Categoría: Filosofía

Por: CARLOS ANTONIO SANCHEZ BAUTISTA / Fecha: marzo 12, 2026

“Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti” - Friedrich Nietzsche.

Cualquier análisis de la experiencia existencial humana, en general, cual pretendiera ser filosófica, de suyo, además de considerar el rigor de la crítica (con formulación kantiana), tal empresa ha de ser, sino a su vez mediada, cuando menos tematizada por la comprensión material-histórica del todo concebible. Así quiero entender —primeramente— el escrito de Yōzō (representativo análogo de Dazai): por un lado, hacer evidente el hecho de su posible abuso durante la infancia, y por otro lado, que pudiera concederse que, según la psiquiatría actual, dicho personaje entabló alguna clase de estado diagnosticable desde, tal vez, su nacimiento o según raíz de aquello o bajo concurso del conjunto (pero esto es una pseudoexplicación fútil que poco o nada dice). Cabe plantear de acuerdo, no obstante, que jamás está una imposibilidad al desarrollo del enfermar espiritual por parte directa de la convivencia con cierta enferma sociedad (de suerte que todos la construyen en la propia medida). Mas este análisis es estrictamente filosófico y, en este sentido, antropológico existencial sobre, en todo caso, la conceptualización que Kierkegaard alguna vez concibió como la enfermedad mortal, al fin y al cabo, la “enfermedad de vivir humanamente”.

“Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad es que no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano” (p. 10). Es importante ver cómo es que Yōzō —al parecer— presupone una noción de esencia humana, antes bien, una prescripción de comportamiento (llegado su momento, de suyo suscita perfectamente sus conceptos sobre estas cosas); ya que ello marca de facto muchas de las consideraciones que tiene él sobre su vida y la existencia proyectable desde ese punto para con los demás. Desde —claramente— Foucault, y muchos filósofos anteriores, es reflejo alienante el desprender hacia uno una noción prescriptiva del espíritu en tanto su comportar irrealizado (peor todavía si es impropia). Determinatio est negatio, decía Spinoza; ha de negarse el uno al otro mediante la afirmación de aquel mismo; ello es un incansable disciplinamiento hasta el debería ser del ser en cuestión (a menos que haya una progresión efectiva en la forma); en efecto, aquel ser que se apercibe ser. En Yōzō diríase —con justeza— que el único ser era él mismo, pues no tenía otra alternativa acorde al rechazar el discernimiento casi absoluto de los “ajenos humanos”, de suyo si es que se acepta que la autodeterminación depende de la conciencia del yo (no materialmente hablando, aclaró).

Ahora bien, que el ser humano tenga o no una verdadera naturaleza específica es de poca importancia en este momento; hay que recalcar mejor las constantes contradicciones en Yōzō sobre este punto, las cuales son legítimas justamente por su postura antiesencialista práctica, según ser efectivamente un nihilista abandonado a la absoluta nada de la existencia sin sentido; por defecto, de cara a Nietzsche, obviamente no sería un superhumano con virtud de la voluntad de poder, pues aquel no se resolvió sobre la nada, en cambio se abandonó a ella. A Yōzō le tenía pragmáticamente con poco cuidado la existencia de Dios (de suyo también tal vez teóricamente, volviéndolo un apatista), aunque dijera: “Hasta Dios me daba miedo. No podía creer en su amor, sino solo en su castigo. La fe… Me parecía que eso equivalía a colocarse ante un tribunal, dispuesto a recibir el castigo divino. Creía en el infierno, pero me costaba mucho creer en el cielo” (p. 48). Y porque en muchas instancias el infierno son los otros, mas eso es una incomprensión en Sartre. Por su parte, el castigo de facto es más predicable que el amor, debido a que una cosa es constancia y otra es inexistencia con Yōzō; de suyo para tal, el existir era un infierno, de modo propiciado por la indiferencia existencial genuina de los otros. El otro es siempre el problema del yo, ya que el yo solo tiene por certeza su pensar y así su existencia; no puede realizar la existencia de los otros, o eso parece, por ejemplo, acorde a Husserl y algunos de sus intentos sobre lo mismo.

