Terminamos la entrega anterior con esta pregunta y reflexión: ¿Pero a qué se debe entonces el triunfo del cristianismo? Como dijo Gamaliel, aquellos grupos fueron dispersados y reducidos a nada a la muerte del líder. ¿Qué no se trataba el caso de Jesús, de un predicador también ya muerto? Sobre este punto enfocaremos la tercera parte de esta serie; ahora deseamos analizar un aspecto importante de la predicación de Jesús de Nazaret.
A fin de refrescar ideas, recordemos que, antes de examinar cuestiones históricas del pueblo hebreo, estábamos tratando de comprender un poco la idea del Dios de Israel, el del Antiguo Testamento, el monoteísmo hebreo (antecedentes de las religiones modernas I-III). Un Dios único y universal que reina sobre su pueblo y que imposibilita así el ejercicio de un poder distinto sobre ellos. Se trata de la idea de un Dios que no está ligado, sino que está fuera y por encima de todo poder terrenal. Vimos también que, en la narrativa de los profetas, sería Israel como pueblo la puerta de entrada para todas las naciones de la tierra a ese reino, lo que quiere decir que, de alguna manera, se convertirán a ellos para cobijarse bajo el reino del Dios único y universal, y entonces reinará la paz, terminará la opresión y la violencia que los imperios ejercen sobre sus súbditos. Ahora estará la humanidad bajo el imperio de un rey justo y bueno, el Ungido de YHWH.
Fue pues en aquel contexto de esperanza que aparece Jesús de Nazaret en las regiones de Galilea haciendo el anuncio esperado: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado” (Marcos 1:15). Pretendemos ahora un esfuerzo por comprender e interpretar cuál era la idea original de Jesús respecto a la llegada del reino de Dios. Para lo que haremos uso de los llamados cuatro evangelios aceptados y utilizados por toda la comunidad cristiana. Este análisis con tintes un tanto más de tipo religioso, haciendo un esfuerzo porque no parezca sermón, es importante a efecto de que en un futuro empecemos a cuestionar si el cristianismo actual es realmente lo que Jesús intentó establecer, y si no lo es, desde cuándo dejó de serlo. Toda doctrina es objeto de interpretación, lo que en Derecho sería conocer para apelar al espíritu de la ley, algo así como interpretar la intención del legislador. Hoy las diversas ramas del cristianismo son el resultado de también una gran diversidad de interpretaciones de las enseñanzas, originales, digamos, en este caso de Jesús de Nazaret. Muchas de estas interpretaciones son radicalmente opuestas, pero curiosamente cada una se pretende ortodoxa y califica de herejía a todas las demás.
¿Qué quiso decir Jesús con la afirmación: “El reino de Dios se ha acercado”? Jesús, que nació judío, vivió como judío, murió entre los judíos, no vino anunciando a un nuevo Dios o una divinidad distinta de la de su entorno, sino que se presentó como el cumplimiento de la Ley y los profetas, enfatizando cómo en él se cumplía todo lo escrito sobre el Mesías en los salmos y en general en todas las Escrituras Sagradas de los hebreos. Él es el ungido de YHWH, que es el Dios de sus padres (Abraham, Isaac y Jacob). Él es el profeta anunciado desde Moisés. Estas son solo algunas causas por las que el desligamiento del cristianismo del pueblo hebreo y sus creencias no es tan sencillo como se pretende a veces. Cuando Jesús dice que el reino de Dios se ha acercado, está haciendo referencia a ese Dios, a la manifestación del Dios de los padres. Ahora bien, la expresión “el reino de los cielos”, especialmente en Mateo, no parece hacer referencia a un lugar celestial adonde irían las almas de los muertos, sino que Mateo evita usar el nombre de Dios y hace referencia al reino de los cielos, como el reino de Dios. Y en el contexto hebreo, el reino o reinado de Dios no era metáfora, sino una expectativa real; recordemos que para ellos Dios actúa en la historia, y para los judíos del siglo I, el reinado de Dios significaba exactamente eso, que Dios reinaría sobre ellos y no los romanos. Por lo que Jesús no parece estar anunciando un futuro utópico, sino un presente en él (González, 345).
