Categoría: Filosofía

Por: ALAN EDUARDO GARCIA AGUNDIS / Fecha: febrero 19, 2026

Las procesiones barrocas, más que arte, fueron un “teatro de la fe” que unió teología, derecho y cultura, haciendo visible lo sagrado en la vida pública frente a la modernidad secular.

Introducción

En el presente artículo se abordará un tema sumamente esencial para la vida del mexicano y, en especial, del católico mexicano: las procesiones, que generalmente tienen mayor auge en la Semana Santa en España y, por lo tanto, en territorios de herencia hispánica. Estas peregrinaciones tienen una gran marca en la historia y tradición de este pueblo, puesto que son un ejemplo de un arte que predominó en la Nueva España: el barroco. Esto es importante, ya que debemos entender que el barroco no fue solo un estilo artístico, sino más bien una especie de ideal o cosmovisión que unía de manera magistral la teología, el derecho y la vida común. Se puede decir que, en las procesiones, esta visión se plasmó como una especie de “teatro de la fe”: un espectáculo público donde imágenes, música, silencio y movimiento narran el misterio cristiano. Este ensayo se abordará desde tres ejes principales: en primera instancia, el barroco como estilo teológico-estético; en segunda, la procesión como escenificación pedagógica; y, por último, el valor filosófico-cultural de este teatro sagrado frente a la modernidad secular.

1. El barroco como teología visible

Se debe contextualizar que, a partir del Concilio de Trento, se dio una articulación magistral para responder al cisma protestante, puesto que se remarcó de manera enfática la importancia de las imágenes sagradas, en especial como medios de instrucción y devoción. Ahora bien, en el arte se debía articular un lenguaje que conmoviera, persuadiera y acercara lo invisible a lo sensible. Por lo tanto, el barroco ayudó a la materialización de ese mandato episcopal y papal, donde se generó un estilo que, a través del exceso de formas, la teatralidad y el dinamismo, buscaba implicar a los sentidos para conducir el alma a lo trascendente.

Podemos notar fácilmente que, en las procesiones, las tallas de Cristo, la Virgen y los santos no se presentan como meras esculturas, sino como presencias simbólicas que dramatizan el misterio de la pasión y de la redención. Los retablos móviles recorrían las calles, transformando magistralmente el espacio urbano y secular en un escenario litúrgico. Así, el barroco se volvió “teología en imágenes”, como ha señalado José Antonio Maravall (La cultura del Barroco, 1975).

2. La procesión como escenificación pedagógica

Se puede deducir que la procesión barroca es una especie de drama religioso, donde los sentidos —el visual con las tallas, el sonoro con cánticos litúrgicos, rezos o bandas de guerra, y el corporal con el incienso o los penitentes— se ven exaltados. Cada cofradía organiza un paso que narra un episodio del Evangelio o de la Pasión, acompañado con marchas procesionales o con el silencio. El espectador se convierte en partícipe: la ciudad entera asiste al “misterio representado”.

Un autor que lo aborda de manera magistral es Baltasar Gracián, en El Criticón (1651–1657), donde defendía la idea de que la vida era una especie de teatro en el que el hombre debía interpretar un papel. Extrapolando esto, la procesión barroca convierte la fe en una representación real y viva, que no solo se transmite por tratados o textos —como es el caso cismático protestante—, sino por gestos y símbolos que educan en la sensibilidad. La catequesis se hace estética: los sentidos se convierten en vías de acceso a lo sagrado.

Esto se genera de forma pedagógica para contrarrestar los discursos protestantes, que buscaban una austeridad en lo religioso, pero no en lo político. La Iglesia católica articuló, en cambio, una experiencia integral de la fe. En las procesiones, la belleza no era un adorno, sino un camino de conversión.

3. Filosofía y cultura del teatro sagrado

San Juan Pablo II, en la Carta a los artistas de 1999, remarcó que la belleza y el arte religioso cuentan con una capacidad única de abrir al hombre al misterio de Dios, señalando que “toda auténtica belleza remite, en última instancia, a la Belleza divina”. Por lo tanto, las procesiones barrocas cumplen de manera espléndida esta función. Presentar al pueblo el sufrimiento de Jesucristo, la compasión de la Virgen María o la gloria de la resurrección no se limita a un aspecto estético, como señalaban los críticos protestantes, sino que conduce al creyente a una reflexión individual y comunitaria sobre el dolor, la esperanza y el destino trascendente de la existencia humana.

Otro punto importante es que la procesión saca el templo a la calle, o más bien, el catecismo a la calle: reconfigura el espacio secular y “laico” al hacer presente lo sagrado. Este gesto no es meramente religioso, sino pedagógico: enseña que la vida no se reduce a lo productivo, al empleo o a la mercancía, sino que lo religioso se hace presente en lo cotidiano.

Nos hemos acostumbrado a que lo religioso quede relegado a lo personal o privado, pero el teatro barroco resistió y resiste al fenómeno moderno. En palabras más adecuadas, hace que lo invisible se haga visible en el corazón de la ciudad, en nuestros centros históricos, legado directo de estas tradiciones.

Conclusión

Me gustaría concluir que la estética barroca en las procesiones católicas ayudo a generar un teatro donde se integraba teología, arte y comunidad. Donde a través de las imágenes música, silencio y el ritual, el barroco convirtió de manera adecuada y casi rebelde el escenario litúrgico lleno de cantos o Davo canciones completas a algo más pedagógico enfocado a los sentidos.

Referencias

Concilio de Trento. (2000). Decretos y cánones (J. M. Rovira, Trad.). Biblioteca de Autores Cristianos. (Trabajo original publicado 1545–1563).

Gracián, B. (1651–1657/2011). El Criticón (M. Batllori, Ed.). Cátedra. (Trabajo original publicado 1651–1657).

Maravall, J. A. (1975). La cultura del Barroco. Ariel.

Ricoeur, P. (1960/2004). Finitud y culpabilidad (A. Neira, Trad.). Trotta.