Categoría: Filosofía

Por: OMAR OLIVERA ESPINOSA / Fecha: diciembre 1, 2025

En la historia de la civilización occidental, Agustín es un eslabón entre el pensamiento clásico antiguo (grecorromano) y el pensamiento medieval.

San Agustín: El laberinto de la razón y los caminos de la fe (Primera parte)

Introducción:

El pensamiento y la obra del filósofo/teólogo Aurelio Agustín, mejor conocido como San Agustín, son hasta la fecha objeto de estudio de aquellos cuya orientación vocacional se dirige a la filosofía, la teología, la hermenéutica (filología) e incluso a la política, pues su amplia bibliografía puede ser revisada y actualizada con diversos fines. En el caso del presente artículo, el propósito es reconocer de manera panorámica su vida, los aportes del hiponense tanto en el campo de la filosofía como de la teología y la trascendencia de su legado que ha llegado hasta nuestros días a partir de diferentes interpretaciones.

En la historia de la civilización occidental, Agustín es un eslabón entre el pensamiento clásico antiguo (grecorromano) y el pensamiento medieval. La modernidad echó mano de sus aportes como precursor de la filosofía de la historia y contribuye de gran manera a la filosofía del lenguaje y la hermenéutica. También convierte el ejercicio filosófico en el argumento teológico a partir del pensamiento grecolatino y judeocristiano, lo que proyectará a la escolástica medieval; esa sola idea le permite ser considerado el más representativo de los padres latinos de la Iglesia católica.

El Obispo de Hipona abreva del neoplatonismo cristiano, de donde retoma conceptos y categorías para resolver el problema de la naturaleza humana y religiosa, recordando cuando él mismo se considera un problema (he llegado a ser un problema para mí mismo). En su búsqueda de principios que consoliden su sistema, Agustín retoma la duda socrática y se pregunta: ¿quiénes somos y qué es la conciencia de sí mismo? Siempre dirigiendo sus pensamientos a partir de la dicotomía platónica entre la vida en la caverna o la vida deslumbrante, es decir, de la luz de la verdad divina, la libertad de acción y la historia espiritual.

Se considera, para fines de hacer una escueta y esquemática historia de la filosofía, que la herencia filosófica teológica de Aurelio Agustín de Hipona abarcó los 1000 años de medievo, pues fue retomado por John Duns Scoto, Guillermo de Ockam, Nicolás de Cusa, Anselmo y Tomás; también recurre a Agustín el iniciador de la modernidad Descartes, así como Kant, Hegel y, ya avanzado el siglo XIX, la filosofía hermenéutica encuentra en Agustín un recoveco para investigar el lenguaje, el signo y su significado; es más, el pensamiento crítico (Walter Benjamín, Hannah Arendt) y el marxismo recurren a él para materializar la historia. Ya en el siglo XX, Heidegger, junto a su alumno Gadamer, habla de la gloria y de la grandeza de los seres humanos modelados por Agustín para actuar, amar y perdonar, pero sobre todo por la actualidad de su pensamiento.

Cabe destacar que en todo momento podemos observar en Aurelio Agustín de Hipona a un filósofo/teólogo convencido de la importancia de la educación que genera cultura, en este caso la cultura cristiana, una especie de nuevo helenismo cuya misión es universalizar el concepto sobre el hombre cristiano, pero no recurre a la paideia para tal propósito; ahora será la prédica del Evangelio, a través del catecismo, antecedente directo de la escolástica, lo que permite al visionario y al más grande de los padres del cristianismo sentar las bases de una religión con carácter universal.

La influencia del contexto histórico-cultural en la vida de Agustín

El mundo antiguo vierte sobre Agustín sus últimas imágenes; son tiempos convulsos, de cambio y crisis los que le toca vivir desde el propio momento de su nacimiento en Tagaste (180 kilómetros de Constantinopla) el 13 de noviembre del año 354, hasta su muerte en 430, en cuya escenografía los vándalos ponen en sitio, toman por asalto y queman Hipona. Conocer sobre su origen y su vida ha sido un asunto relativamente fácil, ya que escribió la primera autobiografía (Confesiones); sin embargo, será Posidio quien ofrece más detalles íntimos sobre Aurelio Agustín y nos relata a un hombre fuera de serie.

