El fenómeno religioso, reflexiones. Parte V. Religión imperial y legitimidad divina.
Análisis de la obra del profesor Antonio González, “Buscar a tientas”.
En las primeras religiones imperiales, examina el profesor González, es donde fue desarrollándose la idea de legitimidad divina en el orden de lo terreno. Esto es, los gobiernos necesitaban legitimar el uso del poder, la violencia sobre sus súbditos y, por supuesto, el hecho de que gobiernos y clase sacerdotal pudieran servirse y vivir a expensas de la producción del resto de la población. Por legitimidad divina entenderemos el permiso de los dioses a ciertos hombres para imponer el orden social necesario. Idea que nos será útil en análisis futuros. Cabe aquí la opinión expresada en la entrega anterior de quien escribe: “…Ahora bien, es necesario reconocer que los paleontólogos atribuyen una función social a la religión como fundamento y sustento de una moral de grupo, pero en nuestra opinión esto no determina que el origen de la religión sea necesariamente en sociedades ya establecidas, sino más bien que fueron las personas en situación de poder quienes empezaron a hacer uso y manipulación de las ideas y creencias religiosas de los hombres a efecto de promover la cohesión social”, y añadimos, para legitimar el uso del poder, la monopolización de la violencia.
Realizaremos, pues, en esta entrega un sucinto análisis de algunos factores que dieron origen a las primeras religiones imperiales, haciendo referencia desde aquí a cierta uniformidad en los mitos y creencias primitivas que ejercieron gran influencia en estas. Encontramos como primer factor, en casi todos los mitos y creencias respecto a la actuación de los dioses en el ámbito de lo terreno, la idea de un matrimonio o unión entre el cielo y la tierra. Aquí ya hicieron su aparición los elementos de lo masculino y lo femenino. Aquello, lo masculino y su importancia, fue primero por la asociación natural que se había hecho de los hombres con la caza, pero esto paulatinamente fue dando paso, especialmente al auge de la agricultura, a la idea de una “Diosa Madre”, la tierra. Ya desde el paleolítico encontramos un culto a la fecundidad de la mujer (la Venus paleolítica); ahora la atención se pone sobre la fecundidad de la tierra. El profesor González (92) explica sobre una posible asociación entre la lluvia y el semen masculino, así como el trabajo de los agricultores con el acto sexual, como precursores de los mitos arriba mencionados, que aluden a un matrimonio sagrado entre el cielo, de donde proviene la lluvia, y la tierra que produce, da a luz frutos después de su incubación. Encontramos paralelos también entre el dios Ba’al de la religión cananea, que era el dios de la lluvia, con el Chac de los mayas o el Tláloc de los olmecas[1], que derivó en el de los aztecas, en el caso de América. Esta unión tiene un carácter periódico, estacional. El tiempo de fecundidad, primavera-verano, se debilita en el de otoño-invierno para resurgir en un próximo periodo. Lo anterior plantea ya la idea de un tiempo cíclico. Pero no se deduce que este se dará por fuerzas naturales, sino mediante la intervención de los dioses que pueden “enviar la lluvia a su tiempo o negarla en tiempos de su ira”, creencia también entre los hebreos. De aquí se desprende la muy estudiada idea de la intervención humana, del chamán o sacerdote en específico, para apaciguar la ira de los dioses mediante el culto y diversos sacrificios a efecto de que no alteren el orden de este tiempo cíclico.
Otro factor importante que sienta las bases de las primeras religiones imperiales es la organización del espacio (González, 93). Formándose ya comunidades y poblaciones producto del sedentarismo, el pequeño mundo de estas poblaciones, o al menos su percepción de este, cuenta ya con un centro, allí donde habitan los humanos. Esta idea de la tierra como centro del cosmos es lo que provocó juicios inquisitoriales, quema de libros y hasta de personas apenas ayer por la noche, Copérnico (1473-1543), Galileo (1564-1642), Bruno (1548-1600), sobre lo que volveremos en el futuro. Mircea Eliade alude también al espacio sagrado en su afamada obra “Lo sagrado y lo profano”, donde identifica desde el poste centro y sostén de las casas, así como las puertas de entrada a templos y habitaciones particulares, como ese espacio y entrada a un lugar sagrado donde se manifiesta la religiosidad del hombre. Siguiendo esta línea, el centro de las aldeas era ocupado por un árbol sagrado, como hasta hoy es ocupado por un templo, las catedrales en el primer cuadro de la ciudad, especialmente en la Europa católica, y qué decir de Latinoamérica.