Durante la desafortunada travesía de Yōzō y, peor aún, al final, no queda realmente muy claro acerca de su intención para con los otros, quienes, por muchas acciones (aquí un hincapié hacia su esposa), daña sin apenas pestañear (eso sí, con remordimiento), igualmente, aunque dijera lo contrario. “En toda mi vida, muchas veces he deseado ser asesinado, aunque ni una sola he pensado en quitar la vida a nadie. Será porque, al contrario, deseo hacer felices a las demás personas” (p. 19). En Schopenhauer, la intencionalidad frente al otro reside en la piedad y en la clemencia, de suyos, pues todos están abandonados a la Voluntad en última instancia, entonces: ¿por qué aplicar o promover más tortura mutua? Yōzō de facto fue consumido por la Voluntad y ella obró en él de tal modo que, no cumpliendo los auténticos designios del residente, cumplió con los de su ánimo voluntarioso esclavo contra dicho particular. De suerte que Yōzō lo sabía; él siempre supo que se hallaba en el abismo, mas debido a su pesar determinante nunca pudo salir de él: ¿tenía alternativa? Materialmente hablando, Yōzō parecía que estaba cubierto; no obstante, en cuanto al espíritu, es otro tema. Él era un medio para sí y de igual modo los demás lo eran para él (tal que su “amigo” Horiki), rehuyendo del —ideal— principio kantiano del imperativo categórico; luego los humanos son medios para fines y no medios para fines, cosa que sería de preferencia.

Cerca del final, se cuenta que Yōzō fue más bien víctima espiritual del condicionamiento de su padre y, en efecto, de la sociedad japonesa (sobra mencionar la hiperdeterminación a este respecto). Yōzō jamás estuvo satisfecho consigo, pues su satisfacción residió siempre en el otro (véase, a ejemplo, al intempestivo querer mostrarse como artista). Por su parte, es perfectamente sabido el síntoma absorbido que implica una sociedad como la actual mediante últimos rezagos de la posmodernidad que se siente; donde la vanagloria de la ignorancia y la abanderación de lo irracional se hace tanto gala como representación orgullosa en todos lados sin algún resabio de morbo o vergüenza (¡y cómo uno darse cuenta con tremenda ingeniería de ficción al por medio restringiendo!); es decir, que contemporáneamente se exalta al ser efímero, puesto que la sustancia se ha abandonado en favor del consumo y al imperio del individuo tanto solitario como “libre” (de suyo libre para explotarse laboralmente). Yōzō y su generación fueron de los primeros en vivir (en sentido extenso) todo aquello, esto es, el derrumbe de la razón mistificada por la modernidad, simbolizada a través de las guerras mundiales y el abandono de la trascendencia metafísica, la cual, ficticiamente o no, brindaba consistencia al ser.

Y Dazai era un gran entendido existencial al percibir el síntoma de su tiempo, por demás, el síntoma del individuo descarnado del Uno-Todo: “Quiero morir, porque el vivir solo causa pecado” (p. 66). Claro, con dicho entendimiento no solo atendió aquello, sino también a —como se ha visto— muchas cuestiones filosóficas; en este contexto y siguiendo a Plotino, se sabe que el estar en la materia inequívocamente reside en pecado, en tanto que el alma humana, según hipostasiada hasta su concretarse materialmente, se ha dejado de la pureza en la cual antes residía y, de suerte, con trabajo, pero posiblemente, pudiera regresar al morir (como lo han recomendado incansablemente ascetas y místicos); véase, regresar en sí para sí hegelianamente.

En general, habiéndome dejado muchísimo en el camino de por medio (mas tampoco era mi propósito el cubrirlo todo), es posible mencionar que a la pregunta camusiana acerca del suicidio, así Yōzō como Dazai, Dazai o Yōzō, respondieron con la afirmación de la muerte volteando a ver partidariamente a Caraco; sabiendo que el humano no posee redención, lo único que le merece es la extinción, entonces poniendo punto y final a todas esas sus quimeras (culturales, sociales, políticas, religiosas, tradicionales, etcétera) que les hacen mantenerse ilusoriamente en su contingente existencia. Yōzō, en efecto, vio en el ser humano la actualidad del egoísmo: ¿poseía verdad? De facto, el ser humano es en potencia tanto bueno como malo. Y la irresolución en la forma humana viene encaminada tanto interna como externamente. Si el espíritu de suyo se encuentra como indigno en sí: ¿tendrá razón, le merece la muerte?

Bibliografía

Dazai, Osamu. Indigno de Ser Humano. Traducción: Montse Watkins. Titivillus. 2015.