El Inquilino: Un cuento corto de terror

Cuando la temporada invernal llega, el ambiente se vuelve hostil. Quedas atrapado en un recinto abandonado, donde algo te acecha….

¿Cuántos días han pasado desde entonces? He perdido la cuenta. El invierno llegó mucho más pronto de lo planeado y la Madre Naturaleza parecía estar dispuesta a arrasar con todo tipo de vida —quizá en venganza por todo lo malo que hemos hecho en el mundo—. 

Tuve suerte de encontrar un edificio grande para refugiarme del violento frío que se avecinaba. Si bien somos capaces de regular nuestra temperatura corporal, esto parecía no ser suficiente. 

Me había separado de los demás, y tener una afección genética que me deja parcialmente ciego me complica las cosas. 

Solo espero que el resto haya logrado mantenerse unido y que hayan llegado a nuestro destino inicial. 

En mi mente tengo trazada la ruta por la cual me las apaño fácilmente para llegar al sitio en donde recolecto alimento para sobrevivir el día. Aunque no estoy seguro de por cuánto tiempo me seguirá funcionando. 

Escucho voces, y siento movimiento fuera del cuarto donde me escondo. 

Hay algo más conmigo, pero hasta ahora no me he encontrado con lo que sea que es. 

En determinados momentos del día —por la tarde, y cuando ya está muy entrada la noche—, los sonidos se detienen y dejan en total silencio el edificio entero. Eso que está allá afuera tiene su propia rutina, me parece. 

Aprovecho esos momentos para salir y estirar mis extremidades. 

Una noche que me disponía a salir alcancé a notar —con mi limitada visión— que esa cosa estaba parada justo frente a mí y me vio. 

Supe que lo hizo porque sentí que volteó de manera brusca hacia mi dirección y se movió rápidamente, como queriendo atraparme. 

Fui más rápido y conseguí escaparme de su agarre. Mi respiración acelerada una vez que estuve nuevamente en la seguridad de mi escondite. 

Pero temo. 

Tengo miedo de que me encuentre, ahora que sabe que estoy aquí. 

No sé cuánto más podré seguir ocultándome. El frío empieza a volverse más intenso, y las raciones de comida que recolecté hasta entonces comienzan a agotarse. Pronto no habrá nada más que recolectar hasta que la primavera regrese y todo florezca de nuevo.

Me encuentro en una carrera contrarreloj entre mi sobrevivencia y la cosa de afuera. 

Podría salir e intentar abandonar el edificio, con la esperanza de encontrar un lugar mejor para pasar el resto de la temporada hasta que el calor vuelva y pueda buscar a mi familia y amigos. 

Eso implicaría correr el riesgo de que aquello me vuelva a ver y me atrape, pero no poder descansar por las noches, de pensar que cualquier minuto podría ser mi último, es algo de lo que ya no quiero preocuparme. 

Bien. Lo he decidido.

Esta noche saldré y afrontaré mi miedo. Necesito dejar este lugar, antes de que sea demasiado tarde. No puedo permitir que esa cosa termine conmigo. 

No sin tener la oportunidad de volver a ver a los míos.

Me preparo. 

Echo encima de mi cabeza la cobija que había fabricado con retazos de tela que encontré, simulando una capa para cubrirme del frío. 

A tientas, siguiendo la ruta que ya de memoria me sabía, abandono mi escondite. 

El edificio está callado, es una buena señal. La cosa esa no está, o al menos no anda cerca. 

Al dar los primeros dos pasos fuera de mi refugio, algo golpea mis pies. Hay algo afuera, justo frente a mi puerta. 

Esto no estaba aquí. 

Se siente pesada. Y estando en la oscuridad y con mi condición, me resulta imposible averiguar qué es. 

Una idea pasa por mi cabeza y me estremece aún más que las corrientes heladas del clima: es una trampa. 

Esa cosa ha puesto una trampa fuera de mi escondite. 

Definitivamente, no pasó desapercibida mi presencia y quiere deshacerse de mí. 

¿Significa eso que está cerca? No la escuché moverse. Y tampoco hay algún otro ruido que me dé pistas sobre su paradero. 

No. 

Esa cosa sabía que yo saldría. Ya era consciente de mi rutina. 

