Categoría: Local

Por: ANA BELEN MUÑOZ MARIN / Fecha: enero 8, 2026

Chihuahua también se cuenta en familia: entre anécdotas, risas y recuerdos que pasan de voz en voz, se guarda la historia más cercana y auténtica de nuestra tierra.

En Chihuahua, muchas de las historias que formaron este Estado no se escuchan en conferencias ni se leen en los libros; se cuentan alrededor de la mesa. Entre un plato de frijoles con queso, un café caliente o una tortilla de harina recién salida del comal, aparecen recuerdos que viajan de generación en generación. Son relatos que nacen del corazón y se transmiten en las anécdotas de mi abuelo o aparecen en una conversación con un amigo. Este es un recorrido por esas anécdotas que, más allá de los grandes sucesos, nos muestran el alma de Chihuahua: sencilla, fuerte y llena de vida.

Por ejemplo, recuerdo las anécdotas de mi abuelo, Manuel Heraclio Muñoz Larrea, a quien todos en el barrio Santo Niño apodaban “El Caco”. No aparece en los libros de historia, pero sí en las memorias de este barrio; él era un hombre de voz fuerte, risa contagiosa y corazón grande. De niño aprendió a ganarse la vida entre taller mecánico, recogiendo leña y repartiendo periódico; de grande fue parte del Club Santo Niño; recuerdo más de una vez los eventos que organizaba cada día de Reyes, pero su memoria también se encuentra grabada en las historias que contaba con tanto ingenio, que hasta las caídas de un puente parecían motivo de carcajadas. Fue beisbolista, mecánico y, sobre todo, un hombre que convirtió lo cotidiano en algo extraordinario. Su vida y anécdotas me recuerdan que la verdadera riqueza de un lugar está en la gente que lo habita y en las memorias que deja tras de sí. Sus anécdotas de cómo desde joven forjó su carácter, cómo la orfandad de una madre y el apoyo de su padre ferrocarrilero le dieron las herramientas para forjar su nombre en el barrio.

Así mismo, de esas sobremesas familiares también recuerdo lo que me contaba mi abuela. Recuerdo un sábado en su casa; mientras comíamos sándwiches de salchichón, me habló de una niña que llegó a su familia tras una tragedia. Todo ocurrió en tiempos de Pancho Villa: después de un intento fallido de asesinato en un tren a manos de una mujer en alguna estación de Jiménez, Villa ordenó acabar con todas las mujeres presentes. De aquella terrible jornada quedaron huérfanos y huérfanas, y una de ellas fue adoptada por la familia de mi abuela. La niña, marcada por aquel horror, cada vez que escuchaba el silbido del tren corría a esconderse debajo de la cama. Nunca pudo superar ese miedo, y su vida terminó muy joven, víctima de la disentería y del terror. Esa historia, contada en voz baja, me enseñó que el eco de la Revolución no solo está en los libros, sino en las heridas silenciosas de las familias.

No todas las memorias que guardo tienen ese tinte de tragedia; algunas las escuché de amigos que a su vez las escucharon de sus abuelos y ocurrieron en San Francisco del Oro. Era el 2 de febrero de 1969 cuando una noche tranquila se convirtió en un recuerdo memorable. El cielo se iluminó con un destello enorme, seguido de un estruendo que hizo temblar el suelo. Los vecinos pensaron que había ocurrido un accidente en la mina del pueblo, y corrieron. Al llegar, lo que encontraron fueron a los mineros sorprendidos; no sabían qué pasaba. Días después se supo que no había sido un accidente, sino la caída del famoso Aerolito Allende, uno de los meteoritos más estudiados del mundo. En aquel momento nadie imaginaba que presenciaban un suceso histórico: para ellos fue simplemente una noche que unió a todo un pueblo en el asombro.

Al ser una persona de pocos amigos, no todas las historias que conozco son historias de personas cercanas, sino aquellas que descubrí en libros y testimonios de otros chihuahuenses. Pero conozco leyendas que se dicen, se desprenden de anécdotas, que con el paso del tiempo tenemos la incertidumbre de su veracidad. Tal es el caso de la historia de La Pascualita, símbolo del misterio en Chihuahua, donde cuentan que en 1930 la joven Pascualita Esparza Perales de Pérez, hija de la dueña de la tienda La Popular, falleció trágicamente en su día de bodas debido a la picadura de un alacrán o araña —no se cuenta con el dato exacto—; es entonces que la madre, consumida por el dolor, tomó la decisión de embalsamarla y exhibirla como un maniquí en la vitrina de la tienda. Quien la llegó a ver, podía relatar que las manos del maniquí parecían demasiado realistas, y algunos afirmaban haberla visto moverse durante la noche. La leyenda de La Pascualita ha perdurado por generaciones, atrayendo a curiosos y amantes de lo macabro. Hoy en día, La Pascualita sigue siendo un ícono de la ciudad, y su historia continúa siendo contada en reuniones familiares y encuentros entre amigos. ¿Será verdad o mentira? Pero esta leyenda, que asegura ser anécdota, siempre puede ser escuchada al calor de una buena comida o de una hoguera.

Al final, todas estas memorias —las de mi abuelo “El Caco”, la niña marcada por el tren de Villa, el destello del aerolito en San Francisco del Oro o aquellas de las que se desconoce su veracidad— forman un mismo tapiz. Son retazos de vida que, contados alrededor de la mesa, se convierten en patrimonio. Y es que Chihuahua no solo se construyó con minas, ferrocarriles o revoluciones, sino con las memorias que fueron dejando huella en el corazón de sus familias y en la memoria de su tierra.