Categoría: Cultural

Por: ANA BELEN MUÑOZ MARIN / Fecha: marzo 19, 2026

Manejamos por la Texas profunda para cambiar el ruido por el horizonte, encontrando entre pueblos y carreteras esa paz que solo aparece cuando te sientas a la mesa con los tuyos.

El Oeste de Estados Unidos no es solo un mapa; es una escala de medida. Como historiador, sé que el suelo que pisamos está lleno de capas de historias que no siempre se cuentan a simple vista. Mi viaje empezó estableciendo nuestra base en Franklin. Llegar allí en familia, manejando desde Fort Worth y pasando por la soledad de Brady y la paz de San Saba, fue como ir pelando una cebolla: vas dejando atrás el ruido de la ciudad hasta que solo queda el horizonte.

En Texas, la inmensidad del territorio no es vacío, es un contenedor de tiempo. Hay una paz muy particular en conducir durante horas viendo cómo el cielo se traga la carretera; una quietud que te obliga a bajar las defensas y a prestar atención a los detalles que el asfalto esconde. En Franklin, con sus cabañas y sus lagos tranquilos, aprendí que para comprender la historia primero hay que saber habitar esa vastedad. Fue el lugar perfecto para observar el mundo con la lentitud que hoy ya casi no existe.

Nuestra primera visita fue a Calvert, donde el ejercicio fue de observación sobre cómo los pueblos se resisten al olvido. En el siglo XIX, este lugar era una potencia gracias al algodón y al paso del ferrocarril; hoy es un recordatorio de cómo el tiempo puede detenerse cuando las rutas comerciales cambian. Pero fue en una de sus tiendas de antigüedades donde encontramos un símbolo perfecto de mi oficio: el vidrio de uranio.

Estas piezas, fabricadas hace décadas, parecen objetos comunes a plena luz. Sin embargo, cuando les aplicas luz ultravioleta, estallan en un verde neón brillante. Como historiador, me pareció la metáfora ideal: el pasado suele parecer inerte para quien no sabe mirar, pero si aplicas la luz adecuada —la de la curiosidad—, ese pasado revela una energía que todavía vibra. Esa misma pulsación la sentimos al ver un ciclista amarillo pintado en una pared vieja o un piano abandonado en la acera que, con una frase de Van Morrison, nos invitaba a escuchar la “música de las esferas”.

Al llegar a Waco, el paisaje exige una lectura doble. Esta ciudad es un estudio sobre cómo la identidad de un lugar puede ser moldeada tanto por el esfuerzo silencioso como por el trauma histórico. El nombre del río, “Los Brazos de Dios”, tiene un origen envuelto en leyendas de supervivencia, pero su realidad histórica en el siglo XX es la del Proyecto Bracero (1942-1964). Tras el ataque a Pearl Harbor, el país se quedó sin manos para cosechar sus campos. Fue entonces cuando los “brazos” de miles de trabajadores mexicanos se convirtieron en el soporte vital del país, y Waco se transformó en un nodo crucial para ellos. El río adquiere aquí un sentido casi profético: es el testigo mudo de esos otros “brazos” que, bajo un sol abrasador, pusieron los cimientos de la modernidad tejana.

Sin embargo, es imposible transitar estas tierras sin enfrentar la sombra de 1993. A las afueras de la ciudad, en Mount Carmel, ocurrió uno de los episodios más traumáticos de la historia contemporánea: el asedio de los Davidianos. Aquel cerco de 51 días y el incendio final no son solo sucesos policiales; son el síntoma de una fractura profunda en la psique estadounidense sobre la libertad y el control gubernamental. Mientras el río representa la unión a través del trabajo, el recuerdo del asedio representa la soledad del individuo frente al Estado.

El contraste llegó a College Station. Pasar de la quietud de los campos a la inmensidad de la Universidad de Texas A&M es un choque necesario. Es una ciudad entera dedicada al conocimiento, con estadios que parecen catedrales. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue cómo, en medio de tanta modernidad, los estudiantes se aferran a ritos y códigos de honor muy estrictos. Esto me hizo reflexionar sobre nuestra naturaleza social y la dualidad de nuestra existencia: si en las cabañas de Franklin buscamos el ser, en el campus de College Station se celebra el hacer. En una sociedad que nos empuja constantemente a producir, estas comunidades nos recuerdan que la identidad debe preceder siempre a la acción.

Al final del camino, regresamos a Franklin para vivir mi primer Thanksgiving. Como historiador, uno debe separar el mito de los peregrinos de la cruda realidad política. Fue Abraham Lincoln, en 1863, quien la elevó a fiesta nacional en el punto más sangriento de la Guerra Civil. Con el país fracturado y las familias enfrentadas en el campo de batalla, Lincoln buscaba un mecanismo de cohesión nacional; quería obligar a un pueblo en guerra a sentarse a la mesa y encontrar un hilo común de humanidad por encima del ruido de los cañones. Esa lección de Lincoln cobra un sentido nuevo cuando la llevas a lo personal. Después de manejar por esas carreteras que parecen no tener fin y observar las cicatrices y los brillos de la historia tejana, el banquete familiar se convirtió en nuestro propio refugio. En un mundo saturado de grandes discursos y metas inalcanzables, esa tarde nos devolvió a lo fundamental; fue el momento de agradecer las cosas pequeñas: el calor de una charla que no tiene prisa, el sabor de la comida preparada con tiempo, la seguridad de estar juntos y la paz que solo se encuentra tras haber recorrido el camino.

Mientras el sol se ponía sobre el horizonte, comprendí que la historia no solo se escribe en los libros o se graba en los ríos; se vive en esa mesa compartida, donde el ruido del mundo finalmente se apaga y solo queda la gratitud. Regreso de este roadtrip con una certeza: el sentido de nuestra propia historia se encuentra en ese equilibrio perfecto entre la inmensidad del paisaje y la calidez de lo que nos espera al final del viaje.