La exégesis que hace Yanis Varoufakis del tecnofeudalismo nos devela que las grandes élites, los oligarcas tradicionalmente combatidos por el marxismo, han mutado. ¿Y cómo ha sido este cambio fundamental? Pues bien, el capitalismo industrial tradicional se ha sublimado. El capital ha subido a la nube, y ha cambiado su dinámica de poder y de dominación. Según el economista griego Varoufakis, el marxismo se queda corto con su órgano de interpretación y praxis: el materialismo dialéctico. El capital, al sublimarse en territorio feudal virtual, escapa de la dialéctica de la historia y hasta de la lucha de clases. ¿Pero qué es exactamente eso de territorio feudal virtual, o mejor dicho, el tecnofeudalismo? Es la sublimación del capital en feudos virtuales, tales como ocurren en Amazon, Mercado Libre y todas las plataformas de emisión en directo. Hay un feudo, un territorio, en la nube, y hay un amo, por ejemplo, en el caso de Amazon, Jeff Bezos, que cobra renta por cualquier servicio, un señor feudal, que requiere tributo o renta. De capitalistas se han convertido en rentistas. Y la acumulación de riqueza derivada de este fenómeno es exponencial, comparada con el capitalismo tradicional, porque no requieres producir, simplemente ser, ser señor, como lo hacían los señores feudales en el medioevo.
Esta territorialización y consolidación feudal convierte en siervos a todos los que no sean tecnofeudales, de una manera tan sutil, que ni siquiera te das cuenta. Solo que no te dicen siervo, te dicen usuario. Estas nuevas relaciones de producción ocasionadas por el nuevo modo de producción son más opresivas que las anteriores. El repartidor de Diddi o el chofer de Uber realmente quedan esclavizados por una aplicación, y una gran parte del trabajo enajenado va a parar con el señor tecnofeudal. Lo mismo ocurre con los tributos o suscripciones que pagamos en Spotify o Netflix.
Para el marxismo es difícil combatir contra un modo de producción del que ni siquiera estás seguro si te explota o no, y que además, el amo siempre oculta su rostro, el titiritero nunca sale a escena; es más, apenas si se ven los hilos.
Mucho más ágiles que los marxistas, los ideólogos del nuevo modo de producción, lubricados por la liquidez inherente de la novedad del nuevo sistema de acumulación, construyeron todo un aparato bien edificado, que justifica e incluso hace deseable el nuevo modelo. Fue en Silicon Valley donde se les ocurrió que el rumbo que había tomado la humanidad a partir de la Ilustración era la senda equivocada, y fue el filósofo británico Nick Land quien lo asentó filosóficamente, consolidando así la nueva ideología. El texto es The Dark Enlightenment: La Ilustración oscura. Oxímoron que, antes de pensarse, parecería imposible, pero que define perfectamente lo que se propone la nueva ideología: derrocar el orden establecido por la Revolución de 1789.
Ilustración oscura. Oscura porque implica una reivindicación del ancien régime, derrocar y disolver todos los valores de la Revolución francesa, tales como fraternidad e igualdad; y lo más peligroso de todo, la democracia. Es la creación de una nueva oligarquía basada en todo lo que se creía superado: diferencias de clases y raza, la construcción de una monarquía tecnológica que ostente el poder sin límites, Elon Musk, por ejemplo. El argumento es que las repúblicas, basadas en la democracia, son inestables y tienden a la corrupción y al saqueo, debido a la rotación de grupos de poder —hay que llenarse los bolsillos, porque ya nos vamos—.
Ya se ven claros indicios a nivel mundial de estas ideologías, y sobre todo en el arribo de las derechas y ultraderechas al poder político en varios lugares. El resurgimiento del fascismo, que también le han llamado tecnofascismo, es un claro signo de los tiempos, del nuevo modo de producción tecnofeudal. Ante esta barbarie, y la orfandad del ciudadano de a pie, solo nos queda decir: que Dios —y quizá también Marx— nos agarren confesados.