La personalidad de Agustín fue moldeada desde su seno familiar, en donde Mónica, su madre, una cristiana ferviente que poseía un carácter fuerte, le inculcó los principios de la religión cristiana e influyó determinantemente en su formación espiritual. Su infancia y primera juventud las pasó en su ciudad natal, en donde aprendió las bases del latín rudimentario y algo de aritmética. A los 11 años se fue a estudiar a Madaura, ya que su padre vio en él sus cualidades intelectuales y lo orientó hacia el estudio de la gramática, inclinándose el propio Agustín por los prosistas latinos.

A los 16 años, Agustín regresó a Tagaste, en donde dejó por un momento sus estudios para darle vuelo a su pasión juvenil, y al año siguiente partió a Cartago para aprender retórica como un último peldaño en su formación básica. Ahí en el gran puerto y colonia romana tuvo un primer acercamiento con la vida cultural y las tres cosas que ofrecía: los teatros, el amor (convivió 12 años con una mujer que le dio un hijo que llamaría Adeodato) y el estudio. Es aquí donde conoce la obra de Cicerón, en particular su libro Hortensius, que lo marcó y retomó posteriormente como una fórmula de enseñanza de las ideas cristianas.

En el otrora cónclave fenicio de Cartago y en búsqueda de respuestas a sus preguntas espirituales, Agustín se integra a la secta de los maniqueos, que polarizan la discusión ética sobre el bien y el mal entre alardes racionalistas, que no admitían el antiguo testamento por ser un conjunto de historias crueles que nada aportan al cristianismo espiritual. Mención aparte merecen los 10 años que militó como oyente en dicha secta que enfocaba su contrario en el cristianismo dogmático. En el 374 regresa a Tegueste, alejado de la moral cristiana, donde enseña o comparte con sus paisanos un curso de gramática y literatura latinas.

Agustín regresa a Cartago, ahí abre una escuela de retórica, vivió con su concubina y Adeodato. En esa etapa de su vida va a las fuentes primarias de la filosofía o por lo menos a las escuelas del pensamiento más sólidas; es como conoce los diálogos de Platón y las obras de Aristóteles y repasa los textos de los latinos Séneca, Lucrecio y Cicerón, teniendo en Porfirio y su árbol la posterior idea lógica de la genealogía cristiana con su nuevo panteón de santos. Después de entrevistarse con Fauesto y conocer la incongruencia de los maniqueos, decepcionado, parte a Roma con su familia, buscando a su vez una estabilidad económica, cosa que no logrará, ya que los estudiantes romanos tienen la mala costumbre de no pagar sus clases particulares, condenando a tutores o institutrices a una vida mísera.

Para el año 384, Agustín se encuentra en Milán como profesor municipal de retórica, en donde tiene la oportunidad de conocer el escepticismo y neoplatonismo de la nueva Academia encabezada por Plotino; también tiene la fortuna de amistar con Ambrosio, obispo de Milán, y debatir con él sobre los fundamentos del antiguo testamento; así mejora su visión de dicho texto, interpretándolo de manera más amable y alegórica, diferente al dogma judío señalado como un texto rancio y arcaico. Podemos especular que la estancia de Milán, en lo que se refiere a la organización del pensamiento agustiniano, será determinante en la historia del cristianismo sustentado en la fe que guía a la razón.

El bautizo de Agustín lo celebró Ambrosio, obispo de Milán, el Sábado Santo del año 387. Al tomar el primer sacramento, Agustín se convierte oficialmente al cristianismo; con ello termina una búsqueda incansable por encontrar la verdad espiritual a partir del conocimiento de Dios y de sí mismo. Después de la muerte de su madre, regresa a Tagaste en el 388 hasta el 391, en donde se establece y forma un monasterio o especie de congregación; ahí comienza una prolífica carrera como escritor, inclinándose principalmente a refutar las doctrinas de los maniqueos y escépticos.

Es precisamente en el año 391 cuando, al entrar a la catedral de Hipona, es ovacionado por el pueblo al momento en que Valerio les explicaba que necesitaba un ayudante; es así como, por aclamación y en contra de su voluntad. Agustín es ordenado presbítero y pone a disposición de la fe católica todo su genio e intelecto, tomando como primera responsabilidad la fundación de un monasterio con corte acético para profundizar el estudio de la teología y formar a los primeros misioneros agustinianos.

Para los años 395 y 396 es nombrado obispo adjunto y a la muerte de Valerio en el año 397 es nombrado el Obispo de Hipona, cargo que desempeñó hasta su muerte el 28 de agosto del 430, día en que los vándalos incendiaban la ciudad dejando su catedral y biblioteca intactas; de no ser así, la humanidad habría perdido el legado de uno de los hombres más influyentes de la civilización occidental.