Categoría: Cultural

Por: ANA BELEN MUÑOZ MARIN / Fecha: febrero 18, 2026

Bajo el asfalto del Zócalo late un imperio. Tenochtitlan no es una ruina, es la raíz enterrada que sostiene nuestra historia dual y se niega a ser invisible bajo la piel de la metrópoli moderna.

Mucho antes de que el Zócalo fuera el corazón de una nación, y antes de que se alzara la Catedral Metropolitana, existió Aztlán. No tenemos certeza de su ubicación física, pero su significado es imborrable: fue el punto de partida de unos parias. Eran los “atlacachichimeca”, hombres y mujeres que emprendieron un éxodo impulsados por una promesa que parecía una locura: encontrar un paraíso marcado por un águila devorando a una serpiente sobre un nopal. Durante dos siglos, este grupo de nómadas cargó con sus deidades y sus miedos a través de valles y montañas, hasta alcanzar finalmente el Lago de Texcoco. Sin embargo, el destino no era el edén que imaginaban, sino un islote pantanoso, infértil e inestable. Fue precisamente allí, en esa hostilidad de lodo y salitre, donde el mito cobró vida, haciéndose carne y pluma.

Con el tiempo, aquel islote se expandió como un organismo vivo. Los mexicas no intentaron dominar el lago; se fundieron con él. Tenochtitlan emergió como una joya de ingeniería hidráulica, una red de canales donde el silencio solo se interrumpía por el rítmico golpe de los remos. Fue una ciudad que respiraba a través del agua y se alzaba buscando las estrellas. Hoy, esa metrópoli permanece oculta, y para encontrarla es necesario mirar bajo la piel del Zócalo, donde el asfalto actúa como la tapa de una ciudad monumental que se niega a ser invisible.

Al abandonar la plancha del Zócalo, justo a un costado de la Catedral, nos topamos con un desgarre en esa piel urbana. Allí, la metrópoli enterrada no se presenta de forma pasiva, sino como una herida abierta en el urbanismo moderno. Bajo la luz del sol que golpea el tezontle rojo, se percibe el choque vibrante entre dos mundos. Las ruinas del Templo Mayor no descansan en un jardín estático; están atrapadas en un foso, rodeadas por la arquitectura virreinal y el rugido del tráfico cotidiano.

En esta sección al aire libre contemplamos una ingeniería de resistencia: siete etapas de construcción superpuestas que intentaban desafiar el hundimiento del lago. Sus escalinatas, custodiadas por cabezas de serpiente talladas en piedra volcánica, ofrecen un retrato crudo del pasado: piedras que conservan las cicatrices del fuego de la conquista y que soportan la presión de edificios coloniales que, simbólicamente, parecen hincarse ante la estructura prehispánica. Es aquí donde comprendemos que el Zócalo no es suelo firme, sino el techo de una pirámide colosal que empuja desde el subsuelo para reclamar su lugar en el horizonte.

Si el exterior es el cuerpo que lucha y exhibe sus cicatrices, el museo es el alma que resguarda lo que el tiempo y el fuego no pudieron triturar. Aquí, el imperio se vuelve íntimo. Desde las alturas de sus salas, podemos observar el monolito de Coyolxauhqui. Su hallazgo accidental en 1978, por la pala de un trabajador de la CFE, fue el grito que despertó a la ciudad dormida; fue el inicio de la gran exhumación de Tenochtitlan.

A diferencia de las ruinas exteriores, las piezas en el interior conservan una elegancia que estremece. Los Guerreros Águila de cerámica, de tamaño natural, vigilan el recinto con una mirada que atraviesa los siglos. En las vitrinas, las ofrendas —conchas, colmillos de jaguar y delicadas figuras de jade— revelan una riqueza simbólica inabarcable. Aquí también yace el Tzompantli, el muro de cráneos que servía de armazón moral a la ciudad. Verlo de cerca, bajo una luz controlada, permite entender que para los mexicas la muerte no era un final, sino el combustible necesario para que el universo siguiera girando. Mientras afuera el asfalto intenta imponer el olvido, adentro cada pieza recuperada es un órgano que vuelve a latir, permitiéndonos escuchar el pulso de una civilización diseñada para la eternidad.

¿Qué queda hoy de esa metrópoli que fue el centro del universo? Al salir del museo y volver a pisar el Zócalo, la mirada es distinta. Ya no vemos una división tajante entre “lo de arriba” y “lo de abajo”, sino una fusión irreversible. La conquista fue traumática, pero de esas ruinas nació nuestra forma de ser. La Catedral Metropolitana y el Templo Mayor no son enemigos; son las dos manos de una misma historia entrelazadas bajo nuestros pies.

Las piedras de Tenochtitlan no fueron borradas; se integraron. En los muros virreinales descubrimos bloques de tezontle que hoy sirven de base a nuevas estructuras. No es una ocupación, es una metamorfosis. Somos una nación dual: descendientes del águila y herederos de la lengua de Castilla. Como bien dice la inscripción de los Cantares Mexicanos: “Mientras el mundo exista, no acabará la gloria y la fama de México-Tenochtitlan”.

Tenochtitlan es la ciudad que aprendió a ser raíz. No es un cementerio, es el soporte físico y espiritual de la Ciudad de México. Caminar sobre la piel del Zócalo es reconocer que nuestra fuerza proviene de esa profundidad; de esa metrópoli enterrada que late en cada grieta, en cada hundimiento y en el orgullo de un pueblo que sabe que su identidad está cimentada sobre la eternidad.