El sismo llegó a las 13:17. No fue el más fuerte que la ciudad había sentido, pero sí lo suficiente para que el teatro se agrietara como un cuenco de cerámica vieja. El escenario, las butacas, las lámparas… todo quedó clausurado en cuestión de horas. La compañía de ballet, que llevaba meses preparando su nueva obra, vio cómo el sueño se les venía abajo entre cintas amarillas de “zona de riesgo” y polvo en suspensión.
Durante una semana entera, las bailarinas y bailarines vagaron sin rumbo fijo. Ensayar en casa no era lo mismo. La danza necesita espacio, aire, y sobre todo, público. Pero el público ya no podía entrar.
Fue entonces cuando Mariana, la coreógrafa, propuso lo impensable:
—Si la tierra nos quitó el escenario, vamos a bailar sobre ella… desde arriba.
Eligieron la azotea del único edificio alto que quedaba seguro en la colonia. No tenía piso de madera ni iluminación, solo concreto áspero y el cielo abierto como techo. La primera vez que subieron, el viento les revolvía el cabello y la ciudad se extendía a sus pies como un mar de ladrillo y humo. No había telón, pero sí un horizonte.
El primer ensayo fue torpe. Las puntas se desgastaban con cada giro, el sol pegaba fuerte y los ruidos de la ciudad competían con la música que salía de una bocina portátil. Pero algo sucedió: vecinos curiosos empezaron a asomarse desde otras azoteas. Algunos grababan con sus celulares, otros simplemente se quedaban mirando en silencio.
Poco a poco, el ensayo se convirtió en función. En un mar de escombros y calles bloqueadas, la danza era un acto de resistencia poética. La coreografía, pensada para un teatro, mutó: los movimientos se adaptaron al espacio reducido, los saltos se hicieron más compactos, y las caídas se volvieron casi íntimas, como si cada bailarín estuviera hablando directamente con el espectador más cercano.
Mariana decía que bailar allí era como plantarle cara al miedo. “El piso tiembla, pero nosotros también sabemos temblar… y seguir de pie”. Las funciones improvisadas se repitieron varias veces, hasta que el teatro pudo reabrir meses después. Para entonces, la compañía ya había descubierto algo que no salía en los manuales de danza: que un escenario no siempre está bajo un techo, y que a veces el arte se sostiene sobre la pura terquedad de seguir creando.
Homans, Jennifer. Apollo’s Angels: A History of Ballet. Nueva York: Random House, 2010.
Reyes, Ana Paulina. “Resiliencia artística tras desastres naturales en México.” Revista Arte y Sociedad 8, no. 1 (2023): 20-31.
