Categoría: Filosofía

Por: ALEJANDRO VILLANUEVA / Fecha: febrero 23, 2026

El olvidado filósofo que nos invita a repensar nuestra manera de dudar.

La lectura de George Santayana nos invita a una profunda reflexión sobre los cimientos en que está basado nuestro conocimiento personal del mundo; más aún, los cimientos de la misma civilización que habitamos. Dicho pasmo intranquilizador, quizá sea el mismo pasmo que sentimos al darnos cuenta de que la intranquilidad siempre estuvo ahí; solo rehuíamos observarla.

Santayana, filósofo de origen español, realizó toda su formación y carrera académica en Estados Unidos; toda su obra está escrita en inglés, usando ese abandono de la lengua materna como una purificación epistemológica, un extrañamiento de los signos, que irradia a través de su obra. Abandonarse para encontrarse; el mundo de las esencias no está fuera del sujeto, como lo proponía Platón, sino dentro, creaciones últimas del espíritu humano.

El escepticismo radical de Santayana, muy similar al de la antigua sabiduría vedanta, tiene también un atisbo de la filosofía de Schopenhauer, y añadiría también de nuestro Pedro Calderón de la Barca, por La vida es sueño. Dicho escepticismo parte de que el yo cognoscente solo puede conocer cuando cree que conoce. La epistemología es una creencia, una fe animal, propicia para la supervivencia, pero no por ello menos verdadera, porque la verdad ocurre solo ahí, en el discurso creado por nuestra psique, por nuestro logos; ahí es veraz: sólido credo animal.

Santayana no deja títere con cabeza; en esta masacre epistemológica, ningún dogma cabe. Niega hasta la mismísima realidad ondulante y cambiante, negando todo, negando aun el concepto de cambio. Sostiene eso sí, el uso de algunos dogmas, pero solo con la finalidad de refutar otros dogmas, como si se tratase de un molino cognoscente sin fin. Finalmente, somos animales que requieren creer para sobrevivir, pero no quiere decir que seamos epistemológicamente veraces; únicamente llegamos a un equilibrio con nuestro entorno, llamamos a algunas cosas útiles, nos abrazamos a ellas con fe animal y las llamamos verdades. Las cuales nada tienen que ver con la ontología.

Conocer es tener fe en que se conoce, esto es, fe animal. Biológicamente diseñados para creer con certeza e imponernos, creamos verdades que más o menos tengan que ver con nuestras intuiciones, solo para sobrevivir y que no sean meros disparates de la imaginación. En este sentido, tanto la mitología como la literatura y las ciencias son creaciones basadas en signos, y estas en esencias, provenientes de la intuición. La diferencia es solo que unas son más exactas que otras; su sentido es diferente, pero aún la exactitud es una ilusión. La base epistemológica de las ciencias exactas parte de la premisa de que son repetibles los hechos, y experimentales, pero dichas repeticiones ocurren solo en el fuero de nuestra memoria; es decir, conocemos a posteriori; la intuición, madre de todo, ocurre en un presente continuo, sin memoria, sin pasado ni futuro. Podemos irnos con la finta de que la intuición es un absoluto; sin embargo, únicamente se trata de una convención biológica de nuestra especie, un entramado de mecanismos mentales que perciben, sin certidumbre total alguna.

Parte de esta dicotomía fundamental, que da título a uno de sus libros: Escepticismo y fe animal. La fe animal como precursora de cualquier creencia, incluida la del conocimiento. Por extensión, cualquier dogma. El escepticismo lo concibe como una fuerza, también de la naturaleza, pero expresada a través del espíritu. Dudar y cuestionar es parte inherente de nuestra naturaleza y, finalmente, motor fundamental del pensamiento. Aunque muchas veces no nos conviene dudar tanto para poder vivir, convirtiéndose en una cuestión de grado. Para los filósofos es fundamental el escepticismo. Por el contrario, en esta lucha dialéctica, la fe animal reporta más beneficios a la especie, es decir, coadyuva a la adecuación de nuestro yo —ficción vital— y nuestro entorno —ficción mundana. La fe animal parte de las intuiciones y percepciones, único baluarte de la filosofía de Santayana que nos orienta en este mar de engaños que es el mundo mismo. Sin embargo, la intuición es poca cosa, solo es el efecto inmediato de la realidad objetiva, intermediada por nuestros sentidos —convención biológica que tienen todos los miembros de la especie—, presencial y abismada en el presente.

Dicha intuición, percibida en el presente, no hay más; nuestra psique la convierte en signo y el signo es esencia. El espíritu está habitado por esencias, así como lo habita el lenguaje mismo. Dichas esencias son fundamentadas por la fe animal, insufladas de vida; son emociones que llegan más tarde a ser sentimientos y, si avanzamos más, estados de ánimo. Estas constelaciones del mundo de las ideas platónicas ocurren dentro de nuestra psique, único receptáculo de ellas. El exterior objetivo, lo que entendemos por entorno o mundo, está separado, mas no ajeno, de las esencias. Las esencias tienen que ver con la res extensa porque, partiendo de las intuiciones, no son partes constitutivas de la naturaleza; solo están en nuestra psique.

La posmodernidad, ahíta de relativismo, fácilmente se puede alimentar del peculiar esencialismo de Santayana. Un esencialismo que nos dice que las esencias solo están en nuestro pensamiento y, a diferencia de Platón, no existen en la realidad. Aunque Santayana promueve un realismo muy crítico, deja abierta la posibilidad de creación esencialista, creación lingüística y artística al final, tan usada por los posmodernos. Empero, Santayana mantiene en equilibrio estos excesos de libertad y equivocidad, manteniendo firme su base realista, es decir, la intuición. Es decir, podemos concebir todo tipo de esencias, y que estas existan solo en nuestro fuero imaginativo y mental, pero siempre y cuando tengan una relación con nuestra intuición de la realidad, por tanto, con lo que los sentidos nos dicten del mundo. En este ámbito donde incluso el Dios esencial de los escolásticos, o el Dios spinozista, entidades pletóricas de sentido y esencialidad, pueden cobrar nuevos bríos, quizá despreocupados de existir, un juego bastante pobre ya, puedan ser y habitar a los hombres en el mundo de las ideas, en el juego más entretenido aún del pensamiento y del lenguaje.