Es normal que la rutina del día a día nos haga perder la sensibilidad hacia lo que nos rodea. La rutina tiende a cubrir con un velo aquello que, para quienes lo observan desde fuera, puede resultar asombroso. Este fenómeno no solo se aplica a lo personal; también ocurre con los lugares que habitamos. Así es como Chihuahua muchas veces se nos presenta con un “lente empañado”, incapaz de revelar su verdadera riqueza a quienes lo recorremos a diario.
Cuando me preguntan de dónde soy, suelo responder con una frase que encierra un destino: “Nací y he crecido en Chihuahua, y seguramente moriré también aquí”. Durante mi juventud, la idea de migrar a otra ciudad o incluso a otro estado rondaba continuamente. Con el paso del tiempo, aprendí a mirar con nuevos ojos este lugar, descubriendo en sus calles, en su clima extremo, en sus sabores y en su gente la esencia de mi identidad. Reconocer la belleza de Chihuahua es un ejercicio de conciencia: implica ir más allá de la rutina y redescubrirlo a través de su historia, su cultura y su arquitectura. Estos elementos entrelazados son la clave para entender no solo el territorio donde nací, sino también la manera en que moldea mi identidad y visión del mundo.
La música norteña, festivales, costumbres y tradiciones muestran la riqueza cultural que el estado ofrece. La geografía también pone su granito de arena en este aspecto: los desiertos áridos del norte, las majestuosas montañas de la Sierra Tarahumara, los profundos cañones que cortan el paisaje y las llanuras que sostienen la vida agrícola y ganadera crean un escenario único que moldea la identidad de los chihuahuenses. Dentro de este contexto podemos descubrir tres facetas del estado: la capital, con su centro histórico y vida cultural; Ciudad Juárez, frontera industrial; y Cuauhtémoc, centro agrícola y hogar de los menonitas, muestran un rostro distinto pero complementario de Chihuahua.
Chihuahua Capital: El corazón histórico y cultural del estado
En el centro histórico se concentra la esencia de Chihuahua. Desde la Calle Libertad, arteria peatonal que conecta plazas y edificios emblemáticos, hasta la Plaza del Ángel, punto de encuentro social y cultural, el centro respira historia y actividad diaria. Ciudadanos que realizan trámites, estudiantes rumbo a sus clases, parejas que se casan, turistas que recorren los edificios y residentes que mantienen viva la ciudad, todo convive en armonía.
Un ángel alado en las alturas da la bienvenida al centro, pero tras darle la espalda al ser mítico, nos encontramos con el Palacio de Gobierno, construido a finales del siglo XIX, su fachada refleja la arquitectura institucional de la época, con un estilo neoclásico que transmite solemnidad. Pero no solo es su fachada la que destaca, ya que en su interior podemos encontrar los murales de Aarón Piña Mora, que a través de ellos nos cuentan episodios de la historia del estado, desde la Independencia y la Revolución y destacan también los chihuahuenses ilustres. El Palacio es un espacio abierto a la ciudadanía en donde se pueden realizar desde trámites gubernamentales, admirar los murales o atender a un evento cultural. Aquí, la historia se hace tangible y la vida cotidiana se mezcla con el patrimonio histórico.
Muy cerca se encuentra la Parroquia de San Francisco, donde se veló a Miguel Hidalgo tras su muerte, cruzando la avenida Venustiano Carranza y frente a Palacio nos encontramos con el Museo Casa Chihuahua, antiguo Palacio Federal, que hoy funge como centro cultural que pone en escena exposiciones sobre historia, arte y sociedad, además de talleres y actividades para locales y visitantes. Si nos alejamos del núcleo político y caminamos por la Calle Libertad —disfrutando una banderilla o una nieve de chorro— topamos con la Plaza de Armas, donde destaca el mural del perrito Chihuahua, ubicado en la fachada del antiguo Banco Comercial Mexicano. A la somb
ra del Congreso del Estado se encuentra la Casa Creel, residencia histórica de las familias Terrazas-Creel que alojó al presidente Porfirio Díaz en 1909 y hoy funciona como oficinas corporativas de Grupo Intermex. A espaldas de la Casa Creel, encontrarás una tienda de variedades -ropa e importaciones- que encuentran su hogar en la Francia Marítima, que destaca por su arquitectura afrancesada, reflejo de la popularidad e influencia europea que al momento de su construcción era lo de moda.

Finalmente, se alza la Catedral de Chihuahua, que para mí es la joya de la corona del centro histórico. Fue construida entre 1725 y 1826, combina estilos barroco y neoclásico, con columnas salomónicas, esculturas religiosas y detalles en cantera rosa, además de contar con algunos simbolismos que van más allá de lo religioso (se dice que, en alguna parte de su cantera, podrás encontrar símbolos masónicos). Su interior alberga frescos, altares de mármol y la tumba de San Pedro de Jesús Maldonado, mártir de Chihuahua durante la Guerra Cristera. Aquí no te topas con un edificio histórico o religioso, te topas con un espacio vivo, escenario de misas, bodas y eventos comunitarios, integrado a la vida diaria del centro.
Cuauhtémoc: Campos, manzanas y comunidades que perduran
Al viajar hacia el occidente del estado, encontramos otra faceta de Chihuahua: Cuauhtémoc, donde la geografía fértil y la tradición agrícola se combinan con la comunidad menonita. Sus campos y valles fértiles cuentan historias distintas a las del bullicioso centro urbano; las tradiciones europeas y locales se entrelazan y la vida cotidiana transcurre al ritmo de la tierra, la ganadería y la producción agrícola. La ciudad también funciona como puerta a la Sierra Tarahumara, conectando los valles fértiles con los paisajes montañosos del occidente del estado.

