Categoría: Filosofía

Por: ALEJANDRO VILLANUEVA / Fecha: mayo 18, 2026

Reseña de la obra de Martin Heidegger.

Los estudios de Heidegger sobre metafísica son ambivalentes, por lo tanto, enriquecedores. Por una parte, configura un ataque teórico directo sobre toda la tradición occidental metafísica que data de más de dos mil años, arguyendo que la metafísica que se había considerado estaba enfocada en el ente, es decir, en lo óntico, total o parcialmente alejada del misterio del ser. ¿Y cómo es esto? Las concepciones metafísicas, partiendo desde Parménides, pero totalmente consolidadas en Platón, además de considerar al ente como algo dado y constante, el tiempo era para ellos algo infinito, lo que les daba un horizonte de permanencia a través del cual vislumbraban al ser. Dicha concepción uniforme e infinita del tiempo pasará por las Ideas platónicas, por la sustancia aristotélica, a través del Dios cristiano medieval de Aquino, más adelante en el cogito cartesiano y el sujeto cognoscente de Kant y Hegel. Para Heidegger, este horizonte temporal desde el cual se concebía al ente lo enturbiaba y cosificaba, dando lugar a toda la historia de la metafísica. Lo que hace Heidegger es reivindicar la pregunta por el ser, revivir todo su misterio y su búsqueda implacable, partiendo de un horizonte temporal finito, es decir: el ser para la muerte.

Por otro lado, toma el concepto de metafísica y lo supera, pero siempre partiendo del mismo. Utiliza a la “nada” como un fundamento de la metafísica. La nada es el sustrato básico del ser, de donde parte y surge. En el sujeto, se estaciona a partir del temple de ánimo de la angustia, que es una asimilación de la nada. Este punto inicial le da cabida al Dasein, término crucial heideggeriano, que literalmente dice “ser-ahí”: una parte ontológica y otra temporal, unidas indisolublemente. Los existentes están anclados en la nada y el Ser —el verdadero, el misterioso, el dador de sentido, el olvidado por la tradición metafísica, el denominado por Heidegger como ontológico—, circula entre ellos, aparece y desaparece intermitentemente, apareciendo siempre que nos cuestionamos— al final de cuentas cuestionarnos es una nihilización, un recorte de la nada sobre el ser, ahí la participación de la nada en todos nuestros procesos contemplativos y cognoscentes—; el Ser nos interpela, un llamado vocacional a ser auténticos, a ser lo tenemos que ser, en el horizonte finito que termina con la muerte.

La nada es necesaria para alcanzar los altos vuelos del Ser, la que nos hace preguntarnos desde nuestro interior, con temple de ánimo angustioso, parafraseando a Heidegger: ¿Por qué el ente y no más bien la nada? La respuesta a esta pregunta es una serie de complicaciones mayúsculas, pero al mismo tiempo dan sentido a nuestra existencia. El Dasein acude a la interpelación del Ser que surge desde la nada; el Dasein es autenticidad y cuidado. Ese es el abismo fundamental de significado del ser, ser auténtico y la cura o sorge —entendida como cuidado de nosotros mismos y de nuestro entorno—. También escribe sobre el olvido del ser, en referencia al olvido metafísico del misterio del ser, cuyas consecuencias son visibles en nuestra modernidad, la errancia: la reificación de todo lo real, una totalización de lo óntico.

Así mismo, hace una meditación profunda de la técnica, muy a su estilo; su lenguaje es rico y oscuro, abrumador de tan claro en ocasiones. Parafraseándolo —algo complicado per se—, la técnica, por consecuencia la tecnología, es desocultamiento, puesta en escena de lo que está oculto o resguardado; por ende, ese desocultar es liberador y verídico; la verdad se descubre y es libre. Así mismo nos cita versos de Hölderlin, los cuales nos indican que, al crecer el peligro, del mismo modo, crece lo que salva, además del famoso verso holderliniano: poéticamente habita el hombre. Infiere Heidegger, entonces, que la técnica esencialmente es peligrosa, un peligro ontológico habría que agregar, y que la salvación, la redención, se posibilita gracias a ese peligro de la técnica, la cual es, reiteramos, libre, verídica y sobre todo que descubre lo oculto. Esta visión heideggeriana de la técnica nos interpela a un abordaje más bien optimista, a pesar de involucrar el peligro, y consecuentemente a imaginar una utopía tecnológica, en la cual el hombre pueda redimirse.