Categoría: Filosofía

Por: ANDRES ALFREDO GARCIA TRINIDAD / Fecha: abril 27, 2026

Se había trazado una línea divisoria entre el ser humano y el animal. El primero, considerado poseedor de razón, alma y derechos; el segundo, era visto como un autómata biológico.

Aunque tenemos noticias de que Pitágoras abogaba por el respeto a los animales porque creía en la reencarnación, y de que el budismo, entre otros, tiene el principio de ahimsa, o respeto hacia toda forma de vida, la filosofía occidental se había caracterizado durante siglos por trazar tajantemente una línea divisoria entre el ser humano y el animal. El primero, considerado poseedor de razón, alma y derechos; el segundo, era visto como un autómata biológico o solo como un recurso para el consumo humano. Con el avance de la ética y de las ciencias, esa división se ha hecho muy cuestionable, al punto de preguntarnos en qué momento el “otro” deja de ser una cosa viviente para convertirse en un ser con derechos.

Una propuesta, esencialmente utilitarista, es fundamentar los derechos de los animales con base en el siguiente razonamiento:

  1. Los animales sufren.
  2. El mundo es un lugar mejor si no hay sufrimiento innecesario.
  3. Entonces, no es bueno causar dolor innecesario a los animales.

Jeremy Bentham fue quien propuso que una de las claves para considerar moralmente a los animales es la capacidad de sufrir: “La cuestión no es «¿razonan?» o «¿hablan?», sino «¿sufren?»”.

La premisa 1 es uno de los puntos más debatidos. Con los avances científicos de los últimos años, nos parecería ridículo negar que animales como los grandes simios (chimpancés, orangutanes, gorilas) puedan sentir dolor. Por otro lado, podríamos tener nuestras dudas si afirmáramos que los animales con sistemas nerviosos más primitivos, como las esponjas de mar y las medusas, pueden sentir un dolor similar al humano. La dificultad entonces parece que radica, como en otros problemas éticos, en determinar una frontera que nos permita distinguir entre animales que puedan o no sentir dolor. Muchos han propuesto una escala gradual moral donde la complejidad del organismo determina el nivel de compasión que deberíamos tenerle. Aun así, no es tan convincente porque queda todavía un dejo de arbitrariedad y de antropocentrismo.

En cuanto a la premisa 2, el punto más debatible es la parte de “sufrimiento innecesario”. Por un lado, parece que no toma en cuenta la diferencia entre dolor y sufrimiento. El primero nos suena más a una sensación más primitiva y pasajera; el segundo es más complejo y duradero (puede evocar sensaciones pasadas y remitir a situaciones dolorosas futuras). Desde esta perspectiva, es el sufrimiento el que debería tomarse en cuenta para una valoración moral. Sin embargo, no nos parecería del todo convincente pensar que el dolor no sea algo malo, aunque el sufrimiento pueda ser peor. En cuanto a lo “innecesario”, este se torna también muy debatible porque hay quienes defienden el uso de animales en la ciencia por los beneficios que aporta a la humanidad. Es innegable que se han salvado muchas vidas y millones se salvarán gracias a esos avances. Por lo tanto, parece que se trata, desde un punto de vista utilitarista, de una ecuación entre sufrimiento animal y beneficio humano. Una ecuación muy difícil de resolver si se trata de calcular el sufrimiento animal.

Ante las respuestas a las premisas, la conclusión no parece tan sólida. Quizá la cuestión sea la de brindar derechos a cierto número de animales, pero sea bueno permitir el sufrimiento a algunos si esto resulta en algún beneficio para la humanidad. No es una conclusión que pueda convencer a todo defensor de los animales, pero hay algunos filósofos que se basan en la idea utilitarista para proponer sus ideas. Por ejemplo, Peter Singer, quien dice que, si un ser sufre, no hay justificación moral para negarle derechos: no hacerlo sería incurrir en especismo, un tipo de discriminación hacia los animales no humanos, similar a la discriminación por género o raza. Otro filósofo, Tom Reagan, sostiene que los animales son “sujetos de una vida”, es decir, tienen una biografía y deseos, por lo que les otorga derechos básicos para no ser tratados como meros pedazos de carne y hueso.

Otra dificultad consiste en los derechos de los animales en sí, en cuanto a si deban ser iguales o similares a los derechos humanos. Algunos cuestionan, incluso, si se deba hablar de derechos. Cuando hablamos de derechos, suponemos la existencia de obligaciones o deberes; es decir, de un tipo de reciprocidad: se tiene cierto derecho, pero se tiene tal deber. Algo que tal vez sea utópico entre animales y humanos.

A pesar de las grandes dificultades, se han logrado muchos progresos en algunos países. Por ejemplo, se ha logrado la prohibición del uso de animales en circos, la experimentación con ellos está más regulada, se ha logrado una mayor conciencia colectiva en el trato a los animales, se han hecho leyes que castigan el maltrato a mascotas, etc. La cuestión de los derechos de los animales nos impulsa a reflexionar sobre qué significa ser sujeto de derecho, cómo valoramos el sufrimiento y qué tipo de comunidad moral queremos construir. No es simplemente un asunto de proteger a los animales, sino de tratar de incluirlos en nuestro universo ético.