Categoría: Cultural

Por: ALEJANDRO VILLANUEVA / Fecha: abril 16, 2026

Recomendación de la obra de Martín Bernal, la cual a ningún amante de la historia y la cultura puede dejar insatisfecho.

El orbe griego siempre ha sido considerado como la cuna elemental de la civilización occidental, el origen por antonomasia de toda cultura y grandeza. Como si se tratase de una tabula rasa, la historia occidental comienza en la antigua Grecia; luego se le van añadiendo elementos de otras culturas, pero el espíritu griego los asimila, sintetiza y, finalmente, ese crisol fabuloso que es la cultura helénica hace sincretismo y avanza hacia la siguiente frontera de la historia. Todo bien hasta aquí, en este orbe griego, que también nos venden (los historiadores e ideólogos) como un orbe cerrado y original, como si fuera el primer capítulo de un libro, sin siquiera prólogo. Como si la cultura griega, mágicamente, hubiera surgido para propagar todos sus descubrimientos culturales, así ya creados de una buena vez, para la proliferación de la bondad universal. Esto en parte es pura fantasía de los historiadores.

Martín Bernal, en su egregia obra Atenea negra, nos invita y nos reta a un ejercicio de reflexión profunda y revolucionaria, el pensar el helenismo desde sus influencias, esto es, desde la forma en que las islas griegas, esa espectacular talasocracia, fueron producto de una influencia recíproca entre varios mundos culturales: el egipcio y el hebreo. Es bien sabida la influencia fenicia sobre los griegos, esta, a través del alfabeto fenicio y su adopción, para crear, una vez agregada la plasticidad de las vocales, la fabulosa lengua griega y todos sus dialectos; así mismo, la gran influencia egipcia en todos los ámbitos, sobre todo en el filosófico y religioso. Bernal nos hace ver que las islas y la península estuvieron bajo dominio político egipcio durante mucho tiempo, siendo obvia la permeabilidad de usos, costumbres y técnicas.

Sin olvidar la influencia hebrea, que Bernal la sintetiza en el comercio de los fenicios. Es sabido el aporte cultural a la zona con el alfabeto fenicio, pero realmente el genio griego fue el que, con ayuda de las vocales, le dio gran plasticidad al pensamiento griego, y permitió crear el vehículo lingüístico idóneo para el florecimiento de esa cultura. Ahora bien, la influencia egipcia, que según Bernal, las islas y la península fueron durante siglos colonias y protectorados egipcios, fue el receptáculo perfecto para la sabiduría milenaria de los egipcios. Adaptando los dioses del Nilo a la nueva geografía.

Bernal llega a sus conclusiones mediante un rastreo, casi detectivesco, de las etimologías y de un estudio profundo de los dialectos griegos y los jeroglíficos egipcios. Además de encontrar en los autores clásicos como Platón o Aristóteles, confirmaciones de sus hipótesis, ya que ellos escribían que la verdadera sabiduría procedía de Egipto. De igual manera sucedía con los pitagóricos.

Así mismo, Bernal hace énfasis en que las culturas milenarias egipcias son un compendio de la sabiduría bantú, ubicada en el centro de África. De ahí el sincretismo de Atenea, que pasó de ser una adaptación de la Isis del Nilo, deidad de origen bantú y, por lo tanto, negra.

Fue en el siglo XIX que varios ideólogos e historicistas —no se les puede llamar historiadores, ya que traicionaban la verdad—, en Occidente, sobre todo en lo que hoy es Alemania, crearon el mito sostenido en sus obras reiteradas, del origen griego como tabula rasa, como si hubiera aparecido mágicamente en la faz de la tierra, sin influencias, una civilización burbuja. Además, fieles a la moda cultural de la época, la civilización, su cuna, tenía que ser blanca: una blanquitud griega, fundamento de todos los despliegues supremacistas de los siglos XIX, XX y XXI, que para su desgracia, según sus orígenes étnicos, era prácticamente imposible.

¿Qué tan blancos son nuestros dioses? Con las evidencias históricas mostradas por Bernal, todos los cimientos de la civilización occidental quedan en entredicho. Si Atenea era una deidad negra, ¿qué nos hace pensar que el resto del panteón olímpico no lo sea también? La supuesta supremacía cultural de Occidente, basada en su cultura, en concomitancia como si de un estandarte se tratase, y en su color de piel, se desmorona, y con ello todo el aparato de explotación capitalista que provoca que existan países explotados y países explotadores, del centro y periferia, conquistados y conquistadores. Se disuelve la mistificación, el engaño, donde el dominador somete al dominado.

Atenea negra nos ofrece una reivindicación de las culturas egipcias y bantúes. Una perspectiva de la historia llena de humildad, que nos deja profundas enseñanzas sobre el devenir de las civilizaciones. Expandiendo nuestra conciencia, al grado de nunca permitir ninguna imposición ideológica, que a veces se disfraza de historia universal. En nuestro siglo que nos tocó vivir, estas premisas pueden resultar en una vía de descanso, claridad y, sobre todo, abrir nuevas formas de concebir la existencia, lejos del clasismo y el racismo, y más llena de bondad y tolerancia.