Categoría: Filosofía

Por: AZAEL ALONZO MOGUEL / Fecha: febrero 9, 2026

La predicación de Jesús de Nazaret no se dio en un vacío religioso, sino en medio de una sociedad altamente religiosa, pero igualmente dividida.

Antecedente de las religiones modernas, parte V.

Contexto político-religioso de la aparición del Ungido esperado.

Después de la reseña histórica de la entrega anterior, pudimos situarnos aunque sea un poco en el ambiente político de la época; ahora trataremos de hacerlo en el contexto religioso en que nació, creció e inició su predicación Jesús de Nazaret, a quien se considera fundador del cristianismo. Como vimos, el gobierno bajo el dominio romano estaba en manos de Herodes el Grande al nacimiento de Jesús, pero fue en la época de Tiberio, con Poncio Pilato como procurador de Judea, que Jesús empezó su predicación y vida pública. Nos interesa más aquí repasar con el lector a los grupos religiosos y sus creencias al momento en que este nuevo personaje empieza a anunciar la cercanía del reino de Dios. Un lenguaje que, como ya vimos, no resultaba ajeno a un pueblo que esperaba que su Dios se manifestara por medio de un Ungido de la altura de Moisés, a través del que reinaría sobre ellos, a la vez que abriría las puertas de ese reino a todas las naciones de la tierra. Para este repaso nos servirá de guía la obra de un grande de nuestro tiempo, Justo L. González, y su obra “Historia del pensamiento cristiano”, su primera edición, así como la última del 2024, con su añadido “Hasta el siglo XXI, Edición actualizada y ampliada”.

La predicación de Jesús de Nazaret no se dio en un vacío religioso, sino en medio de una sociedad altamente religiosa, pero igualmente dividida. Parafraseando al profesor Justo L. González (36), los judíos eran el pueblo de la ley. La Ley o Torá era el centro de su religión. Y la Ley decía: <<Escucha, Israel, el Señor tu Dios, el Señor uno es>>. Los periodos de exilio comentados en la parte IV remarcaron esta tendencia hasta convertirse la ley en símbolo de la nacionalidad judía. Con esta ley pretendió la clase sacerdotal dirigir el culto del templo y la vida de los hebreos. La compleja evolución de esta situación, sobre lo que no nos detendremos aquí, dio lugar al desarrollo de una nueva clase de casta religiosa aparte de la sacerdotal, lo que a su vez originó en el pueblo una devoción o nueva religiosidad orientada hacia la Ley, ya no hacia el culto y el templo. Es de entender que los varios exilios comentados, que los alejaban del templo y los cultos diarios que contemplaba la misma ley, les hicieron buscar nuevas formas de sobrevivir su fervor religioso. Este, como dijimos, fue desviado del templo y su culto hacia el cumplimiento de la Ley. En palabras simples, antes para ser un buen judío se debía conservar una cercanía con el templo y la forma del culto; ahora sería con el fiel cumplimiento de la Ley, sin importar la lejanía del templo.

Pero la Ley necesita ser interpretada, pues no puede abarcar con sus más de seiscientas normas todos los aspectos de la vida cotidiana del pueblo, función de la que se ocuparon los que se llegaron a conocer como escribas o doctores de la Ley. Estos al principio fueron los eruditos que se encargaban de la preservación de la Ley, pero con el tiempo se fueron convirtiendo en sus intérpretes, siendo considerados los capaces de regular y enseñar el modo correcto de llevar a cabo su aplicación práctica. Este por demás delicado y complejo oficio derivó en divisiones de escuelas o corrientes de pensamiento respecto a cómo ejercerlo. Fue de esta evolución que nació el grupo conocido como los fariseos, que, como ya comentamos, fue inicialmente un partido opositor que empezó a hacer énfasis en el cumplimiento estricto de la Torá. Aquí se da, a nuestro parecer, un giro esencial: el cumplimiento estricto de la ley empieza a convertir la religión judía en algo más personal, ya que, como comentamos, se fue perdiendo la devoción por el templo y el culto, así como los rituales que ello implicaba. Hay un deslinde del oficio sacerdotal porque ahora es el cumplimiento de la Ley, donde sea que se encuentre el judío, lo que le garantiza su permanencia en el pacto. Aquí es hora de comentar la inclinación de otro grupo conocido en tiempos de Jesús: los saduceos. En general, la religiosidad de estos estaba centrada en los sacrificios y rituales, ya que eran de la clase sacerdotal, lo que provocó su decadencia hasta prácticamente su extinción después de la destrucción del templo de Jerusalén por el general Tito en el año 70 d.C.

