Sobre la calle de Tacuba, el Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas se erige como un testamento de piedra de una era que soñaba con la eternidad. Proyectado por el arquitecto italiano Silvio Contri, este edificio nació como el homónimo administrativo del Palacio de Bellas Artes; mientras uno se consagra a las musas, este se erguía como el motor del progreso técnico en un México que despertaba al siglo XX bajo la ambición porfirista. Sin embargo, a pesar de su propósito funcional, el Palacio de Contri compartía con el de Boari una misma vocación: la búsqueda de una belleza etérea, plasmada en la finura de su herrería y la elegancia de su cantera gris.
Al ingresar, eres recibido por una quietud absoluta: una mujer de mármol blanco, reclinada en un sueño imperturbable. Ella, con su abandono de piedra fría, parece recordarnos que este palacio ya no custodia mensajes postales, sino las artes de una nación. Al cruzar su umbral, el estruendo del Centro Histórico se apaga y el edificio abre sus puertas para revelar su belleza.
La primera escala de este viaje no ocurre en el plano de lo terrenal, sino en uno de naturaleza surreal. Al ingresar a las salas dedicadas a la exposición “Bajo el signo de Saturno”, el palacio se transforma; el orden neoclásico de sus pasillos cede ante una iluminación azulada, profunda, que evoca la introspección y el misticismo de las estrellas. En este
espacio, el tiempo no transcurre de forma lineal, sino que gravita. Bajo esta gravedad, el visitante se encuentra con los instrumentos de una ciencia que bordea la magia. La exhibición despliega un abanico de piezas que nos conducen directamente al misticismo, pero nada resulta tan sobrecogedor como encontrarse de frente con la que es, quizá, la obra más impresionante del conjunto: la escultura de una criatura cuya silueta evoca a los antiguos doctores de la peste negra. Esta imponente figura de casi 3 metros, envuelta en un aura de misterio y geometría, parece portar en su diseño brújulas de círculos concéntricos y grabados precisos; instrumentos que no sirven para medir el mundo físico, sino para navegar las profundidades del alma humana.
A su lado, los libros antiguos de alquimia muestran diagramas que son verdaderas cartografías de lo invisible. Es aquí donde la mano de Remedios Varo y otros visionarios cobra sentido: entre cartas de tarot que parecen respirar y símbolos de un esoterismo olvidado, comprendemos que el arte es, en su origen, un intento por descifrar el destino, la vida y la muerte. La melancolía saturnina, lejos de ser tristeza, se revela como esa tensión creativa que permite a los hombres transformar la lógica porfirista del edificio para rendirse, finalmente, ante el ocultismo y la intuición onírica.

Dejando atrás a Saturno, continuamos por los regios pasillos del MUNAL, entre salas de esculturas de mármol y vitrales; pronto nos encontramos con sus diversas pinturas. Es en este espacio donde nos encontramos con el “Suplicio de Cuauhtémoc”, que cualquier mexicano reconocerá de su libro de Historia de la editorial SEP, o “El Globo” de Ramón Cano Manilla, que podemos reconocer de inmediato del Libro de Español de Primer Grado. Encontrarse con ellos no es solo encontrarse con la historia artística de la nación, sino un reencuentro con aquellos pedazos de la historia propia. Se trata de una cotidianidad recuperada que te reconcilia con tu pasado, con el niño que alguna vez fuiste y que hoy, frente a la obra original, comprende por fin la escala real de la identidad que no sabíamos reconocer. El óleo ya no es una mancha de color en una página barata; es una textura viva, un rastro de pincel que nos confirma que lo que aprendimos de niños no eran solo mitos, sino una herencia tangible que respira bajo la luz de estos ventanales. Aquí, la historia deja de ser una cronología ajena para volverse biografía personal.
Sin embargo, no son solo las esculturas y pinturas las únicas obras de arte a apreciar. El edificio en sí mismo es una obra de arte que debe ser observado con el mismo detenimiento y detalle que las piezas que cuelgan de sus paredes. El diseño de Silvio Contri no fue fruto del azar ni de la mera funcionalidad burocrática; cada ángulo busca la simetría perfecta y cada material fue elegido bajo la promesa de la permanencia.
Esto lo podemos observar en el detalle de su herrería negra de las barandillas, que es un espectáculo aparte. Con sus formas vegetales y orgánicas que parecen cobrar vida propia bajo la luz natural que filtran los grandes ventanales, crea un juego de sombras chinescas que se proyecta con elegancia sobre los peldaños de mármol. Esta interacción entre el hierro forjado y la piedra blanca no es solo decorativa; es rítmica, una danza de contrastes entre la rigidez del metal y la pulcritud mineral.
Continuamos el recorrido en su escalera monumental, ese caracol de ingeniería y deseo que desafía la gravedad del edificio. Al subir por sus peldaños de mármol, el cansancio del camino se disuelve en la verticalidad del espacio. Cada giro del caracol ofrece una perspectiva nueva, un recordatorio de que este palacio fue construido para elevar el espíritu a través de la contemplación.
Para concluir este tránsito, el cuerpo pide elevar la frente de manera definitiva. Al terminar el ascenso por la escalera monumental, el esfuerzo físico se transforma en una recompensa visual que desafía cualquier descripción lógica. El final no está en los muros, sino arriba.
Al inclinar la cabeza hacia atrás, los frescos del techo estallan en una gloria de luces y figuras alegóricas que parecen desprenderse de la estructura misma. En ese cielo de estuco y color, el arte finalmente levita. Las escenas representadas en lo alto, bañadas por la luz cenital que desciende del vitral superior, ofrecen una visión de triunfo y eternidad.
Ya no hay dolor de conquista, ni melancolía de astro, ni el peso de la piedra; solo queda la mirada suspendida en lo más alto del palacio. Allí, donde la visión de Contri toca el cielo, comprendemos que el propósito de todo este laberinto era enseñarnos a mirar hacia arriba. Salir del MUNAL es volver al estruendo del presente, pero con la certeza de que, bajo ese cielo de cantera, el arte sigue flotando, imperturbable, recordándonos que nuestra propia naturaleza es, en última instancia, buscar la belleza.