Me observó —no puedo decir desde hace cuánto tiempo—, y eligió el momento adecuado para acorralarme. 

Pero no puedo rendirme, tengo que seguir. 

Como pude, logré rodear la trampa, evitando tropezar con ella y caer. Debía estar atento; si había una, posiblemente haya otras. 

Sentía mi corazón palpitar con más fuerza a cada segundo. La cosa no estaba aquí, pero el hecho de saber que en cualquier momento podría aparecer y atacarme en la oscuridad —sin yo darme cuenta—, llevaba mis nervios y mi ansiedad al límite. 

El tiempo se me hizo eterno; como si se ralentizara. Logré llegar hasta la que era la sala principal del edificio. Siguiendo como hasta ahora, caminé con pasos cautelosos por la orilla de la habitación, pegado a la pared; hasta que encontrara la puerta principal. 

Deduje que estaba cerca de la salida, pues sentía un aire helado filtrarse por el hueco debajo de la madera. Apresuré mis pasos, sintiendo la salvación cerca de mí; ansioso por alcanzarla.

Entonces, tropecé con algo. Caí de frente. 

En un intento de que mi cara no golpeara con el suelo, coloqué mis manos frente a mí. Sentí algo viscoso pegarse a ellas. 

Literalmente estaban pegadas. 

¿Qué era esto? ¿Por qué se sentía así? Parecía una especie de gel.

¿Era esta otra de las trampas que esa cosa puso? Empecé a hiperventilar. 

No, no, no. ¡No!

Esto no podía estar sucediendo. No ahora, estando tan cerca de abandonar este horrible lugar. Me di cuenta, tarde, que mis piernas también se habían pegado a la gelatina. Intenté moverlas para liberar mis manos, pero tampoco pude. 

Todo mi cuerpo se había pegado a la trampa. 

Decidido a no rendirme todavía, comencé a hacer fuerza en mis brazos, queriendo soltar mis manos del agarre de la sustancia gelatinosa, fallando. 

En uno de esos intentos, hice un movimiento demasiado repentino que provocó que mi muñeca se torciera por la fuerza aplicada. 

Solté un grito de dolor. 

En ese momento no me importó que esa cosa pudiera escucharme y descubrirme. Lo único que quería era despegarme de esta prisión, estaba desesperado. 

Volví a insistir en moverme frenéticamente. Podía escuchar el crujido de mis piernas y brazos al quebrarse mis huesos por la rudeza de mis acciones. 

El dolor pasó a segundo plano, siendo reemplazado por el desespero, el miedo y la adrenalina mezclados. 

La misma inercia de mi esfuerzo hizo que mi torso y el resto de mis extremidades cayeran también sobre la pegajosa gelatina, sucumbiendo ante la trampa. 

Había perdido esta lucha por mi salvación, y no me quedó más opción que romper en llanto, gritando. 

Mi cuerpo se volvió débil —después de unos minutos—, y simplemente acepté el hecho de que no iba a escapar de aquí. Lo último que sentí fue la baba gelatinosa hundirse en mi cara, ahogándome. 

El día llegó. Los rayos del sol que se metían por la ventana de la sala principal iluminaban todo el espacio. 

Una figura grande entró a pasos pesados en la habitación, recorriendo con la vista el panorama. 

Se escuchó un grito de sorpresa, pero que daba un aire de alivio al mismo tiempo. La figura habló, con una voz clara:

—¡El ratón, el ratón! ¡Ya cayó!

Parecía que le hablaba a alguien más. Un aviso.

Esto se confirmó poco después, cuando una segunda figura apareció en escena, viendo con asombro y algo de miedo una de las trampas de pegamento que estaba debajo de la estufa de la cocina. 

—Vaya, con que eso fue lo que escuché anoche. Tenemos suerte de que por fin lo hayamos atrapado. Ya habían sido muchas noches que no podía dormir por estar pensando en que esa cosa seguía rondando la casa. 

La primera figura miró hacia el lado de la segunda.

—¿Qué hago con eso?

—Échalo en una bolsa de plástico, ¡con cuidado! ¡No te vayas a pegar los dedos! Después lo tiras al tambo de basura. Mañana pasan los recolectores.

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