La libertad es, sin duda, uno de los dones más valiosos que poseemos como seres humanos. Sin embargo, esa misma libertad abre la posibilidad de que existan los comportamientos no éticos: actuar con libertinaje o, incluso, causar daño a los demás. Esto nos llevó a preguntarnos en nuestro Café Filosófico: si podemos hacer tantas cosas, ¿qué nos contiene? ¿Qué parámetros usamos para decidir cómo actuar, tanto frente a otros como cuando nadie nos observa?
La sesión comenzó con la suposición de una premisa clara: somos libres de realizar cualquier acción que las leyes naturales permitan. El reto está en comprender por qué, aun teniendo esa posibilidad, decidimos autolimitarnos.
La primera pregunta detonadora fue: ¿cómo regulamos nuestras conductas?
Las respuestas se bifurcaron. Por un lado, se habló de los mecanismos punitivos, como los castigos que surgen de los acuerdos sociales y también las imposiciones del Estado. Por otro lado, se destacaron los mecanismos autoimpuestos: virtudes, reflexiones y convicciones personales, donde la ética aparece como una brújula interna, y también se señaló que existen controles biológicos que orientan algunos de nuestros impulsos en función de la supervivencia.
No obstante, la discusión se encaminó a reflexionar sobre los parámetros que usamos para tomar nuestras decisiones éticas y morales.
De tal modo, se mencionó que muchas veces lo que buscamos es evitar las consecuencias negativas, lo cual reflejaría una postura utilitarista. Sin embargo, también apareció otro deseo más humano y cercano: respetar y cuidar a nuestros semejantes, evitando hacerles lo que no nos gustaría recibir y, más aún, buscando amarlos y empatizar con ellos.
De este modo, llegamos a la mención de los ideales de justicia, reciprocidad y correspondencia, los cuales nos llevaron a reconocer que, en última instancia, lo que estamos buscando es hacer el bien. Llegado este punto, el tema nos condujo hacia la filosofía clásica. Recordamos entonces a Kant y su imperativo categórico, que nos invita a obrar solo de la manera en que quisiéramos que todos actuaran. Aunque también se reconocieron perspectivas para tomar decisiones éticas que integran las emociones y no sólo a la razón.
Además, hablamos de la necesidad de trabajar en la voluntad para resistir tentaciones, así como de la necesidad de reforzar todos estos aspectos a través de la educación.
La reflexión nos llevó a aceptar algo fundamental: somos seres imperfectos y cambiantes, al igual que la cultura y los valores que nos rodean. No sabemos con certeza hacia dónde se dirige la sociedad, de modo que requerimos plantearnos constantemente lo que deseamos lograr con nuestras acciones en el contexto en el que estamos.
Y así, concluimos que, al menos, siempre podemos esforzarnos por ser congruentes con lo que pensamos y vivir de manera tal que nuestra libertad valga para crear el mundo que deseamos.
