Categoría: Local

Por: ANA BELEN MUÑOZ MARIN / Fecha: enero 8, 2026

Desde cañones y dunas hasta cuevas y ríos escondidos, cada rincón de Chihuahua invita a descubrir paisajes que parecen no tener fin.

Vivir en Chihuahua es crecer con un horizonte que se despliega sin fin. Es aprender desde chico que la tierra puede ser alta y llana, árida y helada, silenciosa y rugiente al mismo tiempo. Quienes hemos nacido aquí, damos por hecho lo que es vivir en un estado tan grande y diverso, pues en esta amplia extensión en la que se desenvuelve, podemos encontrar desde ríos que fluyen entre cañones y separan fronteras, dunas que cambian con el viento y grutas que guardan secretos en la profundidad de su oscuridad. A veces olvidamos que solo necesitamos salir a caminar y mirar nuestro alrededor para recordar que Chihuahua es mucho más que un estado seco e infértil: es un territorio infinito en una tierra que parece nunca acabar.

Cuando pensamos en un paisaje natural en el estado, la Sierra Tarahumara es la primera imagen en aparecer en nuestras mentes, con su naturaleza desplegándose con una apabullante magnitud, tan solo hay que pensar en las Barrancas del Cobre que se abren en abismos que atrae tu mirada sin vacilar, donde la sensación de pequeñez te hace recordar el poder de la naturaleza.Como si sus abismos infinitos no fueran suficientes, en sus cañones podrás encontrar sinuosos y rugientes ríos, que desencadenan en una fuerza descomunal en su cascadas de Basaseachi, a una altura de 246 metros, o en la cascada de Cusárare, donde de visitarlo en la temporada otoñal te encontrarás con una postal de bosques teñidos de atardecer. Aun en las alturas de la Sierra Tarahumara, encontrarás formaciones naturales como los valles de los Monjes, de las Ranas y de los Hongos, que parecen esculturas hechas a mano, y que con su figura humanoide te pueden hacer creer que son guardianes de otro tiempo que han atestiguado el cambio de las estaciones y el tiempo. Y si bien parece que la sierra es apabullante y salvaje con sus abismos y cascadas, cuenta con rincones que te permiten conectar con paz a la naturaleza, para bañarte en su belleza y tomar un descanso de la vida de la ciudad; puedes visitar el Lago de Arareco que con su quietud refleja la calma que contrasta con la fuerza de la sierra.

Pero Chihuahua no se agota en sus alturas; bajo nuestros pies laten sus secretos más antiguos, que se han fraguado con paciencia milenaria. Si decides descender a aquellos secretos, te puedes topar con las grutas de Coyame y las cuevas de Nombre de Dios que, en una oscuridad apenas iluminada por la mano humana, te muestran un mundo donde el tiempo se detiene y la piedra se convierte en catedral. Caminar por sus estrechos pasillos es tocar la piedra y cantera que han formado nuestro territorio, es poder contemplar la paciencia infinita con la que la naturaleza ha esculpido. Vale también la pena hablar de un sitio que parece salido de la ciencia ficción, donde grandes cristales rodean tu vista por completo, y que, si bien hoy en día no es accesible al público, basta con buscar imágenes de la Cueva de Cristales de Naica para entender el poder de la tierra que se crea bajo nuestros pies.

Y si hablamos de contrastes, la sierra es verticalidad y fuerza; el desierto es inmensidad y silencio. Las dunas de Samalayuca te dirán que pronto llegarás a Ciudad Juárez, y las verás extenderse como olas blancas, cambiando cada día con el viento. Si te atreves a caminar entre ellas al atardecer, podrás observar cómo el sol pinta la arena de naranjas y violetas que solo el tintero de la naturaleza puede crear. Muy cerca de las dunas, podrás encontrar la Reserva de la Biósfera de Janos, que en sus amplias llanuras, podemos encontrar el inicio de la historia ganadera y agrícola de nuestro estado, pero que además, si pones suficiente atención y esperas con paciencia, te podrás encontrar con su singular fauna. Ahí podrás observar desde el más pequeño de los perritos de la pradera hasta toparte con un imponente bisonte, y así podrás encontrar muchas más especies únicas y endémicas de la región, donde en esta reserva encuentran su resguardo y protección de la cacería furtiva. Y aprovechando aún el amarillo de las amplias praderas, podremos también encontrar las llanuras del Bolsón de Mapimí, que con su amplio horizonte podrás perderte en un paisaje que parece interminable, donde el espacio se vuelve relativo y la curiosidad se despierta en cada paso.

Pero si no deseas alejarte tanto de la capital, a menos de una hora, podrás toparte con el Parque Nacional Cumbres de Majalca que te ofrece senderos entre pinos y encinos, rocas que parecen murallas y la posibilidad de perderse en la naturaleza para encontrarse con uno mismo. Y así como hay grandes extensiones de tierra y piedra en el enorme paisaje de Chihuahua, también podemos encontrar espacios donde el agua ha podido encontrar su reposo y movimiento. Por ejemplo, el río Conchos, que cruza la tierra como una cruz en el mapa; no debe sorprendernos que su capital colinde con una parte de la extensión de este río, siendo parte crucial en el asentamiento y desarrollo de muchas de nuestras ciudades más importantes, y que, si bien cualquier paisano de la capital puede alegar que la mayor parte del tiempo se encuentra seco, también sabemos reconocer su fuerza en la temporada de lluvias, donde el rugir del agua en su caudal puede estremecer a cualquiera.

Estas zonas repletas de tanta y diversa vegetación y vida silvestre nos recuerdan que Chihuahua no solo se ve: se escucha, se huele y se respira. En cada barranca, llanura, desierto y cada cueva podemos recordar que la verdadera grandeza del estado no está en verlo desde lejos, sino en recorrerlo paso a paso, con los sentidos abiertos. La invitación está hecha: sal a perderte —en sentido figurado— en sus bosques, a caminar por dunas que parecen infinitas, a adentrarte en grutas milenarias o sentarte frente a un lago y deja que el horizonte se abra ante ti. Porque Chihuahua siempre tiene algo nuevo que mostrar, y la tierra que creemos conocer tiene secretos que esperan ser descubiertos.