Una vez organizados los primeros asentamientos humanos, se da un crecimiento y auge exponencial en cuanto a agricultura se refiere, lo que lleva a la aparición de las primeras ciudades y los primeros Estados como tal. Es en este contexto en donde hace su aparición un sector de la población que deja de participar en las actividades productivas primeras, esto es, la producción de alimento. Los gobernantes, militares que resguardan las cosechas y a la población, administradores (recuérdese el José de la Biblia que el faraón nombra administrador de las cosechas de los 7 años de abundancia, Génesis 41) y sacerdotes. La existencia de este nuevo sector “improductivo” hace nacer la necesidad de legitimar su existencia, lo que implica ser sostenidos por el trabajo de otros; en palabras más directas, comen de lo que otros cazan y cultivan, dejando atrás costumbres de milenios en donde cada individuo y familia debía proveerse su propio alimento y cobijo. Aquí entra la religión como protagonista del nuevo orden de cosas.
En ciudades antiguas, y hasta hoy, es común encontrar en el centro los templos y los palacios de los reyes, y en aquellos primeros imperios, el rey era también el sacerdote. Una referencia bíblica la encontramos con el personaje a quien el arameo Abram entregó los diezmos de todo el botín de guerra. Narra Génesis 14 que salió al encuentro de Abram, Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo (Génesis 14:18). En esta unidad de la función política y religiosa se da lo que puede considerarse como los primeros impuestos destinados al mantenimiento de la clase sacerdotal, política y militar, a la que se unirían después ciertos artesanos y/o artistas. Los devotos traían ofrendas a la divinidad para asegurar las cosechas y su protección en la caza, como vimos arriba, pero eran entregados al sacerdote único con autoridad de presentarlo a los dioses, que no comen ni necesitan palacios artesonados. Aquí se da la legitimidad para esta nueva clase, de vivir de las ofrendas, además de ejercer poder sobre los súbditos.
A efecto de preservar un orden social, esta clase gobernante termina por monopolizar también el uso de la violencia. Por esto el profesor González nos presenta la idea del paralelismo entre el orden terrenal y el celestial. No por nada se empezó a hacer referencia a los dioses como reyes, amos y señores, aludiendo de manera directa a modelos de las monarquías terrenas. En el panteón de dioses de Mesopotamia se dio esto de manera más clara. ¿Y qué decir del Panteón de los dioses de Egipto?, donde la vinculación entre la monarquía terrestre y el orden de los dioses es más fuerte, porque no se trata simplemente de un reflejo terrenal del orden celestial, sino de un parentesco del faraón con los dioses de los que desciende (González, 99). Esta es de alguna manera fundamento de la legitimación de la autoridad imperial, por estar emparentada con los dioses o por el paralelismo en su estructura al panteón celestial; según el caso, el gobierno imperial se adjudica así el refrendo divino.
La importancia de este análisis, que aquí quedará inconcluso, es ir comprendiendo el ejercicio del poder terrenal, eso que Max Weber llamaría “una monopolización de la violencia coactiva legítima, por un gobernante, en un determinado territorio”.[2]. Se pretende desde este orden terminar con las venganzas personales, entregando solo al Estado el derecho de ejercer retribución, esto es, el castigo sobre comportamientos dañinos al orden social. Lo que cuenta con justificación divina. Ubicamos estos entre los principales factores que dan paso a las primeras religiones imperiales, ya que, al expandirse su territorio de dominio, imponen sobre los nuevos súbditos a sus dioses que los legitimaban como gobernantes, lo que da pie a la existencia de categorías de dioses, donde el dios imperial es superior a los dioses locales, y se empiezan a percibir como dioses universales, o “reyes de reyes y señores de señores”. Finalizamos remarcando que los conceptos aquí vertidos nos serán de utilidad para la comprensión de la evolución de las ideas religiosas hasta el presente, y su enorme influencia en el devenir histórico. Las guerras de religión y la colonización de territorios, por citar dos ejemplos, fueron y pretenden seguir siendo justificados por esa autoridad recibida de arriba.
Bibliografía.
- González Antonio. 2020. Buscar a tientas, una reflexión sobre las religiones. Barcelona: Ediciones Biblioteca Menno.
- Velasco, Juan Martín. Introducción a la fenomenología de la religión. Madrid, Séptima Edición, corregida y ampliada. Trotta.
- Weber, Max. 2009. La Política como vocación,
- Botta, Sergio. 2004. «Los Dioses Preciosos: Un Acercamiento histórico-Religioso a Las Divinidades Aztecas De La Lluvia». Estudios De Cultura Náhuatl35 (diciembre):89-120. https://nahuatl.historicas.unam.mx/index.php/ecn/article/view/78688.
[1] Botta, Sergio. 2004. «Los Dioses Preciosos: Un Acercamiento histórico-Religioso a Las Divinidades Aztecas De La Lluvia». Estudios De Cultura Náhuatl 35 (diciembre):89-120. https://nahuatl.historicas.unam.mx/index.php/ecn/article/view/78688.
[2] M. Weber, La Política como vocación, Madrid, 2009, pp. 83-84.