Un presente, un reinado de Dios, primero sobre su pueblo. Pues YHWH es el rey legítimo de Israel (ver Antecedentes de las religiones modernas, II parte). Por eso la fuerte expresión de Jesús a la mujer sirofenicia: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos” (Marcos 7:24-30). Ahora bien, la presencia del reino de Dios entre el pueblo, para Jesús, era evidente y se manifestaba por medio de señales como las sanaciones y los exorcismos, según declara: “Si por el dedo de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Lucas 11:20). Estas señales que testifican los evangelios, Jesús mismo las interpreta como evidencia de un reino que ya está presente; de hecho, Jesús afirmó que, desde el anuncio de Juan el Bautista, ya muchos se esforzaban por entrar bajo ese reino (Lucas 16:16). Se entiende que por medio del bautismo que perdonaba los pecados, como comentamos antes. En cuanto a los discípulos ya de Jesús, estos ya estaban “viendo y oyendo”, de alguna manera viviendo, lo que los profetas desearon ver y oír en su momento (Lucas 10:23-24), y también, de hecho, como sus discípulos, ya tienen acceso a conocer los misterios del reino de Dios, y remarca que otros permanecen fuera de este reino (Marcos 4:11). Así también la presencia del reinado de Dios está ligada a la persona de Jesús, que se presenta en algunas parábolas como el novio-esposo presente en el banquete de bodas, según Marcos 2:19. Aunque en el párrafo siguiente, versículo 20, anticipa que “el esposo les será quitado”. De donde podría entenderse como el fin, o por lo menos una pausa del reino de Dios. Cuestión que examinar en el futuro.

Lo anterior no impide que Jesús haga referencia a una dimensión o esfera futura del reino de Dios. Pues enseñó también a sus discípulos a orar por la venida del reino de Dios (Lucas 11:2-4), así como en una diversidad de parábolas hace referencia a un ladrón que llegará sin aviso, a unas vírgenes preparadas para la llegada de un esposo o a un señor que viene a sacar cuentas con quienes entregó talentos. En las bienaventuranzas del sermón del monte, Jesús usa ese lenguaje futuro, pero al mismo tiempo, los bienaventurados ya lo son en el presente. Nos adherimos aquí a la idea del profesor González (Antonio), de que Jesús está anunciando la llegada de un reino, algo que ya está, pero no plenamente. Ahora, en la idea de los judíos, si Dios ya está empezando a reinar, esto quiere decir que necesariamente ya están siendo perdonados los pecados del pueblo, y de hecho lo era para los creyentes, los discípulos tanto de Juan como de Jesús. Los pecados estaban ya siendo perdonados, unos desde el bautismo de Juan, otros de manera particular, como el paralítico de Capernaum (Marcos 2) y la llamada mujer adúltera (Juan 8), entre otros. Aquí cabe otro importante comentario: Jesús está desligando el perdón de los pecados del templo y de los sacrificios, como lo había hecho Juan el Bautista, y no solo eso, sino del mismo cumplimiento de la ley. Recuérdese aquí la diferencia entre las creencias de los saduceos y los fariseos, aquellos ligados más al templo y los sacrificios, y estos al cumplimiento estricto de la Ley. Pero Jesús prescinde de uno y otro. Algo que escandalizaba a sus contemporáneos, y qué decir de su cercanía con los pecadores, los de baja moral como la mujer samaritana y hasta las prostitutas; entraba en sus casas y se dejaba tocar por ellos. En cuanto a los cobradores de impuestos, los odiados publicanos, llama a uno de ellos al selecto grupo de los 12 (Leví o Mateo), a esos a los que llamó apóstoles (Lucas 6:13). Este punto es importante porque, en un futuro no lejano, mediante el perdón de los pecados, los discípulos de Jesús abrirán las puertas del reino de Dios a los gentiles, dando pie al surgimiento de lo que hoy identificamos como una nueva religión, el cristianismo, ya desligado del llamado judaísmo. Asunto que tratar en unas entregas más.
Un aspecto importante que remarcar es dónde irrumpe el reino de Dios anunciado por Jesús. El presente, el que “entre vosotros está”. De nuevo, los judíos esperaban ser librados de la dominación extranjera, estatal, pero no fue así. Permanecía sobre ellos el dominio imperial, al mismo tiempo que el reino de Dios entre ellos estaba. El análisis del profesor González con respecto a “los pobres” a quienes es anunciado el evangelio (Lucas 6:20 y 7:22) nos da luz en este punto: “El Dios de Israel hace justicia a los pobres porque el pacto estaba repleto de medidas para impedir la aparición de una pobreza extrema en el pueblo” (González, 348). Esto es, si el pacto, si la multiplicidad de leyes con respecto a la posesión de la tierra se hubiera cumplido, nunca hubieran existido los terratenientes entre ellos, ni la esclavitud como tal, ni la pobreza extrema; ya que, de acuerdo con la ley, las familias retomarían periódicamente sus riquezas heredadas (léase Levítico 25, las regulaciones del año del jubileo y del rescate de la tierra). En el verso 23 les dijo su Dios: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es. Por eso Jesús considera injustas a las riquezas (Lucas 16:9-), y lo que los ricos deben hacer para entrar en el reino de Dios es regresar, devolver la parte de sus riquezas que no les pertenece, lo que hizo Zaqueo de acuerdo con Lucas 19:1-10, a quien llegó “la salvación” solo después de ese desprendimiento. A lo que se negó el llamado joven rico.
