Categoría: Filosofía

Por: ANTONIO SALVADOR FLORES FLORES / Fecha: febrero 26, 2026

Imagen creada con IA

La interpretación no busca tener razón, sino abrir espacio al sentido. Comprender es escuchar sin dominar; el encuentro auténtico nace cuando dejamos de imponer explicaciones.

—Creo que ya entendí por qué me pasa esto —dijo el consultante con un tono de alivio—. Todo viene de mi infancia. Mi padre era distante, y por eso ahora temo al abandono.

—Puede ser —respondí—. Pero ¿qué pasa si no todo viene de ahí?

Se quedó en silencio. Había una mezcla de molestia y duda. En terapia, ese es uno de los momentos más delicados: cuando el entendimiento se convierte en certeza.

A veces, interpretar da una sensación de control. Encontrar una causa o una explicación nos tranquiliza. Pero comprender al otro —o a uno mismo— no significa atrapar la verdad. En realidad, la comprensión auténtica siempre deja algo abierto. Gadamer (2012) lo decía con claridad: todo entender es también un malentender. No porque estemos condenados al error, sino porque el sentido humano es inagotable.

En el consultorio (y fuera de él), es común que alguien busque tener razón, incluso en su propio sufrimiento: “Yo sé por qué soy así”, “Ya lo analicé todo”. Pero cuando la razón se impone, el diálogo muere. La ética de la interpretación consiste precisamente en renunciar al dominio del sentido. No se trata de descubrir quién tiene la razón, sino de sostener la conversación donde ambas razones puedan convivir.

El terapeuta corre el mismo riesgo. A veces, la interpretación se vuelve un gesto de poder: decirle al otro lo que realmente le pasa. Pero la hermenéutica, como recordaba Ricoeur (1990), no busca desvelar una verdad oculta, sino acompañar el proceso de reconfiguración del sentido. Interpretar no es dictar, es escuchar en profundidad.

—Entonces… —¿Usted cree que no tengo razón? —preguntó el consultante.
—Creo que tal vez tu razón no es toda la historia. Quizá haya algo que todavía no tiene palabras.

El silencio volvió, pero esta vez distinto. Había menos defensa y más presencia. En ese instante, la interpretación dejó de ser teoría y se volvió encuentro: dos personas pensando juntas en el misterio del ser.

Fuera del consultorio, algo parecido ocurre cada vez que discutimos, opinamos o intentamos convencer a otro. Suponemos que el diálogo busca resolver diferencias, cuando en realidad su función más profunda es recordarnos que ninguna voz basta por sí sola.

La ética de la interpretación exige humildad: aceptar que comprender no otorga propiedad sobre la verdad. Porque la comprensión no se conquista, se comparte.

A veces tener razón es la forma más sutil de dejar de escuchar.

Referencias

Gadamer, H.-G. (2012). Verdad y método (A. Agud & R. Agapito, Trads.). Sígueme. (Obra original publicada en 1960).
Ricoeur, P. (1990). Sí mismo como otro. Siglo XXI.
Levinas, E. (1991). Ética e infinito. Arena Libros.
Van Deurzen, E. (2010). Everyday mysteries: A handbook of existential psychotherapy (2nd ed.). Routledge.
Yalom, I. D. (2008). El don de la terapia. Emecé.