador. Sufrimos tanto porque la apuesta era enorme, no porque seamos débiles o patéticos.

Schopenhauer añade además algo que va más allá del consuelo individual: el arte y la filosofía existen precisamente para transformar ese sufrimiento en conocimiento. Cuando leemos una novela que captura con precisión el dolor del amor no correspondido, dejamos de sentirnos solos en nuestra desgracia particular. Nos reconocemos como parte de algo más amplio, una historia que se repite desde que los humanos son humanos, con distintos nombres y distintos escenarios, pero con la misma estructura interna. El pretendiente rechazado que lee a Goethe no encuentra consuelo en la distracción, sino en la comprensión: lo que le ocurre tiene nombre, tiene forma, tiene antecedentes. No es una maldición individual, sino la condición humana.

Y ahí está, curiosamente, la grieta por donde entra la luz en el pensamiento del más pesimista de los filósofos. Somos como los topos, dice Schopenhauer, cavando en la oscuridad al servicio de fuerzas que no comprendemos. Pero, a diferencia de los topos, podemos ir al teatro, leer novelas, escribir poemas, construir filosofía. Podemos, en sus palabras, convertir el dolor en conocimiento.

Eso no resuelve el problema. El deseo seguirá surgiendo sin avisar, en trenes y cafés y salas de espera. La persona del jersey amarillo seguirá existiendo en algún vagón de algún expreso. Y la naturaleza seguirá usando nuestra conciencia como instrumento de sus propios planes, indiferente a si somos felices o no. Pero comprenderlo, aunque sea parcialmente, es ya algo. Es la diferencia entre sufrir a ciegas y sufrir con los ojos abiertos.

Schopenhauer tenía setenta y dos años cuando murió, solo en su apartamento de Frankfurt, después de un paseo por el río. Sus caniches ya no estaban. Sus libros tampoco se vendían mucho. Pero había nombrado algo que la mayoría prefiere dejar sin nombre, y eso, en su escala de valores, valía más que cualquier felicidad.

Referencia bibliográfica

De Botton, A. (2000). Las consolaciones de la filosofía (A. Mauri, trad.). Taurus.