Categoría: Cultural

Por: ANA BELEN MUÑOZ MARIN / Fecha: mayo 11, 2026

Oaxaca no se visita, se degusta. Una crónica con sabor a humo, el mezcal y la memoria histórica de sus valles construyen el último gran pacto de resistencia cultural en la mesa mexicana.

Hay lugares que se visitan con los ojos, pero a Oaxaca se llega para entregarse con la boca. Como viajera del norte, acostumbrada a la franqueza del desierto y a la logística de una carne asada en Chihuahua, aterrizar en los valles centrales es enfrentarse a un código desconocido. En mi tierra, el fuego es una herramienta de precisión; aquí, el humo es un narrador que explica cómo una cultura ha logrado mantenerse intacta mientras el resto del mundo se homogeneiza.

Mi primera parada fue el Mercado 20 de Noviembre. El Pasillo del Humo no es un comedor, es una estructura social en funcionamiento. Mientras en el norte la parrillada es un rito de privacidad —el patio de la casa, el grupo cerrado—, en este rincón oaxaqueño la carne es un tejido público. El tasajo y la cecina se ofrecen en un sistema donde el estatus desaparece ante las brasas. Observé una coreografía de supervivencia y mercado: familias enteras dividiéndose la tarea de conseguir tortillas, salsas y aguacate para armar un festín en mesas donde nadie es extraño. Esta dinámica revela una sociología de la abundancia compartida. Al probar mi primera tlayuda, comprendí que no estaba ante una receta, sino ante una pieza de ingeniería alimentaria. Es una base de maíz que sostiene el peso de ingredientes que no conocen la refrigeración industrial ni la prisa. En Oaxaca, el lujo no es el corte de carne “premium”, sino la red de manos que hicieron posible que ese bocado llegara al comal. Del ruido y el calor del mercado, salí a buscar el aire de las plazas, donde la historia se siente en la temperatura del ambiente.

Caminando bajo el sol de la tarde, llegué a un puesto de nieves resguardado por un árbol colosal. Los locales aseguran que este higo fue plantado por José María Morelos y Pavón durante la Independencia. No es solo un dato decorativo; la presencia del árbol condiciona el espacio público. Sentarse bajo su sombra es ocupar un lugar que ha servido de refugio por siglos, conectando al viajero con una línea de tiempo que el asfalto suele ocultar. Elegí una nieve artesanal batida a mano en barricas de madera, con sabor a mezcal con sal de chapulín y leche quemada, una combinación arriesgada, pero con los sabores representativos de Oaxaca. Mientras el frío me devolvía el aliento, entendí que en esta ciudad la historia es utilitaria: se usa para dar sombra y se consume en un vasito, mientras yo solo estaba ahí como testigo de una continuidad que no necesita museos para ser real. Esa pausa fue el preámbulo para salir de la mancha urbana y entender la transformación de la tierra en elíxir.

Ir a Oaxaca y no tomar mezcal es igual a no haberla visitado; como parada obligatoria, se emprendió un viaje a Santiago Matatlán. En El Rey de Matatlán, la tradición no es una pieza estética, es un trabajo extenuante. El mezcal exige una paciencia que choca con nuestros ritmos digitales; el agave espera años para ser cosechado y el maestro palenquero otros tantos días para destilarlo. Ver las manos curtidas de quienes operan el alambique es entender que el mezcal es, ante todo, un acto de resistencia económica y cultural frente a los destilados industriales. Sin embargo, la tradición sabe adaptarse para no morir. Probar el mojito de mezcal con frutos rojos o las cremas de mezcal fue ver una cultura segura de sí misma. No necesitan purismos rígidos porque su esencia es tan fuerte que aguanta la experimentación. El mezcal se toma a besos por su graduación alcohólica, pero también por el respeto que impone una planta que tardó una década en llegar a tu vaso.

El contraste final ocurrió en la terraza de la alta cocina de la Tierra del Sol. Si el mercado es la raíz expuesta, este lugar es la ejecución técnica de esa identidad. Fue interesante ver ingredientes del tianguis —chocolate, insectos, flores locales— analizados y presentados con la precisión de un diseño arquitectónico. Aquí, la cocina deja de ser solo sustento para convertirse en un discurso sobre el origen y la sofisticación de lo propio. Un postre de chocolate o una malteada en esta terraza no son solo antojos; son el resultado de siglos de domesticación de una semilla que alguna vez fue moneda. La técnica contemporánea aquí no intenta “mejorar” el sabor de la abuela, sino darle el escenario que se merece. Es el reconocimiento de que la gastronomía oaxaqueña tiene la misma complejidad que cualquier propuesta de vanguardia internacional, pero con una ventaja: ellos tienen la memoria del sabor.

Me voy de los valles centrales entendiendo que en Oaxaca el paladar es una extensión de la memoria política y social. Los chapulines que crujen en el plato no son una curiosidad exótica, sino el rastro de una soberanía alimentaria milenaria que no ha necesitado de laboratorios modernos para ser sostenible. Cada bocado de este viaje ha sido una lección: la comida aquí es el archivo donde se guarda la resistencia de un pueblo que decidió no olvidar quién es. Descifrar este destino a tragos y mordidas es comprender que la mesa oaxaqueña es el último gran pacto social que nos queda. Mientras el mundo corre hacia la homogeneidad, Oaxaca permanece sentada, masticando su historia con calma y compartiendo el mezcal como quien comparte un secreto de Estado. No es solo gastronomía; es la prueba de que una cultura que sabe alimentarse a sí misma es una cultura que nunca podrá ser conquistada del todo.