Es importante conocer un poco sobre las creencias e intenciones de este importante grupo conocido como los fariseos, que hoy relacionamos con hipocresía. Es cierto que Jesús de Nazaret fue duro con ellos y popularizó el estigma, pero los atacó a ellos porque eran, como afirma el profesor Justo L. González, los mejores de su tiempo. Por lo que Jesús no perdió tiempo y energías en señalar los errores de grupos inferiores; esto debe ser interpretado como menos celosos de la Ley y, en consecuencia, menos piadosos. El asunto esencial es que en los fariseos su religiosidad ya no giraba solo en torno a la Ley escrita como en los saduceos, sino que también en “la ley oral”, una serie de tradiciones que eran el resultado de una evolución de varios siglos, especialmente a partir de los exilios comentados; esta evolución se fue dando como resultado de ese afán de aplicar la Ley a la vida práctica.

Imagen de Google.

La diferencia principal en cuanto a creencias de estos dos grupos la testifica Lucas, aquel médico con dotes de historiador que escribió el evangelio que lleva su nombre y el libro de Hechos de los apóstoles, siendo compañero en los viajes de Saulo de Tarso:

Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas. Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que, si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Dios. (Hechos 23:6-9).

Será necesario considerar aparte el grado de helenización en las creencias de los fariseos, que por una parte se mostraban muy celosos del cumplimiento de la Ley, pero en realidad esta Ley ya estaba cargada de tradiciones e ideas con las que, como les reclamó Jesús, habían violentado los mandamientos originales.

Los esenios eran otro grupo que, aunque no fueron muchos ni alcanzaron un peso sobre el pueblo, su importancia es histórica, ya que a ellos se atribuye la conservación de los rollos del mar Muerto. La mayoría de los autores concuerda en que fue en la huida de un grupo de estos a las montañas para conservarse en la pureza de la Ley que se establecieron muchos en Qumrán, llevando consigo y escondiendo los escritos sagrados, donde fueron hallados los rollos. Estos estaban entre dos posiciones que por momentos eran contrarias entre sí; su creencia principal era que debían abstenerse de todo tipo de contaminación y por eso procuraban vivir separados, pero allí no había cosas inmundas de las que cuidarse.

Ahora bien, ¿y qué del vulgo? En realidad, el pueblo no participaba de este tipo de debate y rivalidad que se daba especialmente entre fariseos y saduceos, pero sí eran los practicantes de la religión judía y para ellos todo giraba alrededor del templo y de la Ley, sin interesarse por cuestiones más teológicas, digamos; una comparación moderna sería el alto número de católicos que se consideran practicantes por comulgar una vez al año, o celebrar Navidad y Semana Santa. Lo que sí es cierto es que el grueso del pueblo mantenía los rasgos principales del judaísmo: su monoteísmo ético y su esperanza mesiánica y escatológica (Justo L. González, 40).

Lo que tratamos de dejar establecido por ahora es lo que afirmamos al principio: la predicación de Jesús de Nazaret no se dio en un vacío religioso, ni aun como algunos afirman en una especie de decadencia del judaísmo, sino en medio de un ambiente altamente religioso. Y este ambiente no era solo en el territorio donde inició el cristianismo, sino que el fenómeno conocido como la Diáspora o Dispersión, que en pocas palabras se trata del fenómeno que se originó cuando, al fin del exilio babilónico, no todos regresaron a Judea, sino que se establecieron en Babilonia y, por cuestiones de comercio, se dispersaron por Siria, Egipto, Asia Menor y Roma. Estos judíos también hacían labor de proselitismo, por lo que había ya muchos gentiles convertidos al judaísmo, los prosélitos, y su presencia vino a ser importante en estas ciudades. Este dato tiene la importancia de que fue un factor determinante, como veremos después, en la expansión del cristianismo, aunque a los cristianos de hoy les cueste reconocer este tipo de aportaciones judías.

Bibliografía.

  • González, Antonio. 2020. Buscar a tientas una reflexión sobre las religiones. Barcelona: Ediciones Biblioteca Menno.
  • González, Justo L. 2024. Historia del Pensamiento Cristiano, Hasta el siglo XXI, Edición actualizada y ampliada. Barcelona: Editorial Clíe.
  • Biblia Versión Reina-Valera, 1960.