Categoría: Filosofía

Por: ALEJANDRO VILLANUEVA / Fecha: enero 8, 2026

Un enriquecedor viaje intelectual a través del corpus teórico de estos dos campeones de la racionalidad.

Descartes es considerado el padre de la modernidad, esto es al mismo tiempo, ser padre de las ciencias modernas. Durante esta complicada gestación, siguiendo la metáfora paternal, ocurrida durante toda la oscura —oscura y enriquecedora en el sentido espiritual habría que enfatizar— Edad Media, el conocimiento humano evolucionó y se preparó para lo que sería la culminación renacentista del espíritu. El método cartesiano que parte del análisis, es decir el de desmantelar la realidad en partes asequibles y susceptibles de pensarse, acompañadas de observaciones y demostraciones empíricas, pero sobre todo matematizando la res extensa; la cual al final de cuentas sería el objetivo último para la obtención del conocimiento. Es bien sabido que para poder articular esta clase de estudios matemáticos y demostrativos, Descartes tuvo primero que asentar nociones inamovibles, esto es, la res cogitans como principio director del individuo, que es al mismo tiempo un ente que promueve la duda racional de todo lo concebible.

En este escenario histórico, donde la filosofía natural cartesiana parecía dominar toda la escena intelectual de la época, y erigirse como escalón primordial de la modernidad, aparece Spinoza, que como comenta Grondin se trata de un auténtico outsider de la filosofía, libre de dogmas religiosos y académicos, crea un sistema que es al mismo tiempo una ética y una metafísica, más aún, una filosofía natural. Desde luego que su pensamiento tiene ciertas convergencias con el cartesiano, pero hay también algunas divergencias. Si bien para Descartes la naturaleza es entendida como extensión, como una entidad distinta del cogito, susceptible de matematizarse, mecanizarse, y analizarse —de ahí el método analítico que se convertiría en hito científico— y distanciada ontológicamente del individuo —misma noción que también es reivindicada y reforzada por la duda cartesiana y por el cogito ergo sum—; Spinoza va a darle a la naturaleza un rol ontológico central, según el dictum fundacional de todo su sistema que es Deus sive natura. De este modo, la sustancia de Spinoza es única, y la extensión como el pensamiento son atributos —los cuales son infinitos— de Dios, que es al mismo tiempo la naturaleza. Rompe desde luego con la consecuencia lógica del cartesianismo: el dualismo, sosteniendo por inferencia un claro monismo. Entonces el dualismo producto del cogito como punto de partida ontológico y centro individualizador, y la res extensa como su deducción, dibujaron un mapa que habría de recorrer toda la modernidad a través de la demostración y análisis en el develamiento de lo real: es posible conocer y controlar el mundo como mecanismo. El monismo spinoziano por otro lado, panteísta desde luego, nos exhorta a mantener la unidad sustancial del cogito y la extensión, alejándonos de la noción cartesiana del alma humana enajenada de la naturaleza, del hombre como controlador racional de su propio cuerpo y de la naturaleza, a manera de un titiritero de lo material; noción que tendrá repercusiones en el desarrollo ulterior del mundo occidental, en la manera que usamos lo real para beneficio propio, explotación de la naturaleza sin tomar en cuenta patrones de sustentabilidad, además de explotación del prójimo, del otro, visto como un cuerpo más de la res extensa, totalizable y proclive a caer en las leyes del cálculo matemático. La compensación de Spinoza nos ofrece una salida adecuada a este exceso mencionado, ofrece la inclusión de todos los seres dentro del mismo marco ontológico, siendo así que todos los seres son valiosos, tan valiosos como lo es Dios en el sentido estricto. Este panteísmo unifica la extensión y el pensamiento, asumiéndolos de una vez por todas como atributos divinos; Spinoza lo expone en su Ética: “El Pensamiento es un atributo de Dios”, además, “La extensión es un atributo de Dios”, estas proposiciones fundamentales conforman el corpus teórico de su pensamiento. Dicha exégesis le da un lugar de primer orden a la ratio, esto es, la razón encauzada hacia ideas adecuadas es un pensar activo y obrero —en el sentido de obrar—, un pensar que abarca en la medida de lo posible todo lo real y sus posibilidades, y que se fecunda de la noción unitaria de la sustancia: la naturaleza está en todo y lo es todo; así mismo, y aquí está el quid ético, la maldad se origina al razonar inadecuadamente, es decir cuando se antepone la pasión o afección del alma, al razonar mismo. Spinoza le da mucha importancia al razonar bien, esto significa que para él un ente que se guía a través de la ratio, será más útil así mismo y a los demás, entendiendo la utilidad como un mecanismo de preservación del propio ser, lo que denominó conatus, dicho impulso proviene siguiendo el dictum de su sistema, de la sustancia. No hay en Descartes un concepto equiparable, lo más cercano se refiere a la voluntad, entendida como parte de la extensión corpórea y libérrima, sin embargo, esto le generaba más problemas teóricos que soluciones; su enfoque fue en el pensamiento escéptico como aparato de aprehensión de lo real, que lo real fuera vivo, natural y extenso, quedaba un poco al margen: mecanicismo.

