Cuenta el eximio don Marcelino Menéndez y Pelayo, en su laureada obra Historia de los heterodoxos españoles, que en el siglo XIX un oscuro filólogo llamado Jorge Schepss encontró en una aún más oscura biblioteca alemana unos misteriosos tomos que compendiaban los restos de la obra del heresiarca gallego Prisciliano, los cuales agrupó y denominó como el códice de Würzbourg. Imaginemos por un momento todas las vicisitudes que tuvieron que pasar dichos textos. Prisciliano caminó por este mundo en el siglo IV.
Hagamos un ejercicio de imaginación con la aventura que tuvo que vivir el texto hasta llegar a una fría biblioteca alemana. Estamos en el siglo IV de nuestra era; Prisciliano, después de asistir a diversos sínodos con obispos regionales, es excomulgado y su obra anatematizada. Con esto básicamente se convierte en criminal. El imperio romano, ya en decadencia, había adoptado el dogma católico como ideología de Estado. Prisciliano es decapitado en Tréveris, sus discípulos sobreviven, casi por instancias milagrosas, y se ocultan como parias en la cuenca del Mediterráneo.
Los tomos, que casi es seguro eran pergaminos, escritos por Prisciliano y sus discípulos, debieron pasar de mano entre los adeptos. Los herejes, tampoco es que pudieran vagar por todo el orbe latino; su zona de seguridad era lo que hoy es el norte de España, específicamente la zona de Galicia. Quizá andando de casa en casa, de burdel en burdel, de caverna en caverna, estos textos prohibidos, escritos en latín, pasaron por varias lecturas e interpretaciones distintas de sus adeptos, al punto de que cada uno de ellos sentía la pulsión indescifrable de conservarlos, como si de una joya se tratase.
Recordemos que es el siglo IV d. C. Aún falta que por toda la península ibérica azoten los musulmanes y los visigodos. El texto, seguramente durante las invasiones germánicas, sobrevivió en alguna casa de los cultos adeptos, quizá solo como una especie de reliquia, una huella oculta del pecador Prisciliano. Durante el dominio musulmán, quizá el texto ingresó a una biblioteca árabe y despertó la curiosidad de algunos eruditos. Ahora bien, el salto de ahí a una biblioteca alemana y ser encontrado en el siglo XIX por Jorge Schepss es una odisea literaria.
¿Pero qué clase de enseñanza encerraban estos textos heresiarcas?, ¿cuál era su contenido teológico? Pues bien, tenemos que era un compendio más o menos amplio de la superchería pagana de los celtas, abundante, por cierto, en la zona de Galicia desde tiempo inmemorial, y que convivió con la civilización romana. Además, maniqueísmo y adoración al sol. Sin embargo, eran profundamente cristianos. El movimiento nació durante la consolidación del dogma católico, así que tiene mucho del cristianismo primitivo, es decir, un cristianismo litúrgicamente sencillo y sin grandes embrollos metafísicos, aunque Prisciliano era profundamente maniqueo; esto implicaba que era profundamente oriental y negador de la existencia terrena y carnal, casi al grado de demonizarla, muy al estilo del vedanta también.
Jorge Schepss, erudito, inquisidor, encuentra el misterioso texto que tuvo que viajar por incontables lugares, y que azarosamente, fue a dar a una remota biblioteca en Alemania. Como quien encuentra una extraña joya, Schepss es el símbolo del lector infatigable, el filólogo que busca y rebusca, por simple gozo, en bibliotecas o universidades; hoy en día navegaría por internet también. Al encontrar la obra de Prisciliano, encontró también la oportunidad de leerlo de primera mano, por fin un profeta envuelto en la leyenda y la herejía en sus manos, apto para la tranquila lectura. Debió sentirse realmente contento con su hallazgo. Ese placer estético es el mismo que referiré al encontrar, gracias al divino azar, el libro de Héctor Nabor Corral Ramírez, el último de los profetas del desierto.
La pollería “El Pollo Feliz” tiene un pequeño sofá de espera junto a un montón de libros en una mesita. Mientras pide su pollo, uno puede sentarse y hojear los ejemplares. Los temas de los libros son diversos, locales e internacionales, desde la herbolaria, la medicina alópata, cuentos clásicos, parques turísticos, recetarios de cocina y un largo etcétera acompañado del aroma del pollo asado y de las papas fritas. Todo invita a la vivencia de un día normal, sin sobresaltos, el domingo convencional. De pronto, aparece el pequeño libro de Héctor Nabor “Las enseñanzas del desierto”, título que en primera instancia no me llamó la atención; mejor era la contratapa. Ahí se veía el rostro de Nabor, como si de un sabio hindú se tratara, su increíble biografía sintetizada, que giraba en torno a sus grandes intereses, desde la filosofía, la música, la pintura y, por supuesto, el zen; y su origen, Delicias, Chihuahua, mi ciudad también.
Comencé a leer fragmentos del libro; era una especie de Zaratustra chihuahuense, un profeta que a fuerza de desesperación invitaba a la serenidad, algo tan imposible y contradictorio que hacía que el libro tuviera un aura peculiar. Inmediatamente, siguiendo mis pulsiones adolescentes, mi fuero interno determinó que ese libro tendría que ser mi lectura dominical. Al recibir mi pedido de pollo, rápida y diestramente, logré colocar el libro dentro de la bolsa donde venía el recipiente del pollo. No sin muestras de ansiedad logré cruzar el umbral del establecimiento y con esto consumar el hurto.
Ya en la tarde, dispuesto a la lectura del libro de Héctor Nabor, encontré más joyas ocultas en su obra. Primero que nada, verdaderamente era un maestro budista que habitaba el semidesierto de Delicias, una flor cultural nacida en esta tierra árida. Un budista chihuahuense, un Zaratustra renuente al ser, un Séneca imperturbable, un mesías que predicaba por las boutiques de la calle tercera, hasta llegar al reloj público, para culminar su peregrinar en el templo de Cristo Rey: para decirle a toda la ciudad, que digo a la ciudad, al mundo entero, que la palabra verdadera no es verdadera, es más, que no hay verdades, que ni siquiera él es real, ni tú ni yo, amable lector; todos apenas si existimos en este naufragio del ser, que llamamos vida.
Quiero pensar, y la tentativa de ese pensamiento alegra mis tardes y mis noches, la idea tenaz de que las casualidades no existen, y que el mundo es redimible por la palabra y el pensamiento, y que Jorge Schepss debió sentir lo mismo que yo aquel día en el “Pollo Feliz”, al encontrar la obra de Prisciliano en aquella tenebrosa biblioteca germánica.