Fundada a principios del siglo XX, Cuauhtémoc se ha caracterizado por ser un punto de encuentro para los colonos menonitas llegados desde Canadá o los Países Bajos. Mediante su comunidad cerrada, pero estrecha entre sí, han logrado preservar sus costumbres, idioma y formas de vida por más de un siglo, construyendo casas simples y funcionales con patios amplios y graneros, que reflejan su identidad y forma de ser eficaz, familiar y agrícola. Esta misma esencia menonita se puede encontrar en sus centros públicos, como escuelas e iglesias, donde como en el hogar han mantenido vivas tradiciones que se entrelazan con la cotidianidad moderna, que se marca con el inicio de las estaciones. Sus artesanías muestran la habilidad artesanal de esta cultura: la elaboración de quesos, panes y pizzas artesanales es un emblema gastronómico que combina tradición europea con productos locales. Comer en Cuauhtémoc es experimentar la historia y la identidad menonita, donde cada sabor refleja dedicación y arraigo.
Recorrer Cuauhtémoc es descubrir un Chihuahua diferente: un lugar donde la naturaleza, la tradición, la gastronomía y la vida comunitaria se entrelazan, contrastando y complementando la intensidad urbana de Chihuahua Capital.
Ciudad Juárez: Frontera, industria y vida en movimiento
Ubicada en el extremo norte del estado, Juárez es una ciudad de contrastes donde historia, cultura e industria se unen. Su identidad surge de la mezcla de tradiciones mexicanas y la influencia cercana de Estados Unidos.

Si bien, en el aspecto histórico, Juárez tiene mucho que aportar el movimiento revolucionario y así como otros eventos íntimamente relacionados a la relación con Estados Unidos – como a la disputa por El Chamizal, por ejemplo- , que pueden ser recordados en el Museo de la Revolución en la Frontera (MUREF) o el Museo de Arqueología e Historia del Chamizal, su fuerza actual reside en su dinamismo económico.
Cientos de maquiladoras, parques industriales, centros logísticos y joint plants que producen desde electrónicos hasta autopartes, consolidando a Juárez como uno de los principales motores industriales de México. No es por nada que existe la popular frase: “Si a Juárez le da un resfriado, el resto del Estado puede sentir una neumonía”, que de manera muy coloquial planta firme la importancia de la economía de la ciudad para el resto del estado. Este polo industrial ha generado también una urbe diversa y activa, donde trabajadores, empresarios, artistas y familias conviven en constante movimiento.
Es en este ajetreado vaivén que la vida cultural ha dado asilo y cuna a grandes leyendas de la música y comedia de nuestro país. No es por nada que unos de los más grandes artistas de la música regional mexicana, se hacía llamar “El Divo de Juárez”, Juan Gabriel a través de su música inmortalizo en más de una canción el ritmo de la Ciudad Juárez, y su vida, podrás transportarte al paraje desértico de Juárez, ya sea con el ritmo de las canciones de: “NOA NOA”, “A Ciudad Juárez”, “Arriba
Juárez” y una canción que personalmente siempre escucho al entrar a la Ciudad “Juárez Es el No. 1”. Y si bien, el Divo es el mayor representante de la ciudad, existe una talentosa familia del entretenimiento mexicano que está profundamente conectada a Ciudad Juárez, puesto que similar a Juan Gabriel fueron juarenses naturalizados, pues fue en esta ciudad donde la familia Valdés vivió y trabajo en la década de los 20’s, y nos dio a grandes artistas como el mayor representante del estilo pachuco Tin Tan o al entrañable Don Ramon de la vecindad del Chavo. Dentro de este marco cultural, Juárez no solo es conocido por ser semillero de grandes artistas, sino también por su gastronomía que refleja el carácter fronterizo, con sus deliciosos burritos, nacidos como un alimento práctico para obreros y viajeros, y la margarita, que a pesar de contar con un origen debatible, forma parte de la identidad de la ciudad, donde en cada restaurante, cantina o puesto callejero encontraras la creatividad de la fusión cultural del TEX-MEX.
En suma, Ciudad Juárez es una ciudad llena de historia, cultura, gastronomía e industria, la convierten en un soporte vital para todo el Estado. Esta ciudad, no solo demuestra la frontera como un punto geográfico, sino que nos da un ensayo social y cultural de lo que la frontera significa, el punto de encuentro de culturas, ideas, comercio y desarrollo, consolidándose como un rostro imprescindible del estado.
Recorrer Chihuahua es, en definitiva, descubrir un Estado de contrastes que se complementan. Como paisana del Estado Grande, he aprendido que basta con detenerse, mirar con atención y levantar ese velo que la rutina que tantas veces nos impide ver lo extraordinario que está nuestro alrededor. No hace falta viajar miles de millas para encontrar algo asombroso o fresco: Chihuahua lo tiene, en cada ciudad, en cada llanura y en cada rincón de sus desiertos y montañas.
Cuando me doy el tiempo de caminar por sus calles, subir a sus miradores o recorrer sus pueblos, redescubro mi identidad en la arquitectura, la cultura y los sabores que han formado parte de mi vida desde siempre. Ser turista de tu propia ciudad —o de tu propio estado— permite valorar lo que tantas veces damos por sentado: los paisajes que moldean nuestro carácter, la historia que nos legaron las generaciones anteriores y la vitalidad de su gente. Chihuahua no es solo un lugar en el mapa; es la combinación de memoria, vida cotidiana y patrimonio que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.
