El constructivismo como tendencia de pensamiento es todo un cuerpo teórico, al grado de esgrimirse como “giro constructivista”, articulando y desplegando una serie de tentativas y aspiraciones teóricas de gran alcance. El postulado básico del constructivismo nos dicta que todo conocimiento es una construcción social. Partiendo de ahí, se pueden derivar múltiples y ricas consecuencias, tanto epistemológicas como ontológicas. Dichas construcciones, que operan a nivel de los interlocutores sociales, se constituyen a partir del lenguaje; de ahí podemos inferir que el giro lingüístico deviene en giro constructivista.
Mario Bunge asienta su crítica sobre el constructivismo llanamente, asumiendo y generalizando que es una especie de idealismo, y una vez clasificado como tal, lo ataca como se atacaría cualquier vulgar idealismo, tachándolo de especulativo, de elucubrador, y sobre todo de ser falaz y olvidado de la materialidad, por lo tanto, de lo real. Bunge nos dice que la falacia en que incurre el constructivismo, y por ende todo idealismo, es la de asumir tácitamente que toda palabra o enunciación tiene una correspondencia exacta con la cosa o lo nombrado, lo cual no siempre ocurre. Sin embargo, si partimos de las funciones del lenguaje, enarboladas por el giro lingüista y sus apologistas, la función de la performatividad, en la cual el nombre crea realidad, y consecuentemente la sustancia de lo real parte del lenguaje. He ahí el poder del lenguaje, que al nombrar no solo nos remite a una colección de significados y evocaciones, referentes a una cosa (sustantiva), sino que constituye la cosa misma, la cual no tendría realidad al no ser nombrada; existe al nombrarse y significar: es.
El holismo parece sufrir los mismos ataques críticos de Bunge, y decantándose por el método social del sistematismo, el cual es una especie de síntesis entre el individualismo y el holismo, pero que al final parece no definirse adecuadamente para afrontar su objeto de estudio, el cual es difícil de mediar entre esos dos polos tan opuestos. Aun así, su aproximación al objeto social que deja de lado el holismo se presenta como una vía única y que desacredita las otras formas de estudio. El objeto social, por su misma naturaleza compleja y múltiple, es más fácil de aprehender desde el paradigma holista, el cual, por definición, es una entidad que supera y redefine a sus componentes individuales; es decir, la suma de todas las partes crea una entidad que, al mismo tiempo que las constituye, es otra cosa, un objeto colectivo que supera al individuo. Empero, es necesario enfatizar que esta postura puede resultar en graves atropellos a las libertades individuales; por ende, es necesario mantener cierta circunspección, aun indulgencia.
Desacreditar el constructivismo categorizándolo como un idealismo y atacándolo críticamente con tal es una salida fácil y poco certera. En primer lugar, quizá ni siquiera es posible afirmar que el constructivismo sea un idealismo, ya que sus supuestos parten de una construcción social, y esta parte de un tinglado de relaciones sociales, cuya base es material. Al final de cuentas, las relaciones de producción se reproducen dentro del seno social y están configuradas como relaciones de materialidad, atenazadas muchas veces por la necesidad inherente del juego social. No hay nada más material en esto, a pesar de que se pueda argüir que el lenguaje que constituye el constructo social sea inmaterial; sin embargo, su base es totalmente material, pudiéndose inferir que el lenguaje del constructivismo es una emanación de la materialidad social circundante. En segundo lugar, Bunge soslaya estas relaciones, convirtiendo sus juicios en lo que parecieran prejuicios, expresándolo también en su teoría sobre el materialismo histórico, al cual también es idealista para él.
La globalidad es un ejemplo de constructo social. Articulada como relato de la modernidad, esta novela es construida por actores y autores trenzados en férreas necesidades materiales. Los participantes hacen esta novela, anclada en la modernidad, cuya trama central es el capitalismo, y proyectan un horizonte. Esta globalidad es construida por el lenguaje, y reproducida también por el mismo, el cual es creador de realidad, configura las cosas y les da sentido, en una suerte de materialismo simbólico. Y al final, quizá solo nos queda decir que el buen Mario Bunge, personaje de esta gran novela de la modernidad, no es más que un constructo social que sueña no serlo.
