Hace algunos meses conocí del caso de un pariente que está por terminar la carrera de medicina en Guadalajara Jalisco, que tanto este pariente como su generación de médicos en formación, como tantas otras generaciones anteriores han vivido de forma sistemática un atropello a sus derechos fundamentales que tiene que ver como con el descanso, el libre desarrollo de su personalidad y proyecto de vida desde el trato digno así como para efectos de interdependencia el derecho a la salud eficiente para los ciudadanos.
Este problema que de manera sistemática enfrentan los alumnos del último año de la carrera de medicina, en lo que se llama internado de pregrado, comienza cuando el médico ha concluido su ciclo básico. Este un periodo académico que incluye la etapa correspondiente a la teoría y la práctica, durante el cual el estudiante es enviado a una institución pública de salud, donde se enfrenta a la burocracia reinante y muchas veces al maltrato cotidiano de personal del hospital, sobre todo de los médicos de mayor jerarquía, acostumbrados por décadas a ejercer prácticas normalizándolas lo que implican claros violaciones de la dignidad de dichos internos, consistentes en jornadas laborales excesivamente prolongadas. Con ello, se les priva del derecho humano a una jornada de trabajo digna conforme a ley y al descanso reparador en condiciones mucho más humanas.
En la práctica que se vive un día tras otro, estos profesionales de la salud en formación suelen laborar sin descanso entre treinta y dos y treinta y seis horas continuas, sin descanso y sin una alimentación adecuada recomendable para todas las personas, y más, si se trata de quienes en tales circunstancias deben atender al bienestar físico de sus semejantes.
La norma oficial mexicana correspondiente, regula los periodos de descanso destinados a la toma de alimentos. Sin embargo, el problema es que la propia norma oficial no establece con suficiente claridad las formas y momentos en que debe tomarse dicho descanso, y no obstante que prohíbe claramente las guardias de castigo en un periodo de actividades posterior a esas treinta y dos horas, por desgracia es algo que en la práctica diaria no se les respeta a dichos internos.
Se trata de un problema conocido respecto al cual se calla para no cambiar los paradigmas, costumbres y malas prácticas internas de las instituciones de salud; claro, la solución implicaría utilizar más presupuesto para contratar más personal o acondicionar áreas de descanso. Hagamos un simple ejercicio: quienes tengamos algún pariente, amigo o conocido que ejerza la medicina, preguntémosle sobre su experiencia al cursar el internado de pregrado. Con toda seguridad, la mayoría dirá que fueron violados, por parte de sus superiores, sus derechos fundamentales a una jornada de trabajo digna y al descanso. La consecuencia de todo ello es que los usuarios de los servicios médicos, que podemos ser usted, yo o cualquiera, podremos estar siendo atendidos deficientemente por un interno o residente mermado en sus capacidades por llevar trabajando de 32 a 36 horas continuas, y por ende, es un hecho que no debemos culparlos de ello, sino a la institución que permite atropellos de esta índole. Para la formación de los futuros médicos es prudente sumarnos de inmediato en su defensa y exigir que se les respeten sus derechos fundamentales. La ciudadanía debe estar enterada de este problema y, en consecuencia, una vez consciente de ello, aportar cuanto esté a su alcance en aras de propiciar el cambio, denunciando los abusos.
Oscar Hugo Rodríguez Ceja
