Categoría: Cultural

Por: ANA BELEN MUÑOZ MARIN / Fecha: enero 12, 2026

El MUSEO 31 es un viaje a Titirilquén para reconocer la belleza en lo desechable. Es el reencuentro con esa versión de ti mismo que fue tratada como adulta por el programa.

El fenómeno chileno 31 Minutos irrumpió en nuestras vidas como un relámpago en la televisión. Su genialidad residía en una audacia simple: era un programa para niños hecho con humor adulto. No vino a darnos lecciones azucaradas, sino a reírse con nosotros de la realidad, con esa inteligencia pícara que se sentía tan honesta. Por eso, al hablar de 31 Minutos, la nostalgia no es una simple melancolía por lo que se fue; es el recuerdo preciso de la primera vez que entendimos una crítica política envuelta en felpa, una lección ecológica cantada en clave de rock o una parodia televisiva que nos parecía más real que la vida misma. El MUSEO 31, exhibido en la Nave Generadores de Monterrey, es el mapa físico de esa memoria colectiva que compartimos.

Al cruzar el umbral en Fundidora, la pregunta es inevitable: ¿Cómo esta obra, diseñada con chilenismos y doble sentido, logró sembrarse tan profundo en la infancia mexicana con tanto cariño? La respuesta te la da el propio lugar. El tiempo se comprime y la lógica se invierte al encontrarnos con el vigilante absurdo de la entrada: el gigantesco simio oficinista inflable. Con su traje formal y su mirada de hastío cósmico, te mira y te libera de la seriedad. Entiendes que has dejado las convenciones para entrar en el caos controlado de Titirilquén. El MUSEO 31 es un espacio para desaprender la gravedad y para reconocer la belleza en lo desechable. Es un reencuentro con esa versión de ti mismo que, aunque era niño, fue tratado como un adulto por el programa, una experiencia de respeto intelectual que trascendió fronteras gracias a su espíritu y, sobre todo, a la música que nos une. El primer golpe a la memoria, el que te ancla a esta realidad de humor y verdad, llega en el muro de los personajes, un desfile caótico y maravilloso de cabezas y cuerpos de felpa. Ahí están, mirándote, filas y filas de títeres con sus costuras imperfectas, sus ojos de botón y sus ropas arrugadas. Te das cuenta de que no son solo objetos; son testigos de tus propios sketches mentales, de las veces que cantaste sus canciones o repetiste sus frases. Es la galería de la condición humana filtrada por el humor. Verlos de cerca, con el detalle de su elaboración manual, es recordar la maestría humana que jamás se vendió a la producción masiva.

La nostalgia que aquí te atrapa no es empalagosa; es un reconocimiento a la inteligencia aplicada, esa que se instaló en el imaginario mexicano. La magia de esta exposición reside precisamente en la honestidad del proceso. El corazón del show se revela en el Taller de Utilería, un tesoro desordenado de objetos que, alguna vez, estuvieron vivos en la pantalla. Este no es un espacio frío; es el estudio de un artesano donde el caos es la norma. Ves los micrófonos improvisados, los envases de fast food transformados en artefactos sagrados. En este rincón, entiendes la lógica inversa de 31 Minutos: el desecho se convierte en arte, y el ingenio triunfa sobre el presupuesto. Ese tierno conejo rojo, con el abdomen de botella de plástico relleno, es un recordatorio tangible del valor de lo hecho a mano y de que todo puede ser un títere. El mensaje es profundamente humano: si ellos pudieron hacer arte y crítica social con lo que la sociedad tiró, la creatividad es el recurso más valioso que tenemos.

Para internarnos en la memoria musical, es la sección dedicada al Ranking Top, el alma sonora del noticiero. Aquí la experiencia se vuelve auditiva y táctil, un verdadero jukebox de la infancia. El visitante puede acercarse a cabinas o módulos para escuchar, una tras otra, las canciones que definieron una generación. Pero lo más revelador es la utilería expuesta: los instrumentos absurdos, las chaquetas de colores neón y los elementos utilizados en los videos de La Banda Tumbada o Los Mangueras. Ves de cerca, por ejemplo, los trozos de cartón y la felpa que dieron vida a las creaciones musicales de Policarpo, dándote cuenta de que la crudeza visual de sus videos era intencional. La música de 31 Minutos es el verdadero motor que impulsó su impacto transnacional.

También podemos encontrarnos las “notas verdes” de Bodoque; eran canciones de protesta envueltas en pop pegadizo. Sus álbumes no solo generaron giras masivas en México, sino que se convirtieron en un lenguaje compartido. La nostalgia es por esa banda sonora que criticaba el consumismo mientras se colaba en las fiestas.

Pero 31 minutos no se quedó en la infancia de quienes lo observaron; en sus paredes podemos observar las críticas de una adultez joven que se enfrenta a este futuro. Es por ello que en las paredes que muestran diversos carteles con las leyendas que gritan “DEJA DE VIOLENTAR A LAS CHICAS”, donde el humor absurdo de las amenazas (“O te pego con mi quesadilla”) se usa para hablar de un tema vital y actual, nos enseñó a defender lo correcto con la única herramienta que importa: la risa y un buen riff de guitarra.

La recreación del set de noticias y los ejemplares del periódico “El Alarmista”, con sus titulares catastróficos, refuerzan la idea de que la mejor forma de educar la crítica es mediante la parodia y el uso inteligente del absurdo. La nostalgia madura y se torna en lúcida reflexión cuando te adentras en la sala de arte, y te encuentras con la impactante recreación de “La Última Cena”, donde los títeres sustituyen a las figuras sagradas en un acto de liberación.

El MUSEO 31 es la prueba palpable de que la obra es más grande que sus partes. Es un homenaje a los hacedores de mundos, una reafirmación de que hay que tomarse la vida en serio… solo por 31 minutos; al salir, uno no regresa simplemente a la realidad, sino que se siente enriquecido. Y si queda alguna duda sobre la vigencia de esta magia, solo hace falta recordar su reciente presentación en el Tiny Desk Concert, ver a Tulio, Bodoque y el equipo ejecutando su música en ese icónico formato, con la misma frescura y crítica, es la confirmación de que 31 Minutos no es una cápsula del tiempo, sino un fenómeno cultural que sigue hablándole a nuestra generación. La nostalgia que produce no es por lo que se fue, sino por la inteligencia que permanece. Es la memoria de un tiempo donde la televisión nos enseñó a ser mejores críticos.

Como conclusión, me gustaría recordar las palabras que alguna vez dijo el creador Álvaro Díaz, al referirse al humor político que usaban: “Tienes que tener cuero de chancho y para mí era mucho más fácil ponerme un títere”. Es una frase que lo resume todo: la valentía para hablar sin filtros, la autoconciencia de la dificultad de la crítica y la nobleza de usar una marioneta para decir las verdades más incómodas.