Ya es bien conocido que en algún momento Dalí dijo sobre México que no soportaba “estar en un país más surrealista que sus pinturas”. Y es que la verdad es que si algo nos caracteriza como sociedad es nuestra particular percepción de la vida y la muerte, la manera en la que nos gusta hacer bromas de las desgracias propias y ajenas, y esa tendencia que tenemos a reírnos o, por el contrario, rendir homenaTodas las entradasje a ciertos personajes, acontecimientos o…

¿Miembros amputados?
Bueno, los mexicanos de siglos pasados no eran diferentes en ese sentido. El controvertido presidente Santa Anna, perdió su pierna izquierda en 1838 durante la llamada Guerra de los Pasteles, conflicto entre México y Francia. Mientras dirigía las tropas mexicanas en Veracruz, fue alcanzado por un cañonazo que le destrozó la extremidad, lo que obligó a amputarla. Santa Anna, siempre consciente del valor simbólico de su figura, convirtió aquella pérdida en una herramienta política: organizó un funeral solemne para su pierna, con honores militares, desfile, banda de música y salvas de artillería, como si se tratara de un héroe caído. El acto buscaba reforzar su imagen de patriota sacrificado. Años más tarde, cuando cayó en desgracia, la pierna fue exhumada por la multitud en un acto de burla y destrucción, símbolo del desprestigio que acompañó su figura.
Por su parte, el conocido manco de Celaya, en realidad perdió su brazo derecho en una hacienda de León en la batalla de Trinidad, contra las fuerzas villistas. Tras su amputación, el brazo fue embalsamado y conservado en un frasco con formol como símbolo de su heroísmo. Durante años fue exhibido en su hacienda de Huatabampo, Sonora, y se convirtió en una curiosidad histórica, casi un relicario político. Sin embargo,

después del asesinato de Obregón en 1928, el brazo tuvo un destino incierto: fue trasladado a distintos lugares y, según algunas versiones, terminó perdiéndolo uno de sus generales en una noche de fiesta. Cuando el brazo fue encontrado, casi veinte años después, se exhibió un tiempo en el monumento al general, hasta que el presidente Carlos Salinas de Gortari ordenó su cremación en 1989.
En ambos casos, tanto con Santa Anna como con Obregón, el culto a sus restos corporales reveló la manera en que el poder en México utilizó el cuerpo del héroe para construir memoria, mito y legitimidad, pero, sobre todo la forma tan particular en que como mexicanos a veces tendemos a tratar estos asuntos. Somos curiosos y hay muchísimos ejemplos en nuestra historia que muestran que nuestra manera de ver el mundo es profundamente poética, irónica y a veces también extraña.
