Aparece en Descartes, a lo largo de su obra, en especial en sus meditaciones, una gran propuesta de racionalidad. En la historia de la filosofía se le considera el padre de la modernidad, la apertura al mundo de la racionalidad y, por ende, de la ciencia. Sin embargo, poco se habla del hecho de que su obra afectó de manera positiva a la cultura francesa, y sobre todo a su lengua, convirtiéndola en una de las culturas más racionales que han existido. No es de sorprenderse que en Francia se dieran grandes avances políticos y científicos, a raíz de las grandes aportaciones cartesianas, significando un parteaguas en la vida social de Francia.
La primera meditación parte de la distinción fundamental entre alma y cuerpo. En principio, se cuestiona Descartes por la realidad de todo, incluso de sí mismo. La denominada duda cartesiana no es más que el abordaje de toda la realidad (o lo ilusorio) desde una perspectiva escéptica, pero no por dudar de todo significa que no creerá en nada; al contrario, su método es enriquecedor y tiene por objetivo encontrar una verdad incuestionable, a la luz de la evidencia y la recta razón. La aproximación que realiza, auspiciado por la razón, es la de dudar de los sentidos y de todo lo que ellos nos representan. Partiendo de ahí, tenemos que todo se convierte en incertidumbre, ya que lo empírico es altamente variable y tendiente al error. De igual modo, se puede afirmar que de lo único que no se puede dudar es del acto de dudar y de la búsqueda incansable de la verdad, la cual ocurre en la mente; es por tanto el pensamiento una verdad indubitable y firme, lo que Descartes llamará el cogito; este presentará, para efectos de su investigación metafísica, una índole inmaterial contrapuesta a la materialidad del cuerpo y del mundo en general. De alguna manera, el alma (principio intelectivo inmaterial y racional) habita en el cuerpo. Respecto a la segunda medicación, Descartes continúa hablando sobre la naturaleza de esa sustancia que es el alma, y nos da razones de por qué es más cognoscible que el cuerpo. Dicha naturaleza del alma, la cual la acerca más a la verdad, se debe a que en ella está implícita la idea de perfección e infinitud; es decir, el alma racional no se preguntaría y criticaría todo su entorno empírico si no tuviera un punto de referencia veritativo, el cual proviene de su hechura divina: ideas innatas. Estas forman parte primordial del cuerpo teórico e investigativo de Descartes, ya que son su punto de partida de manera axiomática; las cuales nos dicen que hay ciertas nociones como la idea de Dios o la de extensión que son a priori al sujeto cognoscente, y más aún, son parte constitutiva fundamental de toda su concepción epistemológica. La tercera meditación es una consecuencia lógica de todo lo pensado anteriormente: Dios existe, al igual que el ente que lo piensa; esas son las bases de toda la construcción cartesiana. Dios existe por la noción de perfecto e infinitud que intuyo a través de mi pensamiento, que detecta realidades y apariencias interpoladas en el mundo.
De estas meditaciones podemos inferir que quedan establecidos dos grandes planos de lo real, y que al mismo tiempo son ideas innatas, la res cogitans y la res extensa. La primera se refiere al pensamiento racional, la capacidad humana para dudar y buscar la verdad —que obtiene esa directriz de los atributos de Dios—, la certeza de que lo más evidente y sólido a la luz de la razón es ese mismo pensamiento sobre sí mismo y el mundo; el ente existe porque piensa, o el pensamiento es lo que hace existente al ente. La res extensa, de igual modo, se trata de una verdad indubitable, es decir, fuera evidente por sí misma, la cual se trata del mundo exterior a la mente, en suma, el mundo y sus atributos empíricos; si bien es cierto que están llenos de errores e ilusiones que confunden al pensamiento, el hecho es que existen, es decir, hay “algo” que está fuera de la res cogitans.
El Dios cartesiano de alguna manera es un descendiente directo del Dios de los teólogos católicos. Descartes no rompe con la tradición y utiliza la noción del Dios infinito, inmutable, omnipotente y omnipresente; más aún, lo vuelve centro de su sistema. Dada la constitución de su cogito, necesitaba un Creador que le diera la capacidad y punto de referencia veritativos para justificar su duda metódica. Gracias a este emparejamiento con Dios, Descartes fue capaz, de alguna manera, de fundar la modernidad, es decir, sentar la noción de individuo y la capacidad racional de ese individuo de encontrar la verdad con evidencia empírica sólida —matemática—, y que sería el germen de las ciencias modernas que configurarían posteriormente el mundo social, político y económico, tal y como lo conocemos.
Así mismo, Descartes arrastra la tensión teórica escolástica sobre la potentia absoluta Dei y la potentia ordinata Dei. Por un lado, le da a la extensión todas las facultades deterministas concebidas, es decir, la de un fabricante, en este caso Dios, que hizo a todos los seres con una esencia digna de entelequia, lo cual nos indica que las grandes cuestiones del mundo están resueltas y todo se mueve como un mecanismo, con un telos cuya última instancia es Dios mismo; pero por otra parte nos encontramos con que esta naturaleza es altamente contingente, como si su vocación fuera la de salirse del plan divino. Descartes se encontrará inmerso en esta problemática, al igual que toda la intelectualidad medieval, y solo logrará resolver el conflicto parcialmente.
La cultura francesa, embebida de estos descubrimientos, lo único que hizo posteriormente fue llevarlos a la práctica, en lo social, económico, político y científico. Desde luego, también esta racionalidad atravesó la configuración de la lengua y los diccionarios franceses, las estructuras de las academias y las universidades. Proyectando así la gran racionalidad cartesiana, vivaz y científica, que tiene todo lo francés: una mezcla perfecta de racionalidad y buen gusto, que a todos los amantes de la gran cultura no puede dejar indiferentes.
Referencias
- Descartes, René. Meditaciones Metafísicas. Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. Trad. José Antonio Migues. philosophia.cl
