El argumento ontológico de Anselmo de Canterbury parte en primer lugar de la idea de un ente mayúsculo, omnipotente, omnipresente, repleto de todas las virtudes, es decir, en el sentido amplio, total. Segundo: Si este ente repleto de perfecciones es pensable como idea máxima, por lo tanto insuperable, como consecuencia lógica no solo pertenece al ámbito de lo pensable, sino que pertenece también al ámbito de lo real; entonces está en el pensamiento y en la realidad. Si partimos al mismo tiempo que tanto los creyentes como los ateos creen en la idea de Dios, los primeros de manera positiva y los segundos partiendo de la negación en lo real, es decir, creen que Dios existe solo en el pensamiento, tendremos que los ateos caen en el absurdo de considerar un ente que acumula todos los máximos, tanto de virtudes como de actos, solo en el pensamiento y que no desemboca, por plenitud, en la realidad también.
En Tomás de Aquino, que parte de supuestos aristotélicos, tenemos que todo conocimiento parte de los sentidos; es decir, sí trabaja el engranaje de la razón, pero solamente con el material dado por lo sensible; es a posteriori. Así mismo, el Doctor Angélico parte de cinco vías para demostrar la existencia de Dios. La primera vía se refiere al movimiento de los entes, los cuales, siguiendo la cadena de movimiento, causa y efecto, tienen que tener originalmente un motor primordial que genere el movimiento inicial. La segunda vía es la de la causa eficiente; forzosamente toda causa eficiente tiene que partir de otra causa, así hasta prácticamente el infinito, en una cadena inimaginable, la cual tiene que tener una causa eficiente primera, causa motriz original y fundamental. La tercera vía es la de serie de los necesitantes; de igual modo que las dos anteriores vías, tiene que existir lógicamente un origen de lo necesario; no puede prolongarse hasta el infinito la cadena de necesitantes, y a su vez no todo puede ser contingente y surgir de lo contingente; racional y forzosamente tiene que surgir todo ente de un principio indubitable y necesario. La cuarta vía hace hincapié en la idea de perfección subyacente en todas nuestras percepciones, es decir, en la gradación de perfección de todos los entes; si hay entes más perfectos que otros, es necesario que exista algo puramente perfecto, de lo cual emane respectivamente. La quinta y última vía es respecto a la finalidad; todos los seres tienden a un fin último, el motivo de su ser, el que los configura en última instancia como lo que son, y que los ayuda a preservarse; esta es su finalidad, la cual tiene que converger en un ser superior: Dios.
Salta a la vista la contraposición de Aquino con Anselmo en lo que respecta a sus puntos de partida epistemológicos; el primero partiendo desde lo sensible e infiriendo a la divinidad, es decir, partiendo de cadenas causales, como el movimiento, las causas eficientes, el grado de perfección o las necesidades, todas partiendo de lo sensible como sustento; el segundo partiendo de principios a priori, igualmente infiriendo la divinidad, pero como un supuesto lógico del pensamiento puro. Si bien la vía del grado de perfección podría de alguna manera cuadrar con la concepción de Anselmo, ambas son distintas en su naturaleza: una parte del perfecto absoluto existente como punto de partida en pensamiento —y como consecuencia lógica de plenitud en la realidad— y otra de la idea de perfecto de los seres, todas y cada una de las gradaciones de perfección encontrada en los entes existentes, las cuales tienen que tener un parámetro común, el cual se puede inferir fácilmente que se trata de Dios, el mismo motor inmóvil mencionado por Aristóteles, que es al mismo tiempo el Dios judeocristiano.
Referencias
- Aquino, Tomás. “Cinco Vías (C. 2, A. 3)”. Suma Teológica, primera parte. Edición del P. Ismael Quiles, Espasa-Calpe, Madrid, 1957.