El reino de Dios entonces irrumpe en las casas y entre los pobres y pecadores. En cuanto a las casas, eran en ese entonces pequeñas unidades productivas como granjas y talleres familiares; el mismo Jesús fue carpintero como su padre adoptivo, José. Jesús mismo que dijo no tener un lugar fijo donde recostar su cabeza, se hospedó y descansó, comió, pero sobre todo predicó también en las casas; la casa de Leví (Marcos 2:15), en la de Zaqueo (Lucas 19:1-10), en la de Marta, María y Lázaro en Betania (Lucas 10:38-42), en la casa del que lo hospedó en Tiro (Marcos 7:24), en la que un desconocido hasta entonces donó para la celebración de la Pascua, que luego se convirtió en el epicentro del nacimiento del cristianismo como tal, el aposento alto (Marcos 14:14). Cuando Jesús envió otros predicadores con su mensaje, los envió sin provisiones y con la encomienda de posar en las casas que los recibieran (Mateo 10:11-14), las mismas que en esa acción eran incorporadas al movimiento. En esas casas serían recibidos los mensajeros enviados sin recursos, y así, desligados del seno familiar algunos, “recibirían cien veces más aquí”; quiere decir que había muchas casas y familias donde posar y donde ser bien recibidos en este siglo (tiempo presente) y ya en el otro siglo (en el futuro), entonces sí la vida eterna (Marcos 10:29-30). Este es el mensaje original de Jesús de Nazaret. Una comunidad de creyentes desligados, no aturdidos por los bienes temporales, lo que aplica también a los lazos familiares o de parentesco consanguíneo.
La iglesia naciente en Pentecostés lo comprendió así. Por esto en sus inicios “vendían sus propiedades y sus bienes y los repartían según la necesidad de cada uno, y comían en las casas con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:44-47), esto de acuerdo con el testimonio de Lucas. Lo que esto indica es que todos reinan bajo el reino del Padre, porque todos se sirven por amor unos a otros, de tal forma que ninguno tiene necesidad de nada; los administradores de los bienes, los apóstoles, vigilan la repartición justa de los bienes para que no haya ningún necesitado entre ellos (Hechos 4:32-35). Y cuando crece el número de los discípulos y se complica la repartición equitativa, son los mismos apóstoles los que proponen la creación de un grupo de personas que administren los bienes terrenales, para que ellos, como representantes del Jesús ya ausente, se dediquen de lleno a la predicación de la llegada del reino de Dios (capítulo 6). Pero no olvidemos que el esposo sería quitado, lo que anticipa un final o, por lo menos, como dijimos arriba, una pausa al reino de Dios. Pausa o fin que al parecer no se da en vida de los apóstoles; de hecho, al añadirse Pablo al selecto grupo, el anuncio crece de manera extraordinaria.
Lo que deseamos remarcar en este escrito es que Jesús predica la instauración del reino de Dios en términos locales, familiares y no estatales como esperaban los judíos. Y deseamos también con esto, cuestionar a los cristianos posteriores, especialmente a partir del siglo IV, y hasta el presente. No hemos hecho, porque no ha sido nuestra intención, apología del Jesús histórico; con Josefo y otros, tenemos ya bases suficientes para aceptar su existencia. Es nuestra intención intentar comprender la predicación original de Jesús desde las propias fuentes cristianas, los evangelios, para confrontar al cristianismo posterior al siglo I y hasta el presente, respecto a su alejamiento evidente de las enseñanzas y propósitos originales del Maestro de Nazaret. De nuevo, justificamos este análisis por la inmensa influencia histórica y sociocultural que el cristianismo posterior al siglo IV impuso y conserva en nuestra sociedad.
Hemos presentado aquí esta simplicidad de la vida de los primeros discípulos de Jesús, a los que podemos también llamar los originales, los auténticos, esos que entendieron de qué forma el Dios de sus padres, en el caso de los judíos, estaba ya reinando sobre ellos, y ellos con él. En el caso de los gentiles, eran injertados en un árbol preexistente, bajo las directrices de los apóstoles que dejó Jesús con la encomienda de la predicación del evangelio. De nuevo, estamos remarcando la simplicidad de vida de los verdaderos discípulos de Jesús, cosa que cambió de manera radical y opuesta al paso del tiempo, y los primeros cambios se fueron dando desde el final del siglo I de nuestra era, pero, y en especial, en el llamado giro constantiniano del siglo IV, ¿por qué fue esto así? ¿En qué momento y cómo esa simplicidad de vida y servicio mutuo se corrompió a tal grado de convertirse “el cristianismo” en un poder terrenal injusto? Sobre esto también volveremos.
Bibliografía.
- González, Antonio. 2020. Buscar a tientas una reflexión sobre las religiones. Barcelona: Ediciones Biblioteca Menno.
- González, Justo L. 2024. Historia del pensamiento cristiano, hasta el siglo XXI, edición actualizada y ampliada. Barcelona: Editorial Clío.
- Biblia Versión Reina-Valera, 1960.
