Categoría: Cultural

Por: TANIA GARCIA RIVERA / Fecha: marzo 2, 2026

Nuestro concepto de felicidad se ve influido por las dinámicas de la vida moderna.

¿De qué manera influye la vida moderna en nuestra percepción de la felicidad y en nuestra manera de buscarla? Te invitamos a descubrir nuestras reflexiones al respecto.

En nuestro más reciente Café Filosófico reflexionamos sobre un tema que muchas veces escuchamos y repetimos, pero que paradójicamente, en nuestra cotidianeidad, solemos sentir lejano: la felicidad. Esta vez nos cuestionaríamos acerca de la relación que existe entre la vida moderna, nuestras aspiraciones de felicidad y la manera en que solemos buscarla.

Desde un inicio, los participantes comenzaron reconociendo que la plenitud es algo natural, algo que sucede cuando nos reconocemos capaces de disfrutar las pequeñas cosas, de la calma y de nuestra paz interior. Sin embargo, en un mundo que nos exige estar siempre disponibles, productivos y conectados, ese estado pareciera ser cada vez más difícil de alcanzar.

Algunos participantes coincidieron en que la felicidad también puede generarse de manera intencional y consciente, como una forma sabia de responder ante las circunstancias. Desde esta perspectiva, ser feliz implica reconocer lo que ya se tiene y aceptar que, en última instancia, corresponde a un estado que ya habita en nosotros y que no percibimos porque solemos estar distraídos con nuestros problemas.

De ahí surgió la siguiente reflexión: la felicidad no es una idea abstracta, sino una forma de estar que se convierte en una forma de ser. Se construye con el tiempo, fluctúa, no es constante, pero sí cultivable.

Sin embargo, al hablar sobre la cultura y la sociedad actual, reconocimos que promueve una versión superficial de la felicidad, es decir, aquella que se mide a través de bienes, likes y logros. La cultura de la inmediatez nos lleva a confundir bienestar con consumo y plenitud con éxito. Así, la felicidad se convierte en un producto más, algo que se compra, y si no se puede adquirir, basta con que se aparente.

De tal modo, los asistentes señalaron que los medios de comunicación, especialmente las redes sociales, alimentan esta ilusión. Nos mantienen distraídos, estimulados, deseando lo que vemos en los otros, incapaces de ver la dinámica en la que estamos sumergidos.

Algunos comentaron que esto nos provoca una sensación de vacío, de estar siempre en camino hacia ser felices, dirigiéndonos a un lugar al que nunca llegamos; de tal modo, la insatisfacción nos acompaña; a donde quiera que miremos, está siempre más a la mano.

Frente a ello, surgieron alternativas. La primera fue asumir la propia responsabilidad, reconociendo que nosotros también somos parte del sistema que perpetúa estas creencias. Ser felices requiere sostener una verdad interior, incluso cuando el entorno promueve una vida superficial.

También se habló de practicar una forma de consumo más consciente, que alimente el ser y no solo los deseos. Y, sobre todo, de buscar una felicidad eudaimónica, aquella que surge de la realización personal, de la virtud y de la conexión con los demás.

Al final de la sesión, coincidimos en que la felicidad no se conquista corriendo detrás de ella, sino aprendiendo a detenernos. En reconocer el valor de lo cotidiano, en respirar sin prisa, en darnos el tiempo de mirar y escucharnos. Tal vez ser felices no dependa de lograrlo todo, sino de habitar con conciencia y gratitud cada momento.