Categoría: Filosofía

Por: ALAN EDUARDO GARCIA AGUNDIS / Fecha: febrero 26, 2026

La negación protestante de la presencia real en la Eucaristía provocó la desmaterialización de lo sagrado y abrió paso al secularismo moderno, donde la fe se interioriza y la trascendencia se diluye.

Introducción

En el presente artículo se analiza uno de los temas fundamentales del cisma protestante y, por lo tanto, del padre de la modernidad. Este tema es el de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Los protestantes tomaron una visión negativa de la transubstanciación y, por lo tanto, redujeron la misa a un simple memorial o, en su caso, a una celebración. Así, los reformadores introdujeron una transformación radical en la experiencia de lo sagrado, manifestada en lo que se torna como verdad o sacral en la modernidad. De manera semejante, se generó una desconfianza hacia las imágenes religiosas, lo cual se observó en sectas de tipo protestante y, en el caso musulmán, en la iconoclasia, que dieron como resultado la punitividad de ese proceso en las privaciones de la fe de mediaciones sensibles. En este artículo se argumenta cómo las negaciones se vuelven un camino cultural hacia el secularismo y, en última instancia, hacia el ateísmo moderno.

1. La Eucaristía como centro de la sacralidad

Algo que es sumamente importante entender es que, en la tradición católica, la Eucaristía es la fuente y el culmen principal de la vida humana; háblese de que existe por y para ella. Es sumamente relevante, puesto que en ella, según la tradición católica, encarna el misterio de la redención y el de la encarnación. Ahora bien, es importante remarcar que no solo es un simple acto o teatro, sino la presencia viva y real de Cristo. Esto se ofrece, según la tradición católica, como un sacrificio por la salvación del mundo.

Uno de los principales teóricos católicos es Santo Tomás de Aquino, quien en su compilado más famoso, La Suma Teológica, ayuda a comprender la transubstanciación, y dice que “toda la sustancia del pan se convierte en la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre”, de modo que el sacramento no es mero símbolo, sino presencia ontológica del misterio divino.

Por lo tanto, esta doctrina eucarística está en el corazón o es el ethos de su razón en el mundo, puesto que la materia puede ser habitada por Dios vivo. Lo visible no es un obstáculo para el desarrollo de lo divino, sino más bien su vehículo. En el pan y el vino, cuando se consagran, se manifiesta esa verdad universal de tipo metafísico que es el génesis de la praxis católica. Por lo tanto, la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y la perfecciona.

Por ello, la Eucaristía no solo tiene valor teológico, sino también antropológico y cultural, puesto que enseña de manera pedagógica al hombre, hijo de Dios, cómo lo cotidiano —el alimento, el trabajo, el gesto de compartir— puede transfigurarse en espacio de comunión con lo eterno.

Se puede rastrear, desde los primeros siglos de existencia de la Iglesia católica (y, por lo tanto, de lo que se entiende como Occidente), una especie de configuración de regla para todo arte cristiano. El altar se convirtió en un punto de convergencia entre el cielo y la tierra, además de actuar in persona Christi. Un fenómeno notable en la historia de la religión católica es la procesión del Corpus Christi, que trasladaba la presencia eucarística a las calles, como una respuesta al secularismo y al ateísmo moderno, haciendo visible la fe del pueblo.

2. La negación protestante y la reducción de lo sagrado

Uno de los principales autores de la teoría protestante o cismática católica es Martín Lutero, quien conservó una doctrina mitigada de la presencia, titulada consubstanciación. Quienes llevaron esto a un punto más radical fueron Zwinglio y Calvino, quienes redujeron la Eucaristía a un simple signo o, más conocido, como un memorial de la alianza. Con dichos ataques, la misa pierde su carácter sacrificial y ontológico. Paralelamente, la iconoclasia protestante destruyó todo rastro de retablos, reliquias e imágenes, eliminando los mediadores sensibles de la fe que habían articulado la experiencia religiosa de Occidente durante más de un milenio.

Esto dio como resultado el proceso de desmaterialización de lo religioso. Esto se vio de manera más directa en cómo lo sagrado ya no se encontraba en objetos o ritos, sino en cómo la subjetividad guiaba el entendimiento y la sensibilidad propia le decía qué era Dios. La fe pasó a depender casi exclusivamente de la conciencia individual y la palabra escrita.

Esto dio como resultado algo que podemos observar a día de hoy: se dio una debilitación de la experiencia comunitaria y sensible de lo divino. Otra cosa imperante de la modernidad es que se redujo la religión a lo privado; los templos, la tradición y los sacramentos perdieron la centralidad. Esto fue causa de que la mediación simbólica ayudara como un punto pedagógico para permitir lo divino habitar en lo que se llama humano.

3. De la secularización al ateísmo moderno

Ahora bien, la unión al día de hoy en un nivel filosófico o epistemológico es que la Ilustración se nutre fuertemente en esos postulados, puesto que se puede ver en su radicalización y además en la reducción de lo sagrado como un simple mito. Esto da pauta a no reconocer presencia real ni los símbolos sacramentales. Ahora bien, la modernidad, hija de la misma, racionaliza el hecho de que la religión se encuentra como una especie de sistema de ideas o simples normas morales, dando como resultado que se prescinda de toda o cualquier referencia ontológica a Dios. Otros autores que también se nutrieron del ethos de su práctica religiosa fueron Marx y Feuerbach, quienes comprendían que la religión era una especie de proyección del ideal máximo de la esencia humana. Por su parte, uno de los autores más usados en la actualidad, como lo es Nietzsche, declara de manera arrogante la muerte de Dios como una especie de sentencia universal y, peor aún, irreversible.

Algo que observamos que se manifiesta en el ateísmo moderno es que siempre se encuentra basado en procesos de racionalización y la desmitificación, todo a partir de la Reforma. Por eso mismo hay ciertos autores que remarcan la idea de que es fundamental la comprensión del cisma protestante luterano para comprender los modelos de la modernidad-ilustración. La negación de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la eliminación de las imágenes sagradas prepararon un terreno sumamente fértil para una visión del mundo donde lo divino dejó de ser experiencia inmediata.

Un autor contemporáneo que analiza dicho proceso secular es Charles Taylor, en el libro A Secular Age (2007), donde dicta que la modernidad se encontró caracterizada por un mundo en el cual se encuentra cerrado rotundamente a la trascendencia. Eso da como resultado que la naturaleza, la sociedad y el pensamiento se encuentren explicados de una menor manera por el hecho de que no se refiera a Dios. Por lo tanto, podemos concluir que el principio sacramental, cuando desaparece, dio como resultado que se generara una cosmovisión que se consume a sí misma y todo es justificable a través de un yo y no un consenso comunitario. En este horizonte, el ateísmo ya no aparece como negación violenta, sino como posibilidad culturalmente natural.

Referencias

Aquino, T. de. (2012). Suma teológica (J. Martínez, Trad.). Biblioteca de Autores Cristianos. (Trabajo original publicado 1265–1274).

Calvino, J. (1536/2009). Institución de la religión cristiana (F. de Soria, Trad.). Editorial Clie. (Trabajo original publicado en 1536).

Lutero, M. (1520/2012). La libertad del cristiano (J. García, Trad.). Sígueme. (Trabajo original publicado en 1520).

Taylor, C. (2007). A Secular Age. Harvard University Press.

Zwinglio, U. (1525/1983). Comentario sobre la verdadera y falsa religión. Editorial La Aurora. (Trabajo original publicado en 1525).