Otro de los grandes problemas que generaron tensión entre Descartes y la teología de la época y consecuentemente entre él y el spinozismo, fue el eterno tema filósofico de la libertad. En su obra maestra nos explica geométricamente: “Todo lo que es, es en Dios: pero Dios, no puede decirse cosa contingente, pues existe necesariamente, mas no contingentemente” (Spinoza). Deja a la libertad como un movimiento necesario, cuya contingencia es computable en cero, no hay espacio para lo intdeterminado, todo forma parte de un plan divino y material, en el cual teleológicamente, está implícita la realización de la única e infinita sustancia existente: Dios. Por su parte Descartes oscila entre la contingencia de un Dios proclive al libre arbitrio o el determinismo de una entidad divina que todo lo controla similar a una fábrica o a un mecanismo descomunal; partiendo de que el Creador formuló de una vez y para siempre, las leyes que rigen el movimiento y la naturaleza, y el transcurrir del tiempo solo es una puesta en escena de esas leyes, es decir hay margen para la contingencia, pero dentro del marco legal teológico, sin romper esas leyes naturales.

Tenemos con Descartes en sus meditaciones: “sino también acerca de toda esa naturaleza corpórea que es el objeto de la matemática pura.”; es decir la forma de conocer la naturaleza es a través de la evidencia clara e indubitable de la matemática pura, esto provoca concomitantemente una identificación entre el objeto y el sujeto, el ente que piensa y la ente fuera de ese pensamiento, por medio de las matemáticas; no es difícil inferir de aquí, la consecuente reificación de todo cuanto existe, alejándose paulatinamente de lo humano. Si bien se encuentra de manera implícita, es un germen teórico de la cual abrevará toda la modernidad: el capitalismo como cristalización social y consecuencia lógica de la revolución industrial, que de entrada pretende mercantilizar todos los entes y ponerlos a disposición del mejor postor en el mercado; y el marxismo como contrapartida necesaria, semejante a un espejo, es decir una crítica de la mercancía, desde el individuo y la sociedad mercantilizada.

Descartes de algún modo siempre se sintió engañado por los sentidos: “sigue quedando por investigar de qué manera la bondad de Dios no impide que la naturaleza considerada de este modo sea engañosa.”; en su infinita bondad y sapiencia, Dios permite que vivamos incluso en el error y el engaño, sin embargo también nos dota de las herramientas racionales necesarias para discernir entre lo verdadero y lo falso, he aquí la prueba de su existencia, existe porque tenemos en nuestro interior como idea innata, la noción de perfección y la duda metódica. Spinoza coincide al discernir entre ideas adecuadas – conforme a la vía recta de la razón en el entendimiento de la infinitud y divinidad de la naturaleza— y las ideas inadecuadas —la ideas parciales y privativas de la sustancialidad totalizante de la naturaleza o Dios—. Como podemos ver ambos filósofos tienen una afinidad importante en este aspecto.

