Categoría: Cultural

Por: ALEJANDRO VILLANUEVA / Fecha: marzo 5, 2026

Una reflexión sobre el asalto de la IA a nuestra vida cotidiana.

¿Es aún posible la disidencia en el mundo de la IA?

Desde la irrupción del internet en nuestras vidas, el fenómeno social se ve trastocado.  Ya no es el individuo fuente primordial de la formación de la persona, sino que el colectivo moldea y crea a la persona. Esto es tan sutil que parece que no sucede. Si nos remontamos a la antigua Grecia, la civilización helenista partía, desde luego, para la formación del individuo, de la polis; es decir, el mismo roce social, colectivo, formaba al individuo, al punto de consolidarlo como persona. Se dirá: ¿Es acaso ese mismo fenómeno que actúa desde la polis hacia el individuo, lo mismo que las redes sociales, o la inmediatez y acceso inmediato de la información en la web, que también actúan sobre el individuo? La respuesta puede parecer simplemente una cuestión de grado, esto es, no hay grandes diferencias en una y otra interacción, solo la varía cuantitativamente y en grado. Pero esto, si nos sujetamos a los hechos, no sucede así. No es solo una afectación cuantitativa y gradual, sino enteramente cualitativa, y añadiría, ontológica.  Si ya con solo estos factores la formación de la personalidad se ve afectada, ya que los motivos que anteriormente eran dados por el entorno social, ahora son dados por algoritmos y pantallas, que muchas veces responden a intereses ocultos, es decir, se ve la marioneta, pero no el titiritero.

La virtualidad del mundo web no es una suplantación del mundo real, cuando en su origen fue concebida como una herramienta o un complemento. La herramienta para mejorar nuestras vidas se ha convertido en un orbe cerrado, lleno de ansiedad y manipulación. Ahora bien, dejando claro que en nuestras disquisiciones estamos solamente refiriéndonos a las redes sociales y al acceso oportuno de la información que nos da internet, no estamos tomando en cuenta el fenómeno de la IA, la cual viene a complicarlo todo; irónicamente, se nos vende la IA como la panacea, el remedio total y absoluto. Esta complicación es una entronización del algoritmo y las pantallas, pero así, parece ser, sin vuelta atrás.

Ya la situación previa al arribo de la IA era singularmente tenebrosa y caótica, debido al modo en que la vida cotidiana estaba infestada por la telaraña vertiginosa del mundo digital: hiperinformación, a veces fidedigna, a veces una estafa. Con el acontecimiento histórico conocido como “pandemia”, fuimos espectadores de la influencia de los mass media y las redes sociales concomitantes. Un hecho, siendo verídico aún, puede sobredimensionarse a escalas abrumadoras, distorsionando el sano juicio y la recta razón, las cuales parecen estar en franca extinción.

La polis griega era realmente una escuela. La convivencia, el roce humano, los debates cotidianos, el comercio y el ejercicio de la política formaban la personalidad de cada uno de los individuos, entes concretos en contacto directo con entes también concretos; no había ningún tipo de virtualidad, ni sobredimensión —hybris— tan común en la web. El individuo se cultivaba en este ambiente hasta formar su personalidad, una persona que era responsable por sí misma, así como de su entorno social y hasta ecológico.  La paideia, que es la educación, se encargaba de formar hombres de bien y provecho, varones leales, bondadosos e industriosos.

La IA nos sumerge en un mundo más terrorífico que las peores distopías imaginables, tanto orwellianas como huxlianas o bradburianas. Una distopía tal que nos impide ver realmente el terror, solo lo esconde tras bambalinas, lo mistifica, al grado de que parece mostrarnos un mundo mejor. Como si de una imposición ideológica se tratase, el asalto de la IA a nuestras vidas nos presta ojos para ver, oídos para oír y cerebro para pensar; sin embargo, no nos da comida para comer.

Ahora bien, siguiendo nuestra pregunta inicial, ¿es posible la disidencia en el mundo de la IA? La respuesta va tendiente al desaliento. Si extrapolamos el desempeño de la IA a los próximos años, el escenario va a ser un mundo habitado por individuos sin sentido crítico; quizá ya ni siquiera alcancen el estatus de personas, seres simples y concretos, con un razonamiento unidimensional, tal como lo describe Herbert Marcuse en su libro “El hombre unidimensional”. El pensamiento crítico quedará aislado quizá en islas intelectuales de libertad, bolsones de pensamiento en medio de un mar de IA. La manipulación en este contexto futuro será muy sencilla, las ideologías serán impuestas fácilmente, la gente ni siquiera sabrá que está siendo engañada, envuelta en esta mistificación mundial; el hombre, o lo que quede de él, será una rara avis quizá digna de estudios antropológicos, si es que quedan humanos interesados en estudiar antropología, o mejor aún, la IA hará compendios antropológicos, perfectos, matemáticos e inútiles.

La IA se está convirtiendo en nuestro nuevo dios tribal. Tiene la mayoría de las características teológicas que caracterizan a una deidad monoteísta. Es omnipresente; su presencia a través de internet lo provoca y fomenta.  Es omnipotente, es todopoderosa, en potencia y en acto, porque es capaz de concebir y resolver grandes problemas matemáticos y de producción industrial, entre otras cosas. No se puede ni ver ni tocar, es monoteísta; aunque hay varias IA, todas operan bajo la misma lógica, que es la lógica del lenguaje de programación. Tienes que rendirle tributo, ya sea pagando suscripciones prémium o pagándole con tu información personal; al final de cuentas, la información es dinero también. Y finalmente, y lo más escalofriante, lo sabe todo, tiene todas las respuestas, ve y crea el futuro y, lo más peligroso, reinventa el pasado. La IA responde a nuestros llamados, dudas y oraciones de manera instantánea, espontánea, a través de nuestros celulares, pequeños e incómodos ángeles de luz.  Los dioses anteriores ante esta concreción, seguramente, se quedarían perplejos.

La única esperanza, si es que la hay, ante este dios tribal abisal, es el ateísmo total del sistema. El ateísmo como vuelta metafísica hacia el acontecer humano, la negación de los algoritmos y las pantallas luminosas, el someterlas y convertirlas en lo que realmente son, herramientas y medios para el acontecer humano y personal, no ninguna fuente de idolatría y manipulación. Con esta verdadera utopía, de una nueva metafísica sin dios tribal, de ateísmo del sistema, de libertad y de verdadera personalidad, quizá sea posible vislumbrar un futuro promisorio, mejor.