Cada viernes, justo después de cerrar su pequeño taller mecánico, Jorge guardaba sus herramientas, apagaba la luz y sacaba una maleta verde de ruedas. No era de ropa ni de documentos: adentro, cuidadosamente acomodados, había 40 libros. Algunos eran nuevos, otros tenían las esquinas dobladas y el lomo desgastado de tantas manos que los habían abierto.
Jorge vivía en la periferia de una ciudad mediana, pero cada fin de semana conducía hasta pueblos donde no había biblioteca ni librería. Lo hacía desde hacía tres años, después de escuchar a su hija decir que en la escuela “no había más que un libro viejo para todos”. Aquella frase le dolió más que cualquier deuda o gasto inesperado.
La primera vez que llegó a un pueblo con su maleta, nadie lo esperaba. Se instaló en la plaza, puso los libros sobre una mesa plegable y esperó. Los niños fueron los primeros en acercarse, con curiosidad tímida. Algunos escogieron cuentos con ilustraciones, otros agarraron cómics como si fueran tesoros. Las madres se acercaban después, pidiendo novelas o libros de cocina. Los hombres, al principio, observaban desde lejos, hasta que alguien preguntaba por “alguno de historia” o “ese de cómo sembrar mejor el maíz”.
Con el tiempo, Jorge dejó de ser un desconocido. Lo esperaban como se espera al panadero o al camión de verduras. La gente le devolvía los libros prestados junto con tamales, fruta o una sonrisa de gratitud. Él nunca cobraba, pero a cambio pedía algo: que cuidaran el libro como si fuera suyo, y que se lo recomendaran a otra persona.
Una vez, un niño le devolvió un libro con una hoja adentro que decía: “No sabía que podía viajar sin salir de aquí”. Jorge guardó esa nota en la maleta, junto con otras pequeñas cartas que los lectores dejaban escondidas entre las páginas.
No tenía subsidios, patrocinios ni un plan institucional. Solo un coche viejo, una maleta resistente y la certeza de que los libros, como las semillas, necesitan moverse para dar fruto. Y cada viernes, cuando veía a los niños correr hacia él, sabía que esa biblioteca ambulante era mucho más que un montón de papel: era una puerta abierta en medio del camino.
Bibliografía
Manguel, Alberto. La biblioteca de noche. Madrid: Alianza Editorial, 2008.
Bibliotecas Móviles México. “Impacto social de las bibliotecas itinera
