Visto de una manera más entendible y, por decirlo de alguna forma, simplificada, la historia del arte ha sido sobre todo una historia de la belleza. Desde el concepto de belleza de los antiguos griegos, las proporciones áureas del Renacimiento hasta los paisajes románticos del siglo XIX, el arte ha servido como un reflejo de los ideales estéticos que pretendían lo sublime, lo armonioso, lo verdadero. En las décadas más recientes, el concepto de lo bello se ha transformado radicalmente por la influencia de la tecnología. Lo que en otro tiempo se consideraba de mal gusto —lo kitsch, lo fútil, lo grotesco— hoy en día puede ser considerado como arte legítimo, incluso como una manifestación estética de una época caracterizada por la saturación visual y la ironía.
Aun en el siglo XIX, podríamos encontrar en el arte una vocación formativa donde los pintores, por ejemplo, intentaban representar temas contemporáneos o visiones imaginarias, como Turner (1775-1851), quien le dio al paisajismo un lugar preponderante que incluso rivaliza con la pintura que aborda temas históricos. La belleza era entendida como una forma de orden, una manifestación de lo eterno en lo sensible. Incluso cuando el arte se volvía crítico —como en el realismo de las obras de Courbet (1819-1877) o la caricatura política de Daumier (1808-1879)—, se conservaba una relación reverente con la forma, con la técnica, con la idea de que el arte debía ser trabajado, pulido, contemplado.
El arte moderno, en cambio, ha sido testigo de una disgregación progresiva de esos valores. La tecnología de alguna manera ha democratizado la producción artística, pero también ha diluido sus fundamentos. Hoy en día, una imagen generada por inteligencia artificial tiene la posibilidad de ganar concursos de arte; un meme podría ser considerado una obra conceptual; una instalación hecha con basura puede ser exhibida en museos. La belleza ha dejado de ser el criterio rector: ha sido desplazada por la provocación, la viralidad, la originalidad o incluso la crítica al propio concepto de arte.
Este desplazamiento no es implícitamente negativo, pero sí nos revela algo. La estética contemporánea está profundamente marcada por la lógica digital: vistosidad, inmediatez, velocidad, repetición, simulacro. Las redes sociales han convertido al espectador en un curador, y el artista se ha vuelto productor de contenido. Visto de esa forma, la obra ya no se contempla, se consume. El arte ya no se espera, se escanea. En estos tiempos, lo bello se vuelve sospechoso: demasiado clásico, demasiado lento, demasiado elitista.
Indudablemente, la tecnología ha engendrado nuevas formas de expresión —desde el arte generativo hasta la realidad aumentada—, pero también ha dado lugar a una estética de la saturación, donde lo feo, lo caótico y lo irónico se convierten en signos de autenticidad. En este sentido, se podría decir que el arte moderno ya no busca representar lo bello, sino cuestionarlo. Surge la pregunta sobre qué significa lo bello en una época donde todo puede ser creado por medio de máquinas, editado, filtrado, simulado.
Anteriormente, la estética aspiraba a la trascendencia y se inclinaba hacia la inmanencia. Parece que el arte ahora ya no quiere elevar, sino reflejar; no busca lo eterno, sino lo efímero. Quizá el desafío contemporáneo no sea recuperar y restablecer los cánones del pasado, sino redefinir la belleza en un mundo donde la técnica ha dejado de ser herramienta y se ha convertido en lenguaje. En ese proceso, el arte podría rescatar lo que siempre ha tratado de ser: una forma de pensar y expresar lo sensible, de habitar el mundo, de resistir —aunque sea de forma pasajera— la lógica del algoritmo.