Contrariamente, existe una tensión casi antitética en la noción de alma. Descartes consideraba el alma intelectiva productora del pensamiento como algo totalmente opuesto a la materia y la extensión: “hay una gran diferencia entre el alma y el cuerpo en el hecho de que el cuerpo sea siempre divisible por naturaleza y el alma indivisible”; entonces se deriva de esta naturaleza del alma indivisible que se configura en función de su diferencia con el mundo natural, proclive irónicamente a ser captado erróneamente a pesar de los esfuerzos humanos y divinos como hemos mencionado en párrafos anteriores, una dicotomía de índole perturbadora, que nos distancia, como individuos, de la misma naturaleza, creando una filosofía natural tendiente a la cosificación; la cual desde la perspectiva de Spinoza se recompone como bloque unitario, prácticamente monolítico, que nos aguarda en su sentido y pertenencia, a saber: la filosofía natural es una teología, la culminación de Dios convertido en naturaleza, imposible enajenarlo y enajenarse; misión inexorable, cuya plenitud se cumple al devolver la dignidad a la naturaleza, la dignidad de lo vivo en contraposición del automatismo analítico.

El método de exposición de Spinoza, el geométrico, nos remite a Descartes por su minuciosidad científica. Ambos asientan y explican la naturaleza a través de las leyes del pensamiento matemático, el cual les daba la más firme de las certidumbres, la evidencia clara y sólida, tan buscada por los grandes sabios de todas las épocas. Aunque ambas vertientes se alimentan de las mismas fuentes epistemológicas, es decir las formas matemáticas, sus conclusiones como hemos vistos son opuestas. De alguna manera Spinoza al margen de la cultura occidental, y su influencia no fue de la magnitud de la obra del francés, este mejor asimilado, al grado de considerarlo como un pilar fundamental del pensamiento moderno occidental; contrariamente, los efectos de la obra de Spinoza fueron más lentos, su influencia en muchos sentidos mínima en comparación.

En términos cosmológicos, el corpus teórico de Spinoza nos invita a pensar el todo desde lo empírico, desde los objetos de la naturaleza, que son al mismo los cuerpos que habitan esa naturaleza, el hombre y su interacción con otros hombres, la sociedad en su conjunto, y el ser social. Si tenemos que Dios es la naturaleza, y el hombre forma parte de esa naturaleza, entonces el hombre —y su ser racional— son un atributo divino, al juntarse y relacionarse con otros, acumulan ser, significado. Dios es grupal, es acumulación de ser y necesidad, y como en el orbe geométrico propuesto, no hay espacio para la contingencia, se pude inferir que a mayor acumulación de ser hay mayor necesidad también: Dios en plenitud, ser resplandeciente y democrático.

Esta cosmología desemboca forzosamente en teología, pero una que se mantiene en tensión entre la visión atea y la teísta, o que siendo profundamente teísta e inmanente, logra prescindir de Dios mismo, ya que es algo totalmente dado— cualquier objeto contemplado—, esto nos muestra signos de un extraño ateísmo, del que no pocas personas lo acusaron —en la actualidad es una de sus virtudes—, y que para el caso del presente ensayo lo contrasta claramente con Descartes, cuya individuación cognitiva y escéptica forma claramente también una antítesis con la cosmovisión panteísta, el todos somos Dios, que parece desmontar axiológicamente todo egoísmo.

Definitivamente ambos son colosos de la Historia de la Filosofía, son portentos del pensamiento humano. Los legados de sus obras serán para las futuras generaciones, motores de curiosidad y reflexión, un tesoro de preguntas y respuestas inagotables. Después de miles de años se seguirá hablando de ellos.

Referencias

  1. Spinoza, Baruch. Ética. Gredos. Madrid. 2011.
  2. Descartes, René. Meditaciones Metafísicas. Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. Trad. José Antonio Migues. philosophia.cl
  3. Grondin, Jean. “Capítulo VII. Spinoza y Leibniz: La Metafísica de la Simplicidad y de la Racionalidad Integral”. Introducción a la Metafísica. Herder. 2004.
  4. Benítez, Laura. “Determinismo y Libertad en la Filosofía Natural de Descartes”. Estudios 107. Vol. XI. 